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EL LIBRO QUE VIENE
Carlos YUSTI
La historia del libro siempre ha estado vinculada, de alguna manera, a la invención de la escritura y al soporte en el cual se escribe.
El primer soporte que el hombre utilizó fue la pared de la caverna. Trazó dibujos descriptivos de su entorno natural: bisontes, jirafas, escenas de cacería y plantas. Así mismo empleó la superficie de grandes rocas para trazar signos más simplificados(petroglifos) que daban cuenta de su capacidad de abstracción. A todos esos rudimentarios inicios de la escritura hay que agregar la búsqueda de superficies más prácticas y más dúctiles para facilitar el trazado.
Así luego de mucho tiempo se idearon tablillas de arcilla fresca para estampar lo que se conoce como escritura cuneiforme. De las tablillas se pasó a un invento egipcio revolucionario: el papiro. En la Antigüedad en las ciénagas que dejaban las inundaciones del Nilo se daba con profusión la planta cyperus papyrus. Plinio el viejo asegura que de la planta se extraían tiras que eran colocadas unas al lado de las otras sobre una tabla. A esta primera capa se superponía otra serie de tiras más cortas, perpendiculares a las primeras. Luego se procedía a presionar las tiras con una plancha y se obtenía así una materia compacta. Después era colocada al sol. Ya secas se pulían con piedra pómez hasta obtener una superficie lisa y suave. Las hojas resultantes tenían un espesor de una décima de milímetro. Era flexible al extremo que podía doblarse y enrollarse. Por otro lado tenía la facultad de absorber muy bien la tinta.
El formato de rollo de papiro reinó tres extensos milenios y alrededor de uno en la cultura clásica. El rollo de papiro tenía sus cualidades como soporte de la escritura: era agradable al tacto, no era pesado y podía llevarse a cualquier lado con suma facilidad. Pero comenzó a ser poco práctico a las nuevas exigencias culturales. En primer lugar estaba el deterioro a consecuencia del uso, las polillas, la humedad y el paso del tiempo. Sin mencionar el inconveniente que se presentaba si cualquiera necesitaba buscar un pasaje determinado debido a las muchas versiones que de un mismo texto se realizaban. También estaba la incomodidad para manipular los rollos.
A todas estas en la china se inventaba el papel. Este nuevo soporte para la escritura permitiría un avance insospechado en la cultura que se desembocaría en la elaboración del códice.
La aparición del códice, varias hojas de pergaminos plegados entre si, unidos con hilo, y compuesto en muchos casos por varios cuadernos, o quaderni; constituyó un enorme adelanto.
El impacto del códice fue paulatino, pero decisivo en cuanto al cambio entre la obra y su formato, entre el nuevo objeto cultural y sus consumidores. El códice barrió todos los esquemas culturales de antaño hasta concluir en el libro tal como lo conocemos hoy día.
El códice supuso una ventaja cuantitativa en lo que respecta a extensión de una obra. Mientras una obra determinada se distribuía en varios rollos en el códice podían entrar perfectamente varias obras a la vez. Todo esto supuso una revaloración de la escritura y un ordenamiento de las obras en lo que se refiere a la estructura: dividirla en capítulos o materia, proporcionarle un índice, crear apéndices, pie de páginas, bibliografía, etc.
Hoy con la aparición de las computadoras y el Internet la escritura tiene un nuevo soporte. Ya se están dando los primeros pasos para la creación del libro electrónico (e-book como se le conoce en inglés). Todo esto presagia desde ya un cambio drástico en nuestra relación con la lectura y la escritura. La sustitución, en un futuro no muy lejano, de los diferentes soportes impresos que conocemos en la actualidad: libros, revistas y periódicos, por sus homólogos electrónicos nos sitúa ya en el futuro.
Pero como ha sucedido en el pasado este cambio no será de un solo golpe, sino que vendrá en oleadas. Por un tiempo gozaremos de la coexistencia de textos manuscritos en papel e impresos electrónicos. Por bastante tiempo los ratones de biblioteca iremos programando con los internautas los nuevos paradigmas, tanto de la lectura como de la estructura de los libros electrónicos.
La generación del impreso en papel será sustituida por la generación hard (o de la computadora). Todavía estamos bastante apegados a leer sobre el papel. Muchos todavía estamos sacudidos por ese placer secreto que existe cuando se entra en contacto con las hojas y el olor de la tinta. Hemos adquiridos hábitos y manías a la hora de leer: doblar la página, subrayar el párrafo que nos parece meritorio, escribir al margen una observación falaz o exquisita, llevarnos el libro a cualquier lugar, construir bibliotecas particulares como trincheras( o sutiles refugios para encontrar soledad y sosiego) y sobre todo tener al libro como un objeto estimable, como un símbolo inequívoco de civilización e inteligencia. El futuro que se avecina de seguro será distinto. En las casas ya no habrá anaqueles, sino pequeños portacd. Las grandes bibliotecas públicas serán silenciosos museos del escrito impreso donde unos pocos se aventuran porque la vida y el movimiento se encuentran en su nuevo anexo lleno de computadoras y adminículos digitales. No sin cierta nostalgia ha escrito Juan Manuel Prada: “La voluptuosidad secreta del libro, ese simulacro de felicidad que entabla con su poseedor, jamás será igualada por una pantalla o armatoste que nos achicharra las pestañas de rayos catódicos. Parafraseando cierto mensaje publicitario que promociona automóviles, podríamos decir que no es lo mismo leer (abrigados por el tacto tibio y maleable de un libro) que leer (enganchados a la línea telefónica). No es lo mismo. Pero la imposición de la lectura electrónica nos reportará, al menos, algún beneficio espiritual. Desertarán de la lectura convencional los advenedizos, los que sólo buscan en los libros una impregnación cultural postiza. Y, al mismo tiempo, quizá empiecen a desaparecer de las librerías esos libracos con rótulos sobredorados que perpetran Stephen King y demás secuaces del best-seller. Quizá, incluso, con un poquito de suerte, la proliferación de lectores electrónicos haga insostenible el mantenimiento de esos hangares comerciales donde se expiden libros como si fuesen salchichas o condones, y vuelvan a resucitar las librerías polvorientas y heroicas, recoletas y sosegadas”.
No obstante no hay porque inquietarse el proceso de cambio será lento, no tanto como en otras oportunidades y es que a lo largo de la historia del libro(o la lectura) se puede constatar que las transformaciones en los hábitos requiere más tiempo de lo que la tecnología proyecta. Esa manera que tenemos de organizar los libros en la actualidad (dividido en capítulos, etc.) dará pasó a una nueva manera de organizar el texto electrónico. De igual modo esa costumbre de leer subrayando, tomando notas, verificando citas, escudriñando la bibliografía para conseguir temas relacionados también se verá afectado con el hipertexto ya que con un clic podremos realizar todo eso sin el engorroso tramite de extender varios libros a la vez sobre la mesa de la biblioteca o de nuestro estudio.
El avance electrónico de Internet( que se ha instituido en todo el globo) a diferencia de los impresos es menos asequible de lo que se cree. Sin una computadora y sin una conexión telefónica es imposible tener acceso a la información requerida. En tal sentido la brecha en cuanto a desigualdad se ensanchará bastante. A todo esto hay que sumarle que tipo de lector creará la lectura electrónica, que nuevo tipo de analfabeta funcional colmará la escena, no ya incapaz de leer y descifrar el sentido de un párrafo, sino de poseer los recursos en dinero para costearse el aparataje necesario para conectarse a las nuevos formas electrónicas de la escritura. En este punto parece obvio señalar que Internet apunta más al negocio que al romanticismo dieciochesco de la ilustración fomentada en su momento por la enseñanza gratuita y las bibliotecas públicas.
Las publicaciones electrónicas (libros, periódicos en línea y revistas virtuales) se convierten en algo novedoso no sólo por la rapidez con la cual se trasmite la información(independientemente del lugar donde se produzca), sino que el lector se hace participe directo. La literatura interactiva busca superar al autor y convertir la creación de literatura en un hecho colectivo. Si esto no se produce por incapacidad del lector o desidia, o falta de inspiración por decir menos, a este siempre le quedará la opción de emitir su opinión, a través de un correo electrónico, con los recursos lingüísticos y literarios de los que disponga; además la computadora corregirá de manera automática sus errores ortográficos y gramaticales y si es incapaz de organizar los pensamientos y las ideas en frases coherentes, todavía le queda el recurso del chat de discusión.
El impacto de las publicaciones electrónicas ya se deja sentir en cuanto al lenguaje que utilizamos (internauta, accesar, disco duro, web, chateo, navegación, email, red, hacker, comercio electrónico) De igual forma esa preocupación por citar la fuente que encontramos en la red ya ha encontrado alguna respuesta. Cecilia Mar ha facilitado con un documento en inglés una regla estándar para citar textos provenientes de Internet: “Sitios FTP(File Transfer Protocol, protocolo de transferencia de archivos): Para citar archivos obtenidos vía FTP. Coloque el nombre del autor(si se conoce), el título completo del material entre comillas, y la dirección completa FTP, incluyendo la ruta en la cual se encuentra el material, y la fecha de acceso. Por ejemplo: Brucman, Amy. “Approaches to Managing Deviant in virtualcommunites”.ftp://ftp.media.mit.iu/pubpsb/papers/deviance_ched94(41/12/94)”.
Las bibliotecas virtuales también comienzan a dar sus primeros pasos. En nuestro país Roberto Hernández Montoya ha ideado una biblioteca electrónica aleatoria que va más allá de la acumulación de textos completos. Su esquema es sencillo y consiste en recopilar en red cartas, manifiestos, documentos de toda índole, poemas, cuentos, ensayos y demás géneros menores y mayores. Su noción sobre este proyecto de biblioteca virtual y laberíntica es conciso: “no hay limite a lo que puede ser publicado. No hay limite por el volumen, no hay limite por lo ideológico, no hay limite por lo ‘conveniente'. El papel impone al libro su inercia y su costo. En electrones, en bits, el libro recibe una nueva libertad y una nueva ingravidez que promete más temprano que tarde aligerar su instalación en todas las inteligencias”.
Predecir los alcances de la escritura electrónica, cuando apenas estamos viendo la punta del iceberg, es aventurado. Lo que es seguro es que los cambios que se avecinan están al doblar de la esquina y quizás sentados al frente de nuestras computadoras somos las piezas imprescindibles para propiciar dichos cambios. Que el libro se transforme, pero que no cambie jamás ese indispensable gozo que proporciona la lectura.
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