Carlos Yusti


Portada

LIBROS
George Steiner
Historia de la lectura

Gonzalo Fragui
Poeterías
Extractos


Sael Ibañez
Un pequeño universo
de libros raros, antiguos
y curiosos

Carlos Yusti
El ensayo: identidad,
memoria y olvido


Caroní cuenta con su primer Catálogo de Patrimonio Cultural

CINE
Fernanda Bargach-Mitre
Michael Clayton

Arte
Iris Mexico
Luna nueva y
asesinos seriales



Invitado(a)
Slavko Zupcic

Desde la red
Luisgé Martín
Los libros muertos

OPINIÓN
Carlos Yusti
Líbrame del maldito poeta

Vagabundos por el exterior

Ojo de buho

ENTREVISTA
Franklin Fernández
Alberto Asprino


ENSAYO
Juan Guerrero
Vivencia de Dios

Milagro Haack
Pedro Pablo
Pérez Santiesteban

Lenguaje Interno
en roce sensorio

POESÍA
Francisco Arévalo

 

Líbrame del maldito Poeta

 

Para Rubén Darío fueron raros y para Villiers De L'isle Adam eran sencillamente malditos.

Los poetas malditos fueron seres atormentados. Poetas y literatos consumidos por el Opio, el alcohol y sus desatadas pasiones. Legaron, a pesar de todo, una obra escrita con las entrañas. Sus vidas fueron una telenovela de colores oscuros y siniestros. La bohemia, la locura, la genialidad y el suicidio como idea constante se mezclaron en sus almas convirtiendo sus existencias en bombas de tiempo. La musa, con ojeras, ligueros y sífilis, los esperaba a la vuelta de la esquina. La sífilis y muchas otras enfermedades venéreas acompañaron a varios de ellos durante todo su recorrido creador. Laudano, opio, alcohol y ajenjo eran los puentes utilizados para alcanzar "los paraísos artificiales" como los llamó Baudelaire. Pero también en ese otro extremo de los excesos estaba el talento, lacerado y brillante. Además estaban dotados de cierta templanza creativa que los impulsaba a escribir poemas, cuentos y novelas de una ferocidad pasmosa.

En nuestro país el coletazo de ese huracán que fueron los poetas malditos, sobre todo de Francia, hizo sus estragos respectivos en algunas generaciones de poetas y escritores. Rimbaud, el conde Lautréamont, Verlaine, Baudelaire y algunos otros fueron colocados en el altar de los maestros del día. Así mucho hijo de vecina, con veleidades líricas, se lanzó a la noche. Algunos con talento, otros con mucho caradurismo y excelente hígado se etiquetaron como poetas y llegaron a las playas de los bares en Sabana Grande. No sólo iban a vivir la poesía, sino que estaban dispuesto a beberla a mares. Por todos los medios trataron de convertirse en malditos con pedigrí, pero se quedaron en el gamberrismo barriobajero. La incultura le traspiraba la ropa y por esa razón ser poeta maldito fue como seguir una moda. No leían francés, apenas lo chapuceaban en traducciones españolas a las cuales se le veía la costura manchega, el lenguaje tocinero y ese estilo de hostería inconfundible. No obstante esto no les impidió nuclear "La pandilla Lautremont" y otros grupos de similar tenor.

Ya de los poetas malditos nuestros queda sólo una resaca residual, una historia de hemeroteca con exposición necrofílica de fondo y un grupo de señores gordos pastando como vacas en el césped de la oficialidad literaria.

Hoy todavía uno puede tropezarse en algún tugurio, en algún lupanar con un poeta que lleva en el ojal de sus pupilas la flor del malditismo literario. Ya nadie parece notar su presencia y se confunde como un parroquia más entre el enjambre de humo y voces. Es por supuesto un rara ave. Un borrachín más que ha confundido bohemia con creación poética, que confunde actitud contestaria con borrachera diaria y desaseo personal, drogadicción como actitud para espantar las moscas de la oficialidad literaria. Estos nuevos poetas malditos de tasca y bulevar ya no mueven al escándalo ni al respeto, sino a la carcajada.

A pesar de todo este poeta maldito recortable era preferible a esos poetas potables producto de los talleres poéticos que ganan premios y se visten como el primero de la clase, además no comete faltas ortográficas ni políticas. Estos poetas, con oficina incorporada en el CONAC, que aplauden los soporíferos poemas de Tarek Williams (plagios en pobre de los poemas del Chino Valera Mora) son lamentables. Estos poetas de ordenador son abstemios y de paso su talento de hipermercado no da para mucho. Además se distinguen por sus opiniones beatas y reaccionarias. Neruda, Vallejo y Roque Daltón les resultan poetas trasnochados. Ahora se lleva el poema breve, el poema minimalista, budista y de autoayuda. Por otro lado su vida aséptica, libre de anhelos sucios y malsanos, para nada se mezcla con su obra. En lo personal para mí son unos malditos poetas. Me quedaré siempre con el poeta menor, con ese poeta borracho y pendenciero que va por la vida con la pizarra de su alma garabateada de poemas.

Cuando empecé a interesarme por la literatura debo confesar que lo hice como poeta. Mea culpa. Por supuesto que la escabiosis del poeta maldito también me contagió. Quería ser un desgarrado. Un hijo de mala madre. Un ser sensible carcomido por el mal. Con quince años uno es muy susceptible e influenciable. En mi rol de poeta maldito hice algunos atentados, aunque por lo intrascendente puede clasificárseles como travesuras: llegaba a los conciertos en el teatro Municipal y dormía a pierna suelta. Si había algún recital de poesía allí estaba yo distribuyendo un panfleto y luego colaba mis zapatos en el podio ante la mirada atónita y furiosa de los otros poetas. En las exposiciones de pintura me concentraba, con exclamativo interés, en las columnas de la sala, en las lámparas y las rejillas del aire acondicionado. Con otros contertulios de francachelas literarias edité una revista llena de pelos verdaderos y groserías a granel. Con mi amigo Yuri en una noche de paroxismo llenamos la ciudad con graffitis insultantes y decapitamos toda ilustre estatua que se atravesó a nuestro paso.

Lo triste es que uno empieza como maldito y luego acaba como una plaza, una calle o como un premio como le ha sucedido a Rómulo Gallegos. No obstante mi etapa maldita, aparte de granjearme algunos amigos y muchos enemigos, me permitió calibrar ese mundo cultural lleno de falsos valores y de poetas desdoblados en serviciales relacionistas públicos. Me ha permitido ser más tolerante con esa tropa de analfabetas funcionales que de manera forzada quieren ser escritores. De gente que sin talento ni la cultura suficiente tienen la osadía de dictar cátedra literaria, de ser voceros del arte y la cultura.

No sé si el malditismo literario sirve para algo. En lo personal creo que este medio cultural que padecemos es demasiado acartonado y necesita airearse con algo de creativa insolencia. He madurado lo que he podido y sigo tratando de escribir desde la otra orilla, pero la literatura es implacable con la vida y por eso sólo pido a Dios que yo no acabe como Tarek, o como muchos huelebraguetas de la escritura dominical, o sea como un discreto mediocre haciendo juego con el decorado cultural de turno. Los malditos poetas están a la orden del día (claro incluyan a Odreman y a Isaís Rodríguez ), pero yo me quedo con los poetas malditos del bar y la rokola que se orinan sobre los clásicos y gritan sus versos en la noche como lobos heridos por la luz de la luna.