|
VIDA TRASPAPELADA
Carlos YUSTI
“Amada imaginación, lo que más amo en ti es que jamás perdonas”
André Breton
Como buen lector tiendo a traspapelar la vida con literatura y viceversa. Pero esto le ocurre con frecuencia a buena porción de escritores. Cuenta Cortázar que paseando por San Francisco al pasar frente a cine lee el titulo de una película recién estrenada protagonizada por Glenda Jackson, titulada Hopscotch, que es la traducción al inglés de la palabra rayuela. Cortázar acababa de publicar un libro de cuentos titulado Queremos tanto a Glenda. En el relato que da titulo al libro un grupo de Fans asesina a su actriz preferida Glenda Garson. En la película Hopscotch, Glenda Jackson ayuda a un viejo escritor a escapar de la CIA y la KGB que finge ser asesinado y al final escribe un libro titula Rayuela en el cual denuncia los manejos sucios tanto de la CIA como de la KGB. Cortázar entra a ver la película, pésima por lo demás, y el azar de la ficción mueve sus engranajes. Lo interesante es estos hechos fortuitos le sirvieron al escritor argentino como materia prima para otro cuento, “Botella al mar” en el que escribe: "En el cuento que acaba de salir en México yo la maté simbólicamente, Glenda Jackson, y en esta película usted colabora en la eliminación igualmente simbólica del autor de Hopscotch".
Algunos amigos escritores traspapelan en sus cuentos y novelas a personas reales disfrazando un poco los nombres y subrayando sus características. Así Orlando Chririnos escribe del poeta Burguillos para referirse a José Joaquín Burgos. Francisco Arévalo en su novela “La esquizofrenia de las golondrinas” mete al pintor Luis Bellorín y una larga nónima de personajes cotidianos que se traspapelan con sus fantasmas y obsesiones de noctívago. Dante llevó a su infierno literario a todos sus enemigos reales. Kafka basó su novela “El Proceso” en un juicio que le realizó la familia de Felice Bauer por romper su compromiso matrimonial. Toda esa reunión absurda de señalamientos y recriminaciones llevada a cabo en un hotel le sirve a Kafka para pergeñar una novela plagada de ambigüedades, de situaciones extrañas y absurdas.
Borges que a primera luces parece ser un escritor hecho de libros y lecturas también traspapeló en sus poemas y cuentos algo de su vida o más bien la vida de ese otro que actuaba, decía impertinencias y recibía condecoraciones de dictadores. De ese otro Borges que le escamoteó el Nobel al Borges pausado que fue bibliotecario e inspector de aves de corral.
La escritora María Narea me relató que escribía una novela basada en la vida de una amiga. En el trayecto de la escritura el personaje se liberó y actuaba de manera anárquica y su vida se tensaba en muchos conflictos que incluso su creadora pensó en suicidarla o algo peor. En esa decisión crucial se bloqueo y dejó la novela hasta que la musa retornara a escena. Un día la amiga, que le había servido de conejillo de indias para su novela de ficción, le dispensó una visita de tres días en la cual le contó todas sus tribulaciones existenciales que por casualidad poseían marcadas similitudes con lo que había escrito. Luego de eso María no ha querido volver a tocar dicha novela y reposa en una gaveta devorada por las sombras y el olvido.
Algo semejante, con algunas modulaciones, le ha pasado al escritor Juan José Millás, a quien una universidad le pidió el inició de una novela para que los estudiantes la completaran a través de Internet. Millás escribió sobre un hombre que habita en Madrid, detrás del edificio de la Telefónica, en la cual había transcurrido su vida laboral. Ahora jubilado y viudo con dos hijas, una en Alemania y otra en Inglaterra, se dedicaba a observar un armario en el que atesora cientos de pequeña pastillas de jabón de hotel, frascos de champú, toallitas para los zapatos, cepillos de dientes y pequeños tubos de pasta dentífrica. La ventana del salón de su casa miraba a una calle repleta de prostitutas y pasaba horas observando todos sus movimientos. Millás envió el texto y luego no supo nada más del proyecto, pero escribe que a veces se despierta y aparece el sujeto (sin nombre) que vive detrás del edificio de la Telefónica. No le dice nada y solo se está allí mirándolo como en un limbo sin que en su vida pase algo trascendental y quizá por eso escribe: “Si no eres capaz de sacar adelante a un personaje, no lo crees. Quizá debería llamarle su hija, la de Alemania, y comunicarle, no sé, que está embarazada. O la de Inglaterra, para pedirle algo de dinero, pues se ha quedado sin trabajo. Ya no puedo dejar de imaginar salidas para él, unas de carácter dramático; otras felices, aunque no muy felices, la verdad, no parece un hombre especialmente dotado para la dicha. Por si alguien tenía interés en saberlo, de este modo angustioso se construye una novela. De este modo se escribe la vida”.
A Dixon Moya, escritor y diplomático colombiano, le sucedió que escribió un texto sobre el Kaliman trasmitido por radio mientras yo hacía lo propio con Martín Valiente o como Moya escribe: “Durante la preparación del texto luego de escribir varios párrafos del mismo, descubrí que el escritor venezolano Carlos Yusti, publicó una nota titulada: "Un héroe de radio", en la cual alude al recuerdo de su barrio de juventud, en especial a un amigo que era fanático del personaje radial llamado "Martín Valiente, el ahijado de la muerte" (si mal no recuerdo en la radio colombiana se presentó como "José el Valiente"). Me parece justo reseñar el texto de Yusti (el cual recomiendo por su carga poética), porque me alegra descubrir que dos personas puedan coincidir en una temática.”
La vida (¿o la literatura?) están llenas de coincidencias felices o atroces. He disfrutado, no sin asombro, cuando Don Quijote pasa por una imprenta y hojea el libro que condensa su historia. Desde ese momento el lector tiene una visión de la literatura a futuro e intuye que ya ha dejado de ser esa subalterna condición de distracción para asumir la complicada tarea de borrar los linderos de lo real y lo ficticio hasta convertirse en una apuesta por la vida con todo su inefable y desgarrada poética.
Leer más que confundirte te aclara sobre esa línea que separa la metáfora de la realidad, sobre ese momento justo en el cual la vida es el comodín esencial de la literatura. También sirve para tener claro que después de leerse todos los libros hay que inyectarse la vida por todos los sentidos y entender de una vez por todas que el arte de la escritura es un traspapelar la vida, los sueños, nuestros odios, prejuicios y demás aquelarres existencias en un párrafo, en una frase que enriquezca la realidad y permita que la imaginación tome su revancha sin perdonar nada.
|