
VAGABUNDOS POR EL EXTERIOR
Un hombre que lee, y es capaz de comprender, de traducir lo leído como parte de su experiencia vital, es sin duda un hombre privilegiado.
En los albores de la civilización el saber, las creencias, los sueños y los deseos más íntimos se trasmitían de forma oral. El cambio de la comunicación a través del dialogo por la palabra escrita fue un proceso lento.
La invención de la escritura, en primer término, y algunos siglos más tarde la aplicación de la técnica mecánica de la imprenta, en la reproducción masiva de textos, produciría un cambio radical de los parámetros comunicacionales en la cual se sustentaba la civilización occidental. La escritura de libros, en pergaminos, tablillas de arcilla y finalmente en papel, trasformó los hábitos espirituales y sociológicos del hombre, cambiando, por supuesto, su visión del mundo y su relación con los demás individuos del conglomerado social. Los libros le permitieron al hombre poseer una perspectiva menos cerrada y prejuiciada de su entorno.
La aparición de las Universidades en la Edad Media proporcionó una nueva importancia a los libros. El humanismo que se impartía en las universidades medievales tuvo en los libros su mejor soporte. Los libros fueron tratados no sólo como objetos educativos, sino como piezas artísticas de gran versatilidad y sutileza.
Desde esos lejanos días, donde los libros eran elementos de culto, ha pasado bastante tiempo. Hoy el libro ha pasado engrosar, con otros cúmulos de adminículos, nuestra cotidianidad. Además, ya el libro no es el único medio para la transmisión de saber y conocimiento. Ahora la radio, la televisión, el Internet y el cine han modificado de nuevo la panorámica del hombre.
El número de lectores en el mundo es ínfimo comparado con el número de libros que se editan anualmente, sin mencionar el hecho que para ser oyente o espectador no se requiere siquiera ser inteligente y con ser un analfabeta funcional con computadora puede navegar por la red sin dificultad. La lectura por el contrario es una cuesta trabajosa y requiere un poco de raciocinio, lucidez, imaginación. Sensibilidad, silencio y aislamiento.
Si un nuevo lector se entera de las cifras astronómicas de los nuevos libros que se editan cada año sin duda lo meditará bastante antes de embarcarse en ese viaje inusitado que es la lectura de buena literatura. El problema en cuestión no es que hay demasiados libros, lo patético es que el tiempo de nuestra vida es muy breve para tamaña empresa. Luego a esto hay que añadir la mala prensa que ha tenido siempre la mucha lectura. En el libro bíblico Eclesiastés puede leerse que estudiar mucho puede dañar la salud. Séneca opinaba que muchos libros podrían dañar el espíritu. El Quijote perdió la razón por su compulsiva pasión de leer libros de caballerías. La heroína al revés de Madame Bovary, leía muchas noveletas románticonas, lo que la llevó primero al adulterio y después al suicidio. Descartes fue mucho más radical. Aseveraba el filósofo que había abandonado el estudio de los libros para leer en el libro del mundo. Estos mitos en torno al libro siempre me han resultado fascinantes. Desde siempre los libros han sido perseguidos y censurados. En nuestros avanzados días el escritor Salma Rusdhie ha sido condenado a muerte por escribir "Los versos satánicos”. Los regímenes fascistas y totalitarios ven en los libros enemigos potenciales a sus atrocidades. En el Chile de Pinochet, la Caperucita Roja era confundida por los militares como un libro comunista y por tal equivocación ardieron miles de ejemplares en todo el país.
Lo innegable es que los libros poseen una magia, un magnetismo peculiar. Un libro te lleva a otro. Un autor te conduce otro. Quien ha probado el sabor dulce de la lectura corre el riesgo de enviciarse y tener a la palabra impresa como un medio para conjurar las barbaridades analfabetas que nos circundan.
Para iniciarse en la lectura hay que despojarse de todo prejuicio y comenzar. Gabriel García Márquez ha escrito: “Cada época no tiene tantos libros esenciales como dicen los maestros que se complacen en aterrorizar a sus alumnos, y de todos ellos se puede hablar en una tarde…”
¿Qué utilidad obtiene la gente leyendo buena literatura?. Utilidad, en el sentido neoliberal, consumista y privitazador de nuestro mundo, no obtiene ninguna. Un buen libro proporciona en primer lugar un buen momento de ocio y después que se han leído unos tres o cuatro van formando en el lector cierta moral inteligente y nada severa. Cierta moral, si se quiere, intelectiva que desdeña esa moral timorata, represiva y poco divertida que imponen las iglesias y las instituciones. Una moral clarividente que hace frente a las circunstancias inhumanas que no dejan resquicio alguno para lo humano; en suma una moral instruida en cuentos, poemas y novelas que rechaza la rutina analfabeta la cual no reconoce, en ninguna circunstancia, el universo sorprendente que cierran las tapas de algún volumen. El mismo García Márquez acota que para iniciarse en el mundo de la literatura sólo necesita tener a la mano una buena guía de libros. Antes que un catálogo de libros propondría una una lista, de autores indispensables, donde hay que incluir a Miguel de Cervantes, Sir Arthur Conan Doyle, Alejandro Dumas, Zane Grey, Jack London, Howard Phillips Lovercraft, Edgar Allan Poe, Robert Louis Stevenson, Julio Verne, Herbert George Wells, Rudyard Kipling, Francisco de Quevedo, Herman Hesse. Con esta corta lista de autores se podría comenzar.
Siendo todavía un adolescente leí la novela futurista “Fahrenheit 451”, que es la temperatura a la que se quema el papel, de Ray Bradbury. En dicha novela los bomberos en vez de apagar incendios eran los encargados de quemar los libros. Metáfora desoladora de un mundo deshumanizado entregado al imperio de las computadoras y las máquinas. Para hacer frente a este desastre aparecen los hombres libros, especie de pordioseros en su aspecto externo, pero que internamente han memorizado un libro completo o como lo escribe Bradbury en la novela:
“-¿Cuántos son ustedes?
-Miles, que van por los caminos, las vías férreas abandonadas, vagabundos por el exterior, bibliotecas por el interior. Al principio no se trató de un plan. Cada hombre tenía un libro que quería recordar, y así lo hizo. (…) Lo más importante que debíamos meternos en la cabeza es que no somos importantes, que no debemos de ser pedantes. No debemos sentirnos superiores a nadie en el mundo. Solo somos sobrecubiertas para libros…”
La lectura quizá también lleve a la humildad. Leyendo uno intenta tener gustos sencillos, ser por el exterior un desapegado del artificio, pero esforzándose en cultivar una mente compleja y un espíritu lleno de pasión. Savater ha escrito: “Todo negocio en que no se puede ser héroe de la propia pasión me es perfectamente ajeno y superfluo”. Por supuesto la lectura es un negocio donde es necesario poner pasión como en todo aquello que ensancha nuestra alma. Podemos estar saturados de nobles convicciones, de ideales altruistas, no obstante si carecemos de la pasión necesaria para que esas convicciones e ideales nutran nuestra existencia todo es inútil. Gracias a la pasión iniciamos cualquier tarea humana.
Desharrapados en el exterior y transparentes, profundos en el interior con muchos libros en la estantería del alma, por eso leemos.
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