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Hoguera y asombro de lector
Los buenos ensayistas se reconocen por ser excelentes lectores y aquel tópico de Borges (“Me ufano más de los libros leídos que de los escritos”) les viene a la perfección. Fernando Baéz es un extraordinario lector, y su libro “La hoguera de los intelectuales” es una reafirmación de su solitaria condición de lector, o como él lo escribe en las páginas iniciales de su libro: “El presente libro no constituye, a saber, prueba de nada. No escribo sino para darle un sentido digno a mi soledad. Escribo para que la muerte no tenga la última palabra”. Quizá se lea para atenuar el acoso de los días. Se lee para no espantar la soledad que se acumula en los rincones como tiempo o como polvo. Hay hogueras a las que el escritor se enfrenta por sólo el hecho de pasar en limpio los vaivenes de la existencia. El libro de Báez compila un conjunto de cortos ensayos (algunos prescindibles) cuyo hilo conductor sería los periplos de asombro de un lector que emprende esa peculiar travesía a través de la literatura. Por supuesto, dicha travesía repara momentos extraños y memorables. Baéz anota esos momentos y así surge la paradójica nota en la cual muchos intelectuales (y sin duda escritores de libros) son los más grandes enemigos de los libros. Baéz verifica la especie con ejemplos. George Steiner asegura: “Los que queman los libros, los que expulsan y asesinan a los poetas, saben exactamente lo que hacen. El poder indeterminado de los libros es incalculable. Es indeterminado precisamente porque el mismo libro, la misma página, puede tener efectos totalmente dispares sobre sus lectores”. El libro “La hoguera de los intelectuales” obtuvo el premio Nacional de Cultura, lo que avala su calidad y variada temática que va desde Raymond Chaldler, pasando por los ensayos de Stevenson, Hemingway, Paul Auster hasta los insultos entre escritores. Libro que descubre la geografía de la curiosidad de un avispado lector. En los ensayos, Báez descubre esa otra moneda de la literatura, esa otra realidad a veces menos libresca y más trágica de lo que aparenta. Quemar libros es una manera de hacer arder la memoria. El olvido es el mejor aliado de los exabruptos del poder sea político o eclesiástico. Escribir es a la larga un desquite con esos dislates que a veces comete el hombre en nombre de la pureza racial, religiosa o étnica. Leer es un pacto secreto con la imaginación creativa que es a la larga es más difícil que cualquier acto destructivo.
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