Milagro Haack


Portada

LIBROS
George Steiner
Historia de la lectura

Gonzalo Fragui
Poeterías
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Sael Ibañez
Un pequeño universo
de libros raros, antiguos
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Carlos Yusti
El ensayo: identidad,
memoria y olvido


Caroní cuenta con su primer Catálogo de Patrimonio Cultural

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Fernanda Bargach-Mitre
Michael Clayton

Arte
Iris Mexico
Luna nueva y
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Invitado(a)
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Los libros muertos

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Líbrame del maldito poeta

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ENSAYO
Juan Guerrero
Vivencia de Dios

Milagro Haack
Pedro Pablo
Pérez Santiesteban

Lenguaje Interno
en roce sensorio

POESÍA
Francisco Arévalo




 

Creencia de tejida a mano

“confiándole alejamiento de tus arcos
sobre la misma niebla que tejo detrás del invisible fuego
caminando tan alto que encuentra la ventana llena de ojos
 permitiendo  Amarse
con el perfume de tu sonido
sola vestimenta
predecible

Para cuando regreses”
Milagro Haack

Estuvo por todo el rompimiento del día, calmando un lento llanto corriendo por esta peculiar fría tarde hasta llegar al silencio de una mensajera alma. No hay calma, todo pasó tan rápido que ella no pudo llamar a su vecino amigo.  Lo dicho fue una decisión errónea, invirtiendo la vida que no la compra. Se  arrastra sin poder contener esas lágrimas frente a todos, casi sin voz pudo negarse a lo escuchado por presumida mano compañera. Cuántos han sido los lagos retenidos por ser una mujer. No puedo imaginármelo. 

Yo estaba a su lado y pude sentir la sorpresa de su visión hacia lo externo castigándola por ser lo que es: la viuda tejedora de palabras.  La conocí por ese llamamiento, siempre en todos los actos sociales, en los eventos culturales por ese calificativo. Nadie rozaba quién era, sólo la viuda. Cuando ella se enteró de ello pude escuchar su risa, es muy alegre, sólo tiene muchos defectos para el sexo opuesto, por ello, se rige por la prudencia. Antes, más no ahora, era muy callada, no aprobaba tomarse fotos, a pesar de todo lo tuvo que hacerlo por su primera publicación, más, así la reconocimos y nos dio mucha pena haberla incluido con esa etiqueta para siempre. Hay pocas cosas de esa mujer que puedo comprender. Una de ellas es la extraña forma de conquistar la dolencia ajena. Estoy diciéndome a mi misma  lo mucho dado, no de una forma directa, más, sabe escuchar el corazón dolido, sabe percibir esa alegría cubierta de palabras, mas, nunca se muestra tan real como lo debe ser. Algunas veces es tan odioso estar a su lado por la perfección ahuyentando por tanta creencia de tejida mano. Sabe y no lo niego, sus conversaciones son atrayentes hasta el punto de creerse dueña de algo muy apreciado: Soy parte del cosmos por lo tanto soy necesaria en este aquí –ahora, sino estuviese muerta. Son algunas de sus frases asegurando la importancia de lo humano bien cultivado, aunque este errada se siente perfecto ser un ser importante para el cosmos, por lo tanto para esta tierra donde estamos.  A veces pienso, que cuando se distrae, siente todo el dolor del mundo y eso la hace ser solitaria y poco comprendida. Ama y mucho, siente la naturaleza como propia, es rara, pero algunas veces como hoy siento mucha pena por ella, Me recuesto en los días tomados por el desgano, moviendo la tarde de otro aire.

Puedo llevarlo a la nada, pero se busca tras de cada palabra y así, solamente la encuentro danzando con el aire, creando tejidos en universos paralelos, pero el amor se aleja por cada escrita palabra.  Sus pensamientos van hacia una irrealidad tomando forma siempre con un traje doblado, como ese vestido azul de altos silencios. Sin embargo, se comprende ese  extraer de lo superficial para elevarlo a interminables montañas. Alguna vez, escuché eso de sus labios, y tuve la sensación de conocerla, por eso, me hice su amiga, compartimos algunas y muchas cosas, a través de nuestra afinidad por el arte.  Pero cuando en temas de la vida interna, se evaporaba en ese más allá que no puede detener. Continua, pareciera volar a veces, sin embargo tropieza, se cae, tarda en levantarse y mira como todos se alejan, pero regresa más segura, más ella. Entonces, algunos la apreciamos, la acompañamos, y de verdad no sé que la sostiene a ese gran muro levantándose cada vez más alto, mientras ella lo trepa una y otra vez, pensando que puede mirar lo escondido en propia alma, y yo no la alcanzo, por ello muchas veces la dejo navegando sola, hacia horizontes trazados con memoria escrita, después viene la caída de nuevo, siempre por lo externo como hoy, Nunca escuches más de lo que tú ya sabes de mí, lo importante, puede ser que marche siempre hacia el engaño, yo no les temo, soy espejo y mi locura es parte de ellos. Además porqué me dan esa corona de reina que yo no la siento propia. Después, calla, siempre calla, se va, con el humo que se desprende del cigarro, luego, me señala cualquier cosa material en algunas oportunidades. Sin embargo, la más fija que recuerdo, son los atardeceres, pareciendo puntual en esos momentos. Eran su delirio, más si desenterraba los contemplados en Puerto Cabello, mío y suyo Malecón, sin olvidar los barcos estimulándome a la escritura de ese “horizonte entre dos puertas”, que tanto le nombro y se encanta sólo por el título.

Siempre estando presente aquella frescura todavía como palpándolo todo, como una niña, como si nunca lo hubiese visto, siempre eran diferentes y cada encuentro poseían otra pincelada dentro de un fijo detalle, fundirse, volar cual ave hacia ese líquido fuego cayendo en descanso, abriendo sus eternos pilares empapando la noche: Mira, después de eso no hay nada, diluirse entre esos matices antes de perderlos, antes del anuncio, esto es real, esto es estar en diálogo con el todo, y tú lo sabes, esto es fugaz siempre permanente y después de esto, puedes percibir la impotencia del ser, más no aprecia su entorno natural, charlándole por un siempre amén. Esto si tiene un significado, lo otro está fuera de ello, no te preocupes, siempre te lo he dicho, no digas que me conoces, ya sabes, es por estar retando al mundo, por ello me juzgan y bien merecido lo tengo, más no me gustaría que por ninguna razón seas igual que yo, sería un pecado, sería matar tu esencia por lo tanto, espero tu alejamiento como el de todos. No es bueno tener tanta creencia de tejida mano.  Entra a su casa, parecía sonreír, pensé en el daño, pensé en todo lo compartido, su gran pasión, su amor fortaleciendo el cuerpo, de su enfermedad deseando atraparla y ella dominando lo definitivamente. Pensé en el alejamiento de sus diálogos, de sus sorpresas juguetonas demostrando casi siempre esa inmadurez, porque de una cosa puedo decir bien de ella, era así, se divertía como una joven, más cuando se ilusionaba, era una locura, sabía de sus enredos y dejaba todo porque nunca pudo traicionar a sus sentimientos. Estaba lejos muy lejos de ser atrapada. Sí, amaba y con intensidad, pero a quién.  Buena pregunta, porque sólo le he conocido visualmente poca entrega. Aunque muchas tentaciones y por supuesto en eso estábamos a la par.  Sé que me lo dirá antes de marcharme.  Me invito a tomar café, ese día en particular no deseaba estar dentro de su casa, otra de sus espontaneidades, porque además, era tan impredecible, que atormentaba algunas veces, otras eran totalmente así, espontánea asumiendo los retos como ensayando a ser adulta y lo era sobre todo en sus obligaciones sin imposición. Ella, daba todo por una razón de peso, por un ideal compartido, pero, sabía de antemano la utilidad de sus conocimientos.  Se acerco a su madre, le pidió la bendición y nos marchamos. Fuimos a su lugar preferido, y abrió para mi asombro su libro de cuentos,  me lo acerca y me señala uno, ¿Lee esto que escribí para ver que te parece? Siempre pasa lo mismo, quizás este en otro mundo, luchando en este, con la fuerza de una espera incontenible, escondiéndose una y otra vez esa interminable lágrima. Después de leerlo, mientras ella fumaba, reparé la transparencia de la pregunta no dicha. Su amor lo tuvo, aún esta presente en cada letra. Lo vivió, y aún le entrega su vida, en esta historia, de ritos y del eterno escuchar al viento, me atrevo a preguntarle en dónde estaba él. Después de mirarme largamente y pedir otra taza de café me contesto, Si te lo digo, puedes guardarlo en el mismo sitio donde estará este cuento, en un profundo cofre albo de seda con alas de santo ángel, allí esta ese gran pianista, que arde en mi sangre por herencia. Alguna vez después de todo, estas incomodidades habituales, le llevaremos claveles como en el cuento... ¿te parece?

Ese, alguna vez, fue acompañarla al cementerio, junto a un árbol, su eterno árbol compañero.  No pude contener mi llanto, más el suyo lo guarde bajo todos los tejidos con flecha sola por sabia creencia de tejida mano. Su encanto, su tragedia fue haber nacido mujer, siempre lo comentaba, siempre. Ahora, no hay más silencios, su falta de corona en el futuro estará bien colocada, como en su cuento, corona de pétalos, aspirando el cabello, la caricia de lo eterno. Porque reina fue de inéditos cuentos en vivencia propia.  Como la de aquel día, que no pudo irse a visitar sus ancestros, por no pasar atándose a una vida sin su temple, arropándose bajo el manto de la cobardía, por eso, dejo correr unos pocos encerrados años, siendo la viuda tejedora de palabras.   El cementerio calló ante su presencia, todos sus amigos del otro mundo salieron a su encuentro, por tantas alfombra sobresaliendo hileras de luces ofrecidas, por tanto cuidarlos desde ese lado. Entre tanto el desconcierto no esperado, algo de ella sostuve, la atención a lo sensorial, la percepción de lo fugaz en el entorno, lo que cae, haciéndote voltear la mirada buscando una repuesta del llamamiento.

Vi un desconocido rostro, entre los pocos que estábamos con ella ese despedido día. Alguien cubierto con un sobretodo negro, con sus largas y albas manos, mostrando un alejamiento de su universo, señalando algunos pétalos en rocío, preguntándose por qué no lo llamó más, todo al mismo tiempo, él del olvido bajo tierra, él de la sorpresa, al que le llevaremos... no lo podía creer, Él, sin rostro verdadero de saber que tan fiel a sido mi memoria por sola mirada. Su gran pasión, estaba allí, recostado del árbol compañero hermano. Se acercó sin saludar, colocó unos blancos claveles. Me llamó la atención como se iluminaba su rostro, comenzando por el privativo interno invierno de ella. Pude despreciarlo, pero él la amará de la misma forma como ella lo sintió y aún lo siente de ello estoy segura, en ese fugaz instante. Me acerque a él, le pregunte si la conocía. Me rocé con sus ojos, no lo podía admitir, vi las propias lágrimas de ella. Era su amor, era la verdad sostenida en los arcos del sonido aire. Estaba allí, disculpándose por su llegada tarde.  Se retiró y sólo me dijo, -Nunca la conocí tanto como hoy, ella, era un todo y eso nunca se podré perdonárselo, más ahora, que regreso sin mis manos vacías... Esperar, es lo vivido, hoy es ceniza, más nunca quiso ser polvo para la tierra, entonces, porqué esta bajo de ella-. Porque allí está su árbol, allí dejó todo hasta el elevado anillo en los pasillos del hermano con sus otros altos tejidos.-Son sus palabras.- Sí, creo que la necesitarás por el resto de este día. Déjala ir. Se marchó, sin mirarme, más aquellas lágrimas, junto a un comentario entre dientes,  -Una mala noticia-, era, el anuncio silencio aguardando desde afuera de aquel norte guiándola más hacia la alta mar de esperas. Y cómo se lo podría decir, era una derrota más, pero esa, no era de su gusto, lástima, no, eso no lo soportaría ni de ella misma.  Nunca comprenderé porque me hizo creer que él había muerto, nunca, la conocí por completo. Y repito como ella ese día en el café de siempre, y me quedo con su gesto de agua, rodando siempre hacia mis manos. Siempre regresa, siempre por tanta creencia, de sus que ahora comprendo tejida mano.