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El estilo masculino de Francisco Umbral
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Francisco Umbral, el subalterno genial.
Carlos Yusti
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Mi compañera de clase
"El poeta ha comenzado a escribir versos en el sobre de una carta que ha recibido."
Rainer María Rilke
Mira tras de él, escucha el canto, no logra reconocerlo, sin embargo, continua caminando. Vuelve la mirada, para saber sí aún ese sonido era real o su mente le estaba jugando una mala pasada. No logra descifrar nada, sólo, el viento acariciando su rostro, como nublándole los ojos de la sombra que apenas se diluye a pocos metros de un viejo parque. Mientras entra por la puerta casi por caerse, pero tan suavemente aquella pequeña mano se desliza entre el polvo y el monte ya crecido para sentarse al lado de un niño que tocaba esa extraña música fundiéndose con las avenencias de la naturaleza. Parecía seguirlo desde que salió de su casa, aún no comprende el por qué le atrae sabiendo lo tarde para comenzar sus labores en los olivos de su padre. El viento le sacude de nuevo el rostro, regresándolo hacia donde se introduce la nube, sin darse cuenta está más cerca, dejando atrás la mirada, entra en la sombra, escarbando la edad de aquella niña, tan delicada, tan pequeña, que parece sobresalir de todo cuando se levanta y le da una ojeada fijamente mostrándole una mariposa entre sus manos. Está sin un ala, -me dice- y la voy a curar. Ella volará, ella sabe que yo soy y estoy, ¿recuerda? Caminaba hacia el parque de mano de mi compañera de la escuela. Ella me había propuesto enseñarme el rincón de los espejos, pero creí que estaba loca y quería comprobarlo para decírselos a todos, que los cuentos asombrosos no existen, sólo ella estaba loca. Extraña niña, me dije, pero fui y aquí estoy con ella sin saber por qué y para qué. Cuando llegamos al parque, señaló un espacio donde estaban tres árboles, en forma de triángulo, cuando lo vi un sentimiento tranquilo empapó mi cuerpo, ya conocía esa fuerza de vivir en otro lugar sin conocerlo, sino por sus cuentos: Tres árboles gigantes se besan en el cielo, pueden hacerlo aunque no me crean se besan hasta tocar la mano de Dios. Ahora lo veo, y comprendo su forma de decirlo. La niña, comenzó a mirar hacía una palmera, una gigante palmera, diciéndome, pronto va a caer una de esas gigantes hojas y nadie se enterará, está amarillenta y pronto llegará su tiempo de transformarse en abono para volver a ser hoja o la hermana de la palma grande como el ojo de Dios. Cuando caiga su sonido será distinto a las otras que he visto caer porque ella es alma, y no muere, es caer solamente, volverse temblor, sentir el frío del viento que viene pronto. Siéntelo, está a punto de suceder y nadie sino tu y yo lo sabremos. Comencé a mirar la gran hoja, todo allí tenía sentido, deseaba saber dónde quedaba el rincón de sus espejos. De pronto sentí, desplomarme, hundirme en un gran silencio, tan crecido, mientras esperaba sentado el sonido de su silencio. Todo parecía gozar con lo sensible del sólo abrigar las nubes que se rodaban anunciando la llegada del viento. Allí está el viento, de a poco, soplando, la hoja temblaba y yo también, sentí tanto miedo, creciendo con el viento, más fuerte, más recio, y la hoja, aún estaba arriba, tratando de no caer, y caer era la función yo ya estaba en el suelo con el primer soplo, mientras mi compañera del colegio era la hoja, soportaba todo hasta el final del ritual, purificándola dentro de aquel parque. Estaba tan quieta, y sonreía, para mi asombro, yo ya estaba en el suelo, mientras ella, sostenía a la hoja de palma un poco más, ya no aguantaba, yo estaba en el suelo, escuchando el sonido de la caída y ella, sostenida, charlaba con el viento, le gritaba, más fuerte más fuerte, es tu misión. No logré comprender, si era la voz de mi compañera o de la hoja ya en el suelo, abriendo el monte lentamente volviéndose alfombra dentro de el. Todo pasó, en una tarde, me regaló la manzana que le dio su abuela para la maestra diciéndole, dásela que Santa Bárbara como amansa al trueno la amasará con su fruto preferido. Me dio temor comerla; sonriendo dijo, no se preocupe, ni le pasará nada. Luego se levantó, me pidió que la esperase, regreso pronto voy al riachuelo a buscar agua muy fresca, así no se le seca la garganta, aunque sé que una manzana puede ser tan jugosa como el río hecho suelo. Me quedé sentado, mirando el espejo de su reflejo, la palma, el sonido, la búsqueda de una palabra nueva, mientras caminaba entre la maleza sin miedo, en busca de agua, deseaba que me sintiera bien, lo presentía, lo sentía, ella lo deseaba… ahora lo recuerdo, ahora lo recuerdo. Tardó un espacio, como ella lo expresa, la vi llegar muy alegre, reverdecida, bañada por la tenue luz entre los árboles donde estoy sintiendo el mundo entre mis manos, cual agua suave toma del color de lo alto en su reflejo. Se sentó a mi lado, me dijo que pronto tendríamos compañía, mientras abre el pequeño cuaderno, que dejó allí, sin ser visto por mí. El viento continuaba soplando, sentía que podía romper todo aquél parque en un instante, como el espejo de rostro de mi compañera de clase con su mirada sobre la aquella página blanca, tornándose color en palabras. Me señaló, con su pequeña mano, algo que venía moviéndose, entre tonos azules, floreció una gran mariposa, me dijo le curé el ala, casi se suicida en el riachuelo, cuando llegué. Bueno le cuento, ella es la madre de la danza, como dicen los chamanes -que en sus alas lleven el cambio- yo no podía dejarla ir sin dar su última danza. Tomé un sorbo de agua que trajo entre hojas tejidas de la palma. Todo tenía un sentido, estando allí, era vivir, era ser dueño del espacio porque se escucha todo hasta como beben el agua los árboles desde el fondo de la tierra, todo tenía un sentido, pero la magia era irreal para cuando saliéramos del parque, el rincón de su espejo. La mariposa comenzó a danzar invitándonos a formar parte de la alfombra de gemelas alas hasta el último instante, cayendo la tarde sobre los hombros del parque, sobre el viento tibio, juntando visiones de todos los espacios, entre aquellas pequeñas horas, dentro del cuaderno de mi compañera de clase. Aunque en aquel entonces, era su parque, he vuelto con el sonido de aquellos tiempos, tratando de olvidar sus cartas, su risa, a través de un espejo que nos acercaba. Ahora, soy de nuevo yo el que les dice “yo soy y estoy”, sabiendo lo de mi tardanza, pero hoy le dedico este regreso de hojas encontradas saludando al mismo parque, floreciendo con palabras reunidas en los colores de la tarde, hasta llegar a la infancia. Ella es reflejo del espejo donde se mira. Hoy doy su aliento, mientras, ella, abraza uno de los árboles, mirándome, riéndose, expresándome, el rincón del espejo es tuyo, está donde debe, donde tú estás. Ahora danza, dentro de azul penetrante de resucitada ala, retorna la forma de la sombra con sus pequeñas manos que me escriben: no pierdas el horizonte que te guía cruzando el rincón de tu espejo.
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