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Adelantarnos a la utopía
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ECCE HOMO
“...tra la vanitá e la stupiditá c'é
sempre stato un intimo legame.”
Robert Musil .
Hace ya algunos años leí un texto de Robert Musil, escritor austríaco y autor de extraordinarios libros, entre ellos El Hombre sin Atributos , excelente texto que describe al hombre del pasado siglo XX, en cuanto a sus actitudes y frente a sí mismo como criatura inacabada. Otro de sus libros, más bien una conferencia ofrecida a los trabajadores de Viena, la tituló con el sugestivo nombre de Discurso sobre la Estupidez.
En esa conferencia Musil se declaró partidario de la estupidez como necesidad del hombre frente a la arrogancia del PODER y de quienes frenéticamente lo buscan. Pareciera una moraleja que en estos años que inician un nuevo siglo, el desarrollo de la Razón occidental se soporta aún sobre la base de una sólida arbitrariedad o sinrazón, que es precisamente el lado oculto de los seres que detestan ser estúpidos y para ello oponen cierta inteligencia como salvavidas intelectual. Resulta extraño que en este mundo tan cambiante y trashumante, alguien quiera declararse estúpido, bufón de corte, eunuco de la inteligencia y la moral. Sólo los poetas, los absolutamente innecesarios indigentes, se les ocurre pensar en semejante sentido común. La intelligentzia en la actualidad es sólo un montón de lecturas desordenadas y sin mayor reflexión ni interiorización, que en la mente de algunos neolectores semeja la oculta cara, no de la estupidez como condición de sentido común y defensa coherente frente al poder, sino tardía postura en una nadería de términos vacíos de contenido ya superados y dejados a un lado o vistos desde la añoranza de un Charlot o Cantinflas.
Ocurre entonces, al decir de Musil: “Se la stupiditá non rassomigliase perfettamente al progresso, al talento, alla speranza, o al miglioramento, nessuno vorrebbe esser stupido.” (Si la estupidez no se pareciera perfectamente al progreso, al talento, a la esperanza, o al mejoramiento, ninguno quisiera ser estúpido).
Bajo estas condiciones, quizá un tanto confusas, valdría la pena que se indagara qué es la estupidez, cuál es realmente su razón de ser. No es actuar por oposición a la inteligencia ni a la diferencia con el semejante o para, peyorativamente, echarle en cara una condición anormal. Si nos retrotraemos a la cultura helénica, no sólo a la estupidez y sus actos, también la locura y sus actores eran considerados, por ser diferentes y escasos, seres privilegiados. Esto ocurrió en siglos posteriores hasta llegar a las cortes y palacios, donde el bufón era tan necesario y respetado como los aedas, juglares y poetas.
La actualidad del juego discursivo del olvido etimológico de los términos y sus semanticidades lleva a quienes desconocen las tradiciones, a tomar lo elemental del espejo de las miradas planas y sin reflejos, como dictados domésticos para indicar lecturas apresuradas que en nada sirven, salvo a reír por la ignorancia de los inteligentes.
Stupidus es todo ser que se queda pasmado, inmóvil, extático frente a una acción, una fuerza exterior a él. De allí que la gran mayoría de los seres humanos, incluidos los venezolanos, estemos pasmados ante semejante peso y paso del Poder y sus atributos en quienes lo detentan. Preferimos ser estúpidos frente a los inteligentes porque es la posibilidad de burlarse de las incapacidades de los hacedores del Estado. Pero en la quietud del silencio sentimos desprecio por la Razón de quienes nada saben.
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