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La terredad sin tregua
Eugenio Montejo, poeta de encanto y
seducción verso a verso
Eugenio Montejo, a quien se le otorgó en la ciudad de México el 2 de agosto de 2005, el VII Premio Internacional de Poesía y Ensayo Octavio Paz, galardón que obtuvo, tras la decisión unánime de un jurado integrado por 31 poetas y que recibió, en acto solemne, de manos del Presidente de México Vicente Fox, fue reconocido por sus extraordinarios aportes a la literatura hispanoamericana, como poeta y ensayista de talla excepcional. Después de haber publicado diez volúmenes de poesía, cinco obras de ensayos y un libro de poemas para niños, escrito por uno de sus heterónimos, Eduardo Polo, y editado en el año 2004, bajo el título de Chamario, recibió este laurel consagratorio, luego de una intensa labor poética, a lo largo de toda su existencia.
Desde Elegos, libro de poemas publicado en 1967, hasta Papiros Amorosos, editado en el año 2002, se evidencia y se hace palpable un recorrido poético por los temas recurrentes de la invención de una memoria mítica y familiar, que torna inconfundible su estilo, el ansia formal que, en Montejo, se perfila, desde los años de su inicio en el oficio de poeta, en la voluntad de fundir mito y memoria, vida y muerte cotidiana plasmadas y fundidas en un halo mágico.
En su obra, todo signo en el poema fija y desfija la memoria mítica y familiar para, de esa manera, crear una visión original del génesis. La conciencia de un tiempo primigenio que se dibuja y desdibuja, de manera constante, a través de un fundido de voces, de puntos de vista, tiempos y espacios, para ir en la búsqueda y dibujo de las imágenes de un universo cercano, familiar, convertido en mito, en imagen arquetípica, en universo plural...
El torbellino rítmico de las cosas, de los hechos que se funden en un solo ser, intercambia esencias, muda la naturaleza de los seres y torna la noción de tiempo, en una experiencia hermosa y única.
Pero el retorno que pasa por la extrapolación de espacios, por la confluencia de edades y rostros, de historias y de conciencias en un solo instante, convertido en ser heterogéneo, proteico y, a la vez, tan elemental como la piedra, como palabra de los poetas presocráticos:
La casa donde mi padre va a nacer
no está concluida,
le falta una pared que no han hecho mis manos.
Sus pasos, que ahora me buscan por la tierra,
vienen hacia esta calle.No logro oírlos. Todavía no me alcanzan.
En el año 1978, nuestro poeta publicó Terredad donde aparecía un texto maravilloso, profundo, que, nunca jamás, terminaremos de leer. Como tampoco, a lo largo de nuestra vida, terminaremos de contemplar los espejos que cielo y aguas forman en la superficie de nuestros ríos en América: el Orinoco, el Amazonas, el Mississippi, el Canaguá, el Caroní, al amanecer o cuando anochece y los muertos y los vivos dialogan a la luz del sol o de la luna, cortando la lluvia con cuchillos de oro: Güigüe 1918.
Este poema se une a la gran estirpe de los grandes poemas escritos en lengua castellana. Parecía engendrar un gran remolino, una ensenada, un punto de llegada en la poesía de Montejo, un nudo, el primer gran nudo de su creación. Allí reaparecen, con la fuerza del Génesis, el gran tema del mito del eterno retorno, del tiempo y espacio transfigurado en el pozo de una palabra inventada por un nuestro poeta: terredad, lugar de todos los encuentros y de todas las transfiguraciones presentes como materia y elán de su poesía.
Casa y espejo de transfiguraciones
Desde Elegos (1967) hasta Papiros Amorosos (2002) el poeta ha fundamentado su quehacer poético en la propuesta (o búsqueda) de un universo en el cual las imágenes establecen un diálogo y coexistencia de realidades tangibles y signos arquetípicos que crean la ilusión, así relacionadas, transfiguradas, de una comunión entre cielo y tierra. A manera de un eterno vaivén, une las esencias de ambas instancias para establecer una sola esencia: la esfericidad de un mundo en permanente rotación. No existe memoria sin muerte, ni muerte sin memoria. Vivir en la tierra, es viajar, a cada instante, arrastrados por el sol que nos recorre como todos los astros. La terredad, en fin, crea el espacio de las transfiguraciones: mudanzas por el mar o en el tiempo. Las cosas, como los espejos nada retienen, ni tan siquiera rayos de luz:
Mudanzas de uno mismo,
de su sombra.
en espejos con pozos de olvido
que nada retienen.
Ninguna palabra como ésta que se borda en su poesía afirma, de manera rotunda, que se habita un espacio u otro; que el padre antecede al hijo; el hijo al padre, o que nos miramos al espejo y descubrimos la línea de nuestro rostro a la luz de una vela. La llama que, a ratos, ilumina sólo graba la instancia de una línea, o un punto que se desvanece con absoluta rapidez. Cuando la llama vuelva a alumbrar, quien se veía en el espejo ya ha muerto, o estará ausente. El tiempo no existe; todo conforma tan sólo un hermoso amago de realidades y espejismos. No de otra manera, percibiremos lo real.
La luz que irradia desde cada una de las imágenes, de verso a verso, en la poesía de Eugenio Montejo, tienen el encanto y la magia seductora de sentir y de experimentar, cómo irradia un cosmos en una palabra, y en otra y en otra. En nuestra lengua sólo habíamos experimentado antes tal vivencia en la poesía de San Juan de la Cruz, en las páginas de esa extraña novela llamada Pedro Páramo del gran escritor mexicano Juan Rulfo, en la poesía de Vicente Gerbasi y ese gran mago que fue Juan Sánchez Peláez.
Toda la poesía de Eugenio Montejo, constituye, por otra parte, la puesta en verso de la hermosa y profunda lectura que del universo realizaron Parménides de Elea y Heráclito de Efeso. Aunque vivimos en futuro (“Nadie se baña dos veces en un mismo río. Primero, porque, a nuestra vuelta, el río se fue y segundo, porque quien vuelve al río es otro”), tomados por un rapto, por ritmo de susurro (“de algún susurro nace una ventana”), cada imagen nos lleva a descubrir, en el instante de cada poema, la totalidad de lo existente.
Cada imagen se presenta de un poema a otro, transformada por el poder mágico y maravilloso de una palabra transmutadora. Pero estas medidas, temporales y espaciales de sus símbolos recurrentes, no anudarán el sentido de las mutaciones. Los gallos cantan. Los gallos son fantasmas. La silla gira y atormenta. La silla permanece quieta. Los muertos reaparecen tras el verdor de hojas. Persistirá, siempre, el amago final:
Dios moviendo las cosas, mutando los hechos. Dios que no da treguas. La terredad sin tregua, devolviendo relámpagos y fulgores en la piedra para reafirmar, así, la redondez de un mundo, de universo de amagos y espejismos. Cada poema de este gran poeta supone una experiencia inolvidable, en el reconocimiento del ser y sus múltiples transformaciones primigenias. Cada imagen se vuelve anverso y reverso de un ciclo de renovación continua, en hermosa e insaciable conflagración de lo uno y de lo múltiple. Lo divino y lo humano, lo real y lo mítico, sólo suponen un tránsito infinito. Son lo mismo lo vivo y lo muerto, tan sólo excusa para establecer un diálogo, el hermoso itinerario de ascensión hacia los dioses o la convivencia de éstos con nosotros. Un intercambio de vida, de muerte y de vida, como la marea.(...)
Cualquiera sea el verso, palabra o poema que habitemos en su poesía un tiempo y un espacio queda, siempre, superpuesto a la otra, como la gota de un río, la línea sobre otra línea en un dibujo. Que se fundan o confundan los tiempos, padres e hijos, qué importa, siempre se emprende el viaje placentero a la semilla: vacío, caos en el cual se precipita todo el universo, todo lo que amamos. La roca y la nube, el sol y la noche, para siempre, en una línea, en el estremecimiento de un punto, de una hoja, reunidos en un solo instante.
Tomado de la Página de Alfredo Fermín, Diario EL CARABOBEÑO.
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