Franklin Fernández

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Teoría de las Despedidas, de Guillermo Cerceau
José Carlos De Nóbrega

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King of California: El sabor del buen cine independiente
Fernanda Bargach-Mitre

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DESAFÍO Y HUMOR EN LOS
POEMAS-OBJETO
DE FRANKLIN FERNÁNDEZ

Gustavo Pereira

Invitado(a)
Isabel Allende

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Lecciones de dibujo
Antonio Muñoz Molina

El poseído y su demonio
Rodrigo Fresán

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EL ANGUSTIARIO DE WILFREDO VELÁSQUEZ
Teresa Coraspe

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ORLANDO CHIRINOS
Marisol Pradas


Ensayo
La literatura como espejo
Carlos Yusti

EL ropaje de la piel
juan Guerrero

Poesía
Poética residual
Franklin Fernández

POEMAS DE Morelva Oropeza



 

Poética Residual

Franklin Fernández.

(Inéditos).

 

Dado que es necesario mirar más, las cosas despiertan en la noche.

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“La vista: sentido de exterioridad”. Roger Munier. La ceguera: sentido de interioridad, es decir; de conocimiento.

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Las cosas, a ciegas, murmullan entre sí. Y al silencio parece gustarle.

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La ceguera es saber, de algún modo es saber. El que no ve, sabe.

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Sólo vemos el mundo allí, en la oscuridad del mundo.

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Un ciego interroga la noche porque la noche es ciega. Y es más antigua.

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Un ciego que vigile la luz y vigile la sombra. Un ciego que vigile a otro ciego.

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Sólo hay "paisaje" en el paisaje que se deja ver. Y en última instancia, en el paisaje que se esconde en ti.

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Sólo la inminencia de la mirada permite otra mirada.

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Lo ciego, para dejarse ver, nos ofrece el sentido de la noche.

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Hacemos del mundo un tacto. La mano del ciego es el contacto.

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Un ciego pasa. Toca de modo absoluto su realidad. Y yo lo miro, lo palpo desde lejos.

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La mano solicita su destino. Mendiga si es necesario.

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Las cosas me tocan desde lejos, no desde cerca.

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El bastón, en alguna parte, toca el fondo de la noche. Y el ciego apoya allí sus pensamientos.

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La mano toca, palpa, acaricia… No trata de obstruirse.

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Es importante escuchar el mensaje entre la vista y el tacto.

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El ciego deshace el lugar. Pero las cosas continúan allí.

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Ninguna cosa es visible. Aquello que se muestra, sencillamente no es.

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¿Por qué temes a la muerte, por qué le temes? ¿Por qué le temes a aquello que está muerto en ti?

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Todo aullido es un canto. Quizá un llanto, quizá un gemido. Ese gemido tiene el tono del hombre.

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Esta tarde hablo solo. Hablo sólo de mí, conmigo. Hablo con él como si fuera otro. Como si fuera alguien más, como si fuera alguien, como si fuera…

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El hombre que va, ya no es el mismo que viene. Ya no es el mismo cuando regresa. Cuanto ha venido de él, se ha ido en él…

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¿Qué me habita? ¿Qué es aquello que me habita que no me responde, qué no me llama?

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El tacto es necesario. Sí, hasta para los guantes.

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El agua se moja en las rocas. No son las rocas las que se mojan en el agua.

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La lluvia canta. Se moja y canta.

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La lluvia cae como el cristal más puro, como la piel más dura en transparencia de agua...

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Escribo para saber quién soy. Para saber quién es ese alguien que habita en mí. Para saber quién es ese alguien que no conozco.