Rafael Bolívar Coronado no es un escritor, sino un caso. Tiene más tela recortable como personaje de novela picaresca que de poeta. Fue un autor perdido en un enjambre de seudónimos (alrededor de 600 le contabilizó el escritor y bibliófilo Rafael Ramón Castellano) y de trampas literarias para “quitarle las telarañas a las muelas”, según sus propias palabras.
Coronado publicó muchos textos (cuentos, artículos de prensa, poemas y un copioso etcétera) con el nombre de autores existente unos y de autores productos de su afiebrada imaginación otros. De los pocos libros que salieron con su nombre puede contarse “Memorias de un semibárbaro”.
Los entretelones de la publicación de estas memorias tiene su historia y Rafael Ramón Castellano la cuenta en su extenso libro sobre Coronado, “Un hombre con más de seiscientos nombres”. Al parecer Coronado había estafado a Rufino Blanco Fombona con unos falsos manuscritos de la época colonial hallados en una borrosa biblioteca en España. Para ese tiempo Blanco Fombona dirigía la Editorial América, la cual se encargaba de editar textos históricos. Coronado urgido por el hambre entretejió la triquiñuela. Blanco Fombona indignado buscó a Coronado para darle un buen escarmiento, pero esté, conociendo el carácter de malas pulgas del escritor, y por temor a ser asesinado, huyó y Fombona no pudo darle su merecido. Para desquitarse publicó un libro de memorias que autor de la letra del Alma Llanera le había entregado para que lo editara con el seudónimo de Oliverio Castro Gómez. Por su puesto Fombona publicó las memorias, pero con el nombre de su autor como venganza. En el prólogo José Balza señala: “ Seguramente la anonimia con que Bolívar Coronado practicaba las agresiones personales, le permitió decir cosas en esas Memorias , que nunca hubiera tocado de ese modo si el libro hubiese sido publicado con su nombre. Nunca esperó la terrible reacción del ya harto Blanco Fombona”.
Coronado representa en el panorama de la literatura nacional una mancha, pero una mancha ingeniosa, descreída y desenfadada. Aunque era por esencia un escritor las 24 horas del día jamás se vio tentado por llevar a cabo una “gran obra” para colocarla en anaqueles. Publicó libros con desornado énfasis. A veces lo hacía para comer (como sus antologías de poetas hispanoamericanos) y otras por el sólo gusto de incomodar, de ser inoportuno como su biografía sobre Lenin. Su pasión y desdén por la literatura y toda su parafernalia de inmortalidad, premios y posteridad son caras de una misma moneda. Balza acota: “Él es superior en cuanto realizó, pero a la vez la obra (ajena) concebida por él desborda su realidad. Estamos ante un monstruo del ingenio, del desdoblamiento, de la transfusión entre lo concreto y la ficción, ante una mente sin fronteras éticas ni estéticas, porque todas las rutas le podían pertenecer. (…) su práctica de la infidencia, de la amistad falsa, de la percepción despiadada acerca del país y sus políticos, rasgos estos que también lo definen, se convierten en motivo visible o subterráneo para que él sea, asimismo, olvidado, exiliado, despreciado”.
“Memorias de un semibárbaro” es apenas un boceto de la personalidad de Coronado. Libro escrito en al vuelo de la inmediatez no exento de humor, pleno de picaresca y peripecias. Esta edición tiene como aditivo la zarzuela “Alma llanera”, en la se encuentra la letra de nuestro segundo himno nacional quizá el único pecado del que siempre se arrepintió ese gran zángano que fue Rafael Bolívar Coronado, nuestro espejo y karma. |