Sael Ibáñez

Portada

LIBROS
George Steiner
Historia de la lectura

Gonzalo Fragui
Poeterías
Extractos


Sael Ibañez
Un pequeño universo
de libros raros, antiguos
y curiosos

Carlos Yusti
El ensayo: identidad,
memoria y olvido


Caroní cuenta con su primer Catálogo de Patrimonio Cultural

CINE
Fernanda Bargach-Mitre
Michael Clayton

Arte
Iris Mexico
Luna nueva y
asesinos seriales



Invitado(a)
Slavko Zupcic

Desde la red
Luisgé Martín
Los libros muertos

OPINIÓN
Carlos Yusti
Líbrame del maldito poeta

Vagabundos por el exterior

Ojo de buho

ENTREVISTA
Franklin Fernández
Alberto Asprino


ENSAYO
Juan Guerrero
Vivencia de Dios

Milagro Haack
Pedro Pablo
Pérez Santiesteban

Lenguaje Interno
en roce sensorio

POESÍA
Francisco Arévalo

 

 

Un pequeño universo de libros raros, antiguos y curiosos



Una imagen inmediata y desenvuelta de lo que significa trabajar en un espacio como lo es la colección de libros raros, antiguos, curiosos y manuscritos de la Biblioteca Nacional (pequeño universo al cual alude el título de esta crónica), puede ofrecerla, en vista de que se trata de algo conocido por la mayoría, la biblioteca que imaginó Umberto Eco en El Nombre de la Rosa y, más recientemente, esa fantasía fílmica que nos regaló Román Polansky en la película La Última Puerta, al menos durante la primera media hora. Hablo de esa atmósfera que desprende convivir de manera diaria con libros incunables, extraños, ejemplares únicos en muchos casos; con libros casi artesanales publicados por esos grandes impresores que surgieron al final de la edad media europea, y con los volúmenes que atestiguan nuestra propia génesis del arte de imprimir. Ilustremos esta idea recordando los nombres de Aldo Manucio, Johan Froben, Cristóbal Plantino, Segismund Feyerabend, Sebastián Gryphius y, en Venezuela, Matheos Gallagher, Jaime Lamb, Juan Baillío, Valentín Espinal, Domingo Navas Spínola, Tomás Antero Y Andrés Roderiek.

Una colección mixta de libros antiguos y especialmente curiosos, de documentos manuscritos y volantes que registraron, de pasada, los días que la historia proclama, debe, a todas luces, ser un espacio para la investigación. En todas las bibliotecas del mundo suele existir un lugar similar al que acabamos de postular y como tal no deja de ser así en nuestra Biblioteca Nacional: la sección de Libros Raros y Manuscritos representa, en ella, ese justo espacio donde los investigadores nacionales y extranjeros convergen para registrar y rescatar la memoria del pasado, con el indudable objeto de buscar allí la luz para desbrozar o inventar el futuro y, por qué no, para justificar el presente. Los títulos reunidos en colecciones de esta naturaleza desprenden unas características muy precisas, que los vinculan a un destino común, signado por la antigüedad, la singularidad, la rareza, la curiosidad, el carácter incunable, la edición limitada o numerada, la edición prohibida, el ejemplar único, en vista de que los demás han sido destruidos intencionada o accidentalmente, también ineludiblemente por el paso del tiempo. Todos estos libros son los que van a satisfacer el hambre voraz de la investigación en fuentes originales. Y esto lo realizan estudiosos cuya frontal preocupación es ofrecer, cada cierto tiempo, un inventario de la memoria de los hombres.

Desde la Colonia hasta el presente han convergido hacia lo que hoy es la Biblioteca Nacional, libros, folletos, hojas sueltas o volantes y manuscritos de los grandes autores de todos los tiempos: alguna vez formaron las bibliotecas del Dr. José María Vargas, de Miranda, de Arístides Rojas, de los Guzmán Blanco, de Tulio Febres Cordero, de Enrique Bernardo Núñez, de Pedro Manuel Arcaya (biblioteca esta que fue donada íntegramente a la Biblioteca Nacional y que al presente es considerada la más grande colección de libros reunida por un solo individuo en Latinoamérica). Igualmente impresos que alguna vez reposaron en las bibliotecas de conventos, seminarios, colegios religiosos y casas de particulares durante la Colonia y el período independentista. A ello debemos añadir innúmeros manuscritos de nuestros héroes patrios como Bolívar y Páez, y de nuestros escritores tanto del pasado como del presente.

Una forma de entender cómo puede adquirir vida notable una agrupación de obras similares a las que hablamos, la representa, por ejemplo, la actual colección de fascículos publicados por el diario El Nacional, titulada Historia de Venezuela en Imágenes: gran parte de la investigación capaz de hacerla posible fue realizada en nuestro Servicio de Libros Raros y Manuscritos. Un gran número de títulos reeditados (se trata de impresos de un valor inestimable, que forjaron el rostro de América, la mayor parte de ellos libros de viajeros y que nunca antes habían vuelto a ser editados) durante la celebración del V Centenario del Descubrimiento igualmente fue producto de investigaciones llevadas a cabo en el antedicho servicio de información de la Biblioteca Nacional. Investigadores como el Dr. Blas Bruni Celli, por ejemplo, han hecho ediciones comentadas de la biblioteca de José María Vargas, y del manuscrito del siglo XIX Arca de Letras, cuyo autor es el sacerdote jesuita, nacido en el estado Yaracuy, Navarrete, y que constituye el primer intento de enciclopedia en América.

Como siempre, hay anécdotas para todo; me gustaría ilustrar un poco el ambiente de nuestro trabajo diario, exponiendo la experiencia de un funcionario que custodia los depósitos donde se encuentran ubicados estos documentos extraños, antiguos y curiosos. La experiencia en cuestión se la expresó al poeta Luis Alberto Crespo, quien lo entrevistó en función de saber sobre qué sentía en ese contacto diario con libros tan especiales. Se trata del también poeta Gabriel Saldivia. Dijo él: apenas paso frente a estos libros siento algo extraño, una indescriptible sensación. Cuando paso ante el conjunto de Biblias antiguas me asalta una vibración misteriosa. Yo me sumerjo en esas memorias escritas. Me invitan a hablar solo. Presiento algo oculto. Además. Hay libros que se quejan, que sufren, como los que tienen cobertura de piel. También he notado que algunos de ellos se sienten mejor en un lugar que en otro. Los de pequeño formato, por ejemplo, no se hallan a gusto al lado de los muy voluminosos. Los cambio de sitio y descubro que se encuentran plácidos, satisfechos. Tengo una comunicación especial con un impreso de Aldo Manucio, de 1519, lo toco y soy otro. Es como si consultara a un oráculo.

A todos los que trabajamos aquí nos pasan cosas parecidas, en una o en otra dirección. Hay algo que no es sólo físico en esos libros y no dejamos de presentirlo a diario. Nos ha correspondido el destino de vivir entre libros, más que eso, entre libros extraños, curiosos y antiguos: nosotros los observamos cada día de nuestra existencia, pero es previsible sospechar que ellos también nos observan desde su imponderable sabiduría y misterio.

Sael Ibañez Nace en Camaguán, estado Guárico, el 12 de mayo de 1948. Realiza estudios religiosos durante 10 años en los seminarios San José de Calabozo e Interdiocesano de Caracas. Se gradúa de Licenciado en Letras en la Universidad Central de Venezuela. Allí participa en el Movimiento de Renovación Universitaria. Realiza estudios de postgrado durante cuatro años en el área de filología hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid, España. Estudia inglés durante tres años en Londres, Inglaterra. Realiza estudios de postgrado en Ciencias de la Información en la Universidad Simón Bolívar, Caracas. Ha sido jurado del Premio Nacional de Literatura y del Premio Nacional de Cuento “Gaitán Durán”, Norte de Santander, Colombia. Es miembro fundador de la revista Falso Cuaderno, y participó de la refundación en su tercera etapa de la revista Imagen. En diversas oportunidades ha dirigido talleres literarios dependientes del Consejo Nacional de la Cultura, del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos y de Trasnocho Cultural. Ha obtenido el premio de la Bienal Literaria de la Universidad Central de Venezuela y el Premio Municipal de Literatura.

Ha sido Director General de la Biblioteca Nacional, donde a su vez se ha desempeñado durante 14 años como Director de la Sección de Libros Raros, Antiguos y Manuscritos. Ha sido Presidente de la Editorial del Estado, Monte Ávila Editores Latinoamericana. Al frente de esta editorial representó a Venezuela en las ferias internacionales de libros La Habana, Cuba y Guadalajara (México). Es representante legal de la Fundación Red Nacional de Escritores. Es actualmente el Director de la Revista Nacional de Cultura.