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Un testimonio
Por Víctor Guédez*.
Franklin Fernández asume sus vuelos intelectuales apoyado sobre dos alas: la formulación de imágenes verbales que se corporizan en aforismos y la resolución de metáforas plásticas que se solventan en objetos anfibológicos. Pero, lo interesante es que, entre las dos dimensiones, afloran desenlaces lacónicos que resuenan con amplia contundencia y con envolvente seducción.
Él no esconde sus referencias ni disimula sus inspiraciones. Por el contrario, las deja ver con la intención de subrayar elogios y reconocimientos a quienes pautan sus indagaciones. En el caso de los aforismos, muestra la deuda con Cioran y se presiente la derivación de Porchia. Asimismo, en materia de sus objetos las asociaciones con Brossa y Madoz quedan registradas con transparencia y respecto. Sin embargo, esas influencias se distinguen de cualquier “apropiacionismo” y, más bien, se anidan en fecunda, elevada y honesta actividad creadora.
Podríamos decir que el aporte de Franklin Fernández se orienta hacia la suprema ruptura de cualquier maniqueísmo. Disfruta del encuentro que surge por encima de lo que aparentemente es contrario. Este encuentro, por supuesto, siempre resulta extraño porque representa ir más allá de los originales usos convencionales de las cosas y de los significados prísmicos de las palabras. Sus “fragmentos imprecisos” , así como sus objetos, son síntesis que, en lugar de superar los extremos, promueven convivencias armónicas. Estos alcances actúan más como sugestión que como alienación. Por eso los resultados convocan y motivan, en lugar de confundir o complicar. Liberan, a buena distancia de cualquier molde, y terminan por actuar como acertijos que reclaman sucesivas interpretaciones hasta que el entendimiento encuentra un desenlace comprensivo.
Sus afirmaciones (verbales) y sus realizaciones (plásticas) primero desafían, luego muestran, y después envuelven. En el orden de esta secuencia procede una integración de la razón (que cierra verbalmente una idea o que concluye plásticamente la resolución) de la intuición (que lleva la imaginación hasta donde más no se puede), y de la emoción (que asegura la pasión de un compromiso). A partir de este entrevero se concreta la presencia sorpresiva y persuasiva de una obra que no pretende reproducir ni representar algo. Sólo persigue un nuevo reordenamiento en donde lo irreconciliable se relativiza. Hay quizá un fondo determinante: el rechazo de la autosuficiencia que se pretende con el uso original de los objetos o con la congelación de los significados prístinos de las palabras. De esta manera, el lector en un caso y el espectador en el otro, quedan sintonizados con la esquirla de una idea autobiográfica que procede de una fecundación pero que genera nuevas fecundaciones. Cada obra pasa a ser, entonces, un fragmento subrayado de un discurso más extenso, en donde el creador invita a una necesaria reflexión y a una fructífera completación.
*Victor Guédez. Ensayista, crítico de arte, profesor universitario. |