|
Portada
Libros
Hoguera y asombro de lector
Biblioteca Ayacucho Digital
UN VIENTO DE LITERATURA PROFUNDA
Cine
La trilogía de Bourne: Cierre con broche de oro
Fernanda Bargach-Mitre
Narrativa
Mi compañera de clase
Milagro Haack
Arte
Eduardo Díaz
Franklin Fernández
Invitado
Graham Greene
Desde la red
Los libros y los amigos
Peter Mayer
Ojo de buho
POEMAS DE MARIA GABRIELA ABEAL
Entrevista
Francisco Arévalo
Marcos David Valverde
"El silencio también es parte de la obra"
________
Gabriel Jiménez Emán
"Soy un fabulador y un artesano de las palabras"
Alberto José Pérez
_______
Ensayo
EL TERRITORIO DE LOS LIBROS
Carlos Yusti
ALLÍ, DONDE MORA EL SILENCIO
juan Guerrero
Opinión
El estilo masculino de Francisco Umbral
Justo Serna
* * *
Francisco Umbral, el subalterno genial.
Carlos Yusti
|
|
ALLÍ, DONDE MORA EL SILENCIO
a Ingrid Melizan
Dormir acunado en mis manos
mientras el mar resuena en los caracoles.
Adriana Cabrera. Los nombres silenciosos.
Habitante oculto en los caracoles, la voz antigua y exacta de Adriana Cabrera (Cumaná, 1969) se desliza en la piel poética sobre un discurrir de imágenes, donde el habitante es distante y a veces aparece desde la lejanía helénica a través de la hendidura de una cerradura que aguarda esa “llave de nácar” donde resplandece el silencio de una voz que se hace edad, sueño y anhelo.
El cuerpo poético en su libro Los Nombres Silenciosos (Premio Esta Tierra de Gracia, 1994) se presenta en dos partes, dos voces que, aún y siendo disímiles, participan de una misma experiencia poética, simulando una misma voz que se estructura en un contarse a sí mismo la historia de instantes que aparecen marcados en la cuadratura de una tónica escritural consonántica, que agrega movimiento al discurso poético: es una épica de la intimidad.
En ello los personajes aludidos y venidos de la historia troyana participan en la intimidad de la voz poética que entrelaza sus vidas en la quietud del reposo a la orilla del mar o mientras bogan las naves buscando el reposo en una isla distante y sola. Y ese entrelazamiento de lejanas vidas se logra merced a una voz oculta que hilvana, como hilo de Ariadna, en la espesura de las horas, los espacios que se eternizan, se vuelven presente, “yllo témpore”, y entonces participan del festín de la vida plena, esa que colma mientras discurren secuencias de sensaciones, como olores, miradas furtivas y esplendores que desembocan quizá en la finitud de la vida. Esa marca humana que nos acerca al Hades. Dice así la escritura poética de Cabrera: “La mujer sentada a la orilla del mar / rogó una y otra vez / que volvieran tus naves / con las velas izadas contra el brillo cansado / del agua. / Que desaparecieran así / las visiones antiguas de tu rostro en la playa.” Lo silente habita el texto poético en la escritura de Adriana Cabrera, también la nostalgia de otras orillas, brisa salobre que aclara y colma la sed de un lugar, de una patria que fue. Allí habitan sombras perdidas con historias entrelazadas junto a claroscuros y velas izadas de naves que no van a ninguna parte de tanto navegar por el mar interior de la vida. Allí, sólo el caracol protege la vida de una silueta que acompasadamente reposa protegida, mientras duerme acunada en sus manos. Quizá en su sueño habita la isla que resplandece en la mirada turquesa donde ahora el héroe la busca y no la encuentra. “Mi vida se ha suspendido en el momento justo / antes de la floración. / Y mi cabeza de alfiler reposa, / inmóvil, graciosa y atormentada / sobre mis manos. / ¿Podré salir del sueño que me expone / a la boca de los perros? / ¿Podré eyacular hoy? / ¿No se vendrá, pájaro muerto, sobre la mano? / ¿Y esta mano sabrá del corazón que la mueve? / Mi boca de pez brilla como un aro de saliva. / ¿Será hermoso, sinceramente, / el espectáculo de la naturaleza en floración?. / Duermo y mientras duermo / la vegetación seguirá sin mí. / Qué secos crecieron los frutos este año / y qué pequeños. / Otro será el tiempo del reposo. / Dormir acunado en mis manos / mientras el mar resuena en los caracoles. “ La fertilidad antigua es un mito donde el hombre abría surcos en la tierra mientras danzaba en ditirámbicas cadencias hasta eyacular la tierra para fertilizar la semilla, y esa simiente es la voz que se aproxima, que roza en su exacta medida las orillas de un sentimiento de vidas que apenas se tocan las puntas de los dedos y se distancian, se embarcan en las naves e izan velas para un siempre partir. “De regreso a mi isla / con una camisa de punto / sobre el desierto del pecho, / avancé hacia mi colina, / en la que se me prometían una voz y unos / labios. / Tal así he bebido, / de tarde en tarde, / la vanidad del tiempo.” Sensualidad de un discurso poético el presentado en esta obra donde la autora renueva una voz particular, lograda en ritmo y musicalidad que alarga los instantes de una renovada y deslumbrante alquimia poética .
|