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METARRELATO A LA MANERA DEL BESTIARIO
JOSÉ Carlos De Nóbrega
A Argenis Salazar .
Tomasso de Samotracia se sintió satisfecho al publicar su primer libro, una colección de cuentos dispersos durante su periplo intelectual en la ciudad de Valencia de San Desiderio. Creía firmemente haber inventado un nuevo género narrativo, muy a pesar de la presencia de Slavko Zupcic, Pedro Téllez y Carlos Yusti como los prevaricadores anarquistas: el minimalismo de las hablillas, variación postmoderna del artículo de costumbres. No quedaba otra, la perfecta valencianidad le obligaba a limitar su obra en tan mezquino ámbito; sería la tarjeta verde que lo establecería en el pináculo de la pirámide intelectual de la agangrenada ciudad. Sin embargo, se permitía ridiculizar en el aula de clase a autores como Salvador Garmendia, sin que el indiferente auditorio le replicara un ápice. El bautizo de la colección de cuentos se llevaría a cabo en el foyer del Teatro Municipal el jueves 26 de junio a las ocho de la noche. Si bien iba con cierto retardo, le sorprendió la desolación de la urbe durante el recorrido del metro que para él comprendía el intervalo Universidad - Plaza Bolívar. Compartía el vagón con pasajeros que nunca había visto en su vida: Ellos, ahora estaba demasiado claro, no se localizan en parte alguna; viven en el subte, en los trenes del subte, moviéndose continuamente. Su existencia y su circulación de leucocitos -¡son tan pálidos! – favorece el anonimato que hasta hoy los protege, leía en el libro de cuentos de Cortázar que le tocaba cargar ese jueves. En este caso, sus acompañantes no constituían un casting silencioso ni níveo por la falta de sol: por oposición al texto cortazariano, era una comparsa de cinco vikingos malolientes de mugrosa piel, cuatro hombres y una mujer de rostro desfigurado a punta de navajas.
Se apeó ágil y rápidamente del vagón, abriéndose paso entre el decadente y maledicente quinteto malviviente. Llegando a trote apresurado a su destino, notó que el Teatro Municipal estaba sumido en una densa oscuridad. La calle desierta tan sólo estaba habitada por el excéntrico pintor Cristóbal Ruiz, el cual consumía un tabaco que acompañaba la libación inmediata de una media mula de cocuy leal.
-¿Qué ha habido, Crístobal? ¿Sabes por qué el teatro está cerrado? Hoy tenía el bautizo de mi primer libro allí.
-Cada quien llama sabiduría a lo que él sabe e ignorancia a lo que saben los demás- replicó imperturbable para escupir inmediatamente después una babaza hedionda a azufre y estiércol.
-¡Coño, chico! Déjate de vainas. ¿Estás periqueao?
-Las hojas volaron a la hora exacta del camino.
-¡Vete a la mierda, maricón- gritó Tomasso, dándole la espalda.
Cruzando la calle, sin percatarse de nada anormal, se vio rodeado de una jauría de perros vikingos que acompañaban a sus dueños, trece hombres y una mujer, todos ellos desarrapados y pervertidos. Lo tomaron de los brazos, contaminando de podredumbre su traje de montecristo, conduciéndolo casi a rastras al tenebroso bulevar. Mientras las bestias lo mordían y los vikingos lo pateaban sin misericordia, observó a través del velo sangriento que nublaba sus sentidos a un Cristóbal, ataviado de un multicolor casco luminoso, que tomaba posición sentado en la calzada con lienzo y pinceles a las manos. El perfomance consistía –esta vez- en una recreación macabra de La Última Cena de Da Vinci. Al otro lado de la calle, un famélico muchacho tomaba fotografías de Cristóbal pintando la terrorífica escena, siendo la comilona el fondo de la composición. Sintió Tomasso que tras las bambalinas un desgarbado músico registraba sus alaridos adoloridos, los ladridos y gruñidos de los vagabundos, amén del escándalo obsceno de los perros vikingos en un sofisticado equipo de grabación. Comprendió en el avance de la muerte que era la víctima propiciatoria de una sociedad estética, conceptual y transdisciplinaria de fines inconfesables. La ciudad se hallaba embargada y encerrada en los hogares de sus habitantes, conmemorando el éxodo y el desarraigo en la eucaristía y agria degustación de jengibre y vinagre.
Valencia, 9 de septiembre de 2006. |
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