Juan Guerrero

 

 

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La Anunciación

A través del ser va un destino encubierto
que ha sido dispuesto entre lo divino y
lo demoníaco.
Martin Heidegger.

El hombre es la más alta expresión de la creación. Según el cristianismo, obra de Dios, esto es, arte. Y si el hombre es una creación artística, tendría vida propia, existencia autónoma, y en su reflejo el hombre, como creación divina, deviene imagen de Dios. Como consecuencia, en su desarrollo artístico lo que pueda crear, el arte y la poesía, serán máxima creación. Teniendo éstas existencias propias a través de la mano del hombre que es movida por dios.
Sin embargo, según los textos cristianos, entre el hombre y Dios hubo una ruptura, cuando aquél se adoró a sí mismo como obra de arte e intentó continuarse, expandirse como obra realizada, existir en otros. De allí que se vea este gesto como pecado de origen y expulsión del Paraíso y caída.

Es que alguna vez la obra de arte resulta superior al creador, escapa de sus manos. Por eso el dios cristiano se entiende como un creador decadente; incapaz de permitir que su obra -el hombre- lo supere.

No fue el hombre el pecador, no hubo pecado alguno, sino un dios que en su soberbia alteró el orden cósmico y encerró al hombre en un círculo, un eterno girar sobre sí mismo, un eterno retorno. Un siempre arribar al lugar del origen para mostrar la imposibilidad de la creación a partir del hombre.

Por eso toda obra de arte muestra en su ser íntimo la silueta de un dios perdido en los infinitos giros de nuestros sueños.

Si observamos la Annunciazione, de Lorenzo Lotto (Venecia, c.1480-Loreto, c.1556-7) por ejemplo, podemos entender el ser de la obra de arte, su libertad. Ella nos contempla mientras nosotros la vemos. Pasajeros como somos en este mundo, han sido millones las personas que desde el siglo XVI siguen visitando la Pinacoteca en el pequeño pueblo italiano de Ricanati (llamado hoy Recanati) lugar donde nació Leopardi, ese poeta del pesimismo lírico. Allí existe esa pintura, esa mirada total del lienzo, su textura, el movimiento silencioso en los ojos de la madonna y el espanto del gato ante la llegada del ángel.

Allí la divinidad expresada en el ángel encuentra en el rostro de la mujer ese deseo por escapar del lienzo; por eso la mirada es ajena totalmente al espacio del cuadro. La dama pertenece al mundo en tanto que el animal rechaza la llegada; ese anuncio sin tiempo.

La llegada del ángel es ese dios perdido en nuestros sueños, esa fuerza amoral que permite la existencia de lo demoníaco. Por eso la obra de arte, en tanto expresión de lo mundano y lo divino, permite absolutamente todo, en ella queda representada hasta la imposibilidad del Creador.

Pero como podemos darnos cuenta, también el hombre es superado por su obra, somos en consecuencia decadentes, abandonados, lejanos ya hasta de nuestro propio nombre.
Fue Berenson quien intentó acercarnos la obra del Lotto, a través de un estudio monográfico que publicó hacia 1895 y despertó a la flor más rara del Renacimiento, como fue conocido este extraño artista. Pintor veneciano signado por el olvido y la errancia constantes. Mucho se ha discutido sobre su propia existencia. De él quedan cuadros donde se eterniza la melancolía y la soledad, como en la pintura de El joven de la Academia, en Venecia, que pude apreciar mientras viví en la ciudad lagunar, pintado hacia 1527, mismo año donde se fecha también esta obra de la que hablamos. Ambas obras están penetradas por la mirada de los personajes, movidos por el desconcierto que les causa un acontecer, un instante anterior al momento cuando son captados por el artista

Berenson escribió sobre la mirada psicológica y el tiempo del cuadro. Pudo ofrecernos el yo de la obra y su atemporalidad. Vivir un cuadro como este de quien hablamos es creer en el hombre. Ver la belleza del rostro angelical en contraste con las formas rústicas del dios que desde el cielo dirige sus manos al oratorio, es conocer casi de memoria lo acontecido en la habitación. Podemos saber entonces que había un movimiento anterior, un encuadre diferente antes que el pintor dibujara la escena: la mujer estaba de espaldas a nosotros, leía un texto sagrado; el gato iba lentamente hacia la izquierda, quizá a estarse debajo de la cama. Pero el ángel altera la escena, absorbe para sí todo el movimiento: el gato queda detenido en su salto, la mujer se voltea y dirige sus manos en simetría hacia afuera, buscando salirse del cuadro, ofreciendo un rostro sin expresión.

Entonces nosotros estamos situados justo allí, en el lugar que proyecta la mirada de la mujer, ese rostro psicológicamente colocado para que se mueva indistintamente.
He ahí la genialidad del hombre como artista; esa capacidad para sustraer el movimiento divino, lo poco que queda, y colocarlo en un rostro que a su vez contiene la mirada que estudia a quien la contempla.