SIEMPRE MIYÓ VESTRINI

Francisco Arévalo.

Sería el año de 1987 cuando tuve la oportunidad de conocer a Miyó Vestrini, fue en el ascensor del Edificio Thajamar, sede de Fundarte. Ella para aquellos tiempos dirigía la revista Criticarte, nos presentó un personaje que hoy en día se olvidó de los afectos porque el poder le creó otros, y me parece que no le gustaría que yo le mencionase. Total que ante mi movimiento de mano dijo pocas palabras y el ambiente se impregnó de un olor intenso a ginebra. Un año después estaba yo en el apartamento de Ludovico Silva y ella pasó rasante, vivía creo que en el edificio de al lado, en Sebucán, donde también vivía Salvador Garmendia, cómplice y amigo hasta la inconsciencia.

Vestrini es una de las poetas más lúcidas que he leído, no en vano se le compara con Silvia Plath, aunque creo que las comparaciones son odiosas y a veces tontas sobre todo con un personaje tan intenso como Miyó, que supo ser una excepcional periodista, que vivió la poesía en carne propia y que como ya se comentó vivió desde la muerte, estrujándola, intentándola, pisando en sus lóbregos pasillos, siempre clara que hacia allá iba irremediablemente, porque cierto tormento que trae implícita la inteligencia terminó aplastándola.

Estos comentarios vienen al caso, porque la periodista Mariela Díaz acaba de publicar en la Biblioteca Biográfica de Venezuela que edita el diario El Nacional, un ensayo en homenaje a la poeta. Me parece notorio que no olvidemos a esta intelectual valiosísima, de  carácter explosivo y esa mezcla de modestia y cultura suprema que ostentaba, nunca le interesó las primeras filas, estaba clarísima de vivir para la poesía como un acto de humildad ante la vida, ante el tormento de verse incomprendida y tolerada por un círculo muy cerrado de personas que supieron ver en ella sus dotes excepcionales, sus idas y vueltas, sus caídas y paradas, esa turbulencia que suele vivir en el espacio de la irreverencia, de la honestidad, porque sin que nos quede dudas Miyó fue una combatiente fervorosa de las poses y la hipocresía, que se suelen disfrazar de diplomacia, desmontaba con sólidos argumentos la mampostería social.

Su poesía es conversacional, desgarradora, con destellos de lo urbano, arma que sale en defensa de lo cotidiano, desde un dolor oloroso a caña insomne, donde la memoria es punta de lanza, movimientos sensuales que marcan con erudición distancias de ciertas feministas trasnochadas que celebran fervorosamente el 8 de marzo, Miyó como quien dice iba más allá del bien y el mal.

A todas estas que diría la poeta si no hubiese decidido suicidarse aquella madrugada del 29 de noviembre de 1991, de lo que nos está pasando en esta tierra de gracia, de seguro fuera una aguda crítica, sobria de razonamiento, que sin duda sabría separar las aguas para desnudar tanta lisonja y adulación disfrazada de emotividad, tanta antipoesía institucionalizada. Que diferencia noté un día visitando a cierta poeta celebrada que en su casa tenía pájaros enjaulados y un hambre de reconocimiento desbordado, es todo lo que la gran Miyó Vestrini no quería ser, porque en Miyó sí estaba sembrada la poesía.


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