POEMAS de JUAN GUERRERO

 

bendiciones

 

me dices que conservas la costumbre de bendecir los alimentos

tal vez hasta me invitas a tu mesa
mientras en silencio
elevas rezos de oración a nuestro dios

dices también que no hay más tardes ni madrugadas
para dejar entre el rostro
mi nombre ni mi sombra -ya sacaste todas las lágrimas
y yo sentado en el bar venezuela
contemplo el rostro ausente de esta meretriz de segunda
sin sentimiento ni expresión

tal vez sea esta diluida sombra entre los labios
mojados de cerveza
tal vez este olor a cigarro y este kareoke trasnochado
lo que me hace pensar en ti

río distraídamente mientras mi amigo conversa
con la mujer de azabache cabellera
le cuenta su nostalgia
y yo recobro el beso que te dibujé la primera vez

efímero

apenas dado al borde de tus labios
sé que hay otros destinos
sé que existen otros días con sus noches
sé también que amas los días lluviosos

y la tarde cae delicadamente entre bostezos

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píritu

 

 

 

alcanzar la esquina de tu nombre

frente al mar
donde la certidumbre de tu delgado cuerpo ama
tus dedos largos y lejanos
que se acercan a mis labios
mirada envolvente mientras el humo
que sale de tu boca
deja atrás tanto pasado

me hablas de esa santa que viste en la niñez
la madre ausente que duele en la carne

sentados en la arena
entrelazándonos
dejamos la piel húmeda en la habitación del hotel

esplendorosamente

esa voz que me nutre en tu santísima trinidad

ahora hay sombra y desvelo
tu nombre en letra dormida
que se acunó en un libro antiguo
de alma y papel

meteora

para maría josefina de la santísima trinidad

 

viví confinado en un monasterio de piedra

y silencio

oscuro

donde todo era del color de la noche

aún por la mañana

a nadie vi del pueblo abajo

 

al mediodía

mis hermanos de oración dejaban caer

las cuerdas

por donde otros enviaban frutas silvestres

carnes

aceites de oliva y encomiendas

 

de tarde mis hermanos de oración

abrían los lienzos y retablos

para dar forma a los íconos

entre colores de oro y rostros fijos y melancólicos

 

me acostumbré a ver siempre el suelo

la piedra lustrosa de la celda

la húmeda pared del rezo

y el suplicio

 

nunca conocí a mi madre

apenas la sombra de quienes alimentaron mi niñez

mi única alegría siempre fue la hora del ángelus

tiempo efímero donde los ángeles escuchan

el canto gregoriano que aprendí de niño

siempre me sedujo la mirada desde el campanario

mientras escuchaba el sonido de bronce

mis ojos

contemplaban la llanura de tesalia

esa tan lejana tierra de mis ancestros

tan majestuosa y silente

 

a dónde se han ido todos a dónde mi tiempo

a dónde los rezos de mis hermanos

 

qué dios escuchará los ruegos de mi abandono

entenderá mi silencio mi ternura

 

ciudad de entre ríos, madrugada del día ocho del noveno mes, del año dos mil seis

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regalos

 

quédate con los colores y mis palabras
mañaneras
los despertares del café
el desayuno a tu cama

quédate con el día del parque
entre aguas quietas y peces saltarines
déjame el temor de pasar el angosto puente
ese silencio tuyo
la mirada aquietada en su esplendor
mientras las aguas corrían río abajo
y temblabas de emoción
-ese único momento de felicidad verdadera de tu vida

quédate con la sombra de la extraña enredadera
-guapa
que crece hacia abajo
con sus diminutas flores blancas
y redondas

quédate con el olor de agua de rosas
tan semejante a tu hogar ancestral
las canciones y los mensajes de correo

déjame la tristeza de tu mirada ausente
el humo de tu cigarrillo
los nombres de tus gatos
de tus perros
déjame en fin
el sabor del chocolate en tu sexo
el amor del ron entre tus labios

en los remolinos del caroní
quedaron otros regalos
grabados en medio de un anillo
que nunca te di

 

ciudad de entre ríos, día dos del noveno mes de dos mil seis. dos veinticinco de la madrugada.

derechos reservados a camilo de asís, © 2006

 

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