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Antonio Trujillo: La trabajada y paciente poética del aprendiz Conocí al poeta, además de singular cronista y narrador, Antonio Trujillo durante una charla. Recuerdo que esa tarde habló sobre las historias recopiladas en los lugares más pintorescos; relató la historia de Cabuyita y se extendió sobre ese caudal de información que ha conseguido escuchando a la gente de todos los días. De esas historias con ribetes fantásticos y entretejidas en la memoria con los hilos de una emotiva sensibilidad. Antonio Trujillo se ha propuesto como tarea recoger esas voces, recopilar esa historia en minúscula que ha cimentado las bases de la Historia en mayúscula, sin otro trámite que la conversación directa de sus protagonistas o espectadores más cercanos. Antonio Trujillo tiene un oído inigualable para escuchar a los demás y él sabe que mucha gente conserva en las pupilas de la memoria el brillo intacto de sucesos y hechos que algunas veces pasan inadvertidos para los historiadores de cuño y academia. Su fino tacto para escuchar se une a su pericia de narrador oral cautivante y esas historias comunes (a veces banales) cuando pasan por el tamiz de su elocuencia (o de su escritura) adquieren matices floridos, risueños y de simétrica frescura. También recuerdo que en esa oportunidad habló de la revista “Trapos y helechos” que dirige con terca tenacidad y que, según sus propias palabras, tiene más años que números publicados y la cual más que una revista literaria es una fe en la palabra escrita. Antonio Trujillo a pesar de su verticalidad regañona, posee una luz interior candorosa que refulge cuando narra anécdotas e incidentes de sus amigos poetas, cuando evoca sus experiencias como carpintero, editor, cronista y escritor. Cierta vez narró una visita que le hizo al gran poeta Juan Sánchez Peláez: “Un día fui a visitar al poeta Peláez. Ya estaba bastante enfermo. Se encontraba convaleciente en su cama y a pesar de eso me recibió con mucho afecto. Le recité un poema que le escribí y me dijo: Antonio no sigas leyendo tus poemas, publícalos. La gente es mala. Ah y algo más importante no pierdas la inocencia. Ese día llegó en catire Hernández de Jesús. Ya estaba algo ebrio y llenó ruido aquella silenciosa estancia del enfermo. Gritaba, se reía a carcajadas y a voz de cuello le dijo al poeta Peláez: Poeta levántese de esa cama. Usted no se puede morir, usted es un enterrador. Salga de esa cama que las musas lo reclaman. El catire Hernández de Jesús le preguntó al poeta si quería sentarse en el sofá. El poeta asintió con la cabeza y el catire que es un fortachón le estampo un sonoro beso en la mejilla y lo alzó como si nada. El poeta Sánchez Peláez parecía un niño pequeño y travieso. Tenía el rostro iluminado de alegría y entre irónico y divertido dijo: No te dije Antonio que este gordito era marico”.
Por supuesto cuando Antonio Trujillo relata estos pequeños fragmentos de vida lo hace con un ceremonioso respeto, además se emociona y su narración posee el candor volátil de la pasión infantil. Recuerdo cuando relató como fue que conoció al poeta Ángel Eduardo Acevedo: “Al poeta Acevedo lo conocí en una circunstancia extraña. Un día estoy de visita en casa de unos amigos. La pareja estaba ocupada en la cocina y en ese momento suena el timbre. Mis amigos me piden el favor de atender. Voy y abro la puerta y entonces me encuentro con un hombre tendido largo a largo en el piso con los ojos cerrados y las manos cruzadas en el pecho como si estuviera rezando. Todo aquello me pareció raro y me dije ¡la pinga!. Cerré la puerta y volví a la cocina. Mis amigos me preguntan quien tocó a la puerta y les dije: No sé hay un hombre acostado en el piso y por si acaso cerré la puerta. Mis amigos dijeron a coro: ese es el poeta Acevedo”. Por encima de sus cualidades de contador de historias es poeta y no un poeta entre tantos, sino un elegido con la metáfora y lo místico a ras de la piel de cada palabra, en el hueso metafísico de cada verso. Hay una sabiduría que respira en cada poema, hay una espiritualidad que florece y se ramifica en su escritura poética con mucha naturalidad. Descubrí al poeta Antonio Trujillo en un recital. Cuando lee sus poemas adopta cierta tímida formalidad. Ese bullicioso contador de historia hace mutis y le cede el espacio a un aprendiz de la palabra poética trabajada con esa serenidad con la cual el carpintero acomete la rustica madera hasta trasformarla en un objeto que irradia belleza y utilidad. La poesía de Trujillo posee algo de trabajo artesanal, de precisión emocional al lijar y pulir el lenguaje hasta llegar al hueso esencial de la metáfora. No es casual que uno de sus poemarios se titule “Taller de cedro”. En dicho poemario Trujillo nos acerca al taller de un carpintero en el cual ingresó como aprendiz. El libro refleja desde la transparencia ese mundo genuino del taller con sus herramientas que tienen nombres extraños y que él en su juventud confundía con pájaros: Un aprendiz entre a otra vida desconoce el ritmo y lugar de las cosas la puerta por donde vino da a unos campos y ese gramil no es un pájaro un aprendiz mira y el oficio viene solo Los distintos libros de Antonio Trujillo han sido recopilados, en un cuidada edición de la editorial El perro y la rana, en un solo libro que tiene por título “Unos árboles después y otros poemas”. En este libro hay un ritmo sobrio y en cada página algo espiritual se mueve, un visión anillada al alma: En esta niebla de las palabras debes andar en grupos de a uno ellas viven en un paraje extraño y por nada del mundo confiar en las nubes ni en los hombres en esta niebla del verbo nadie toca la verdad La luz se escapa de estos poemas escritos en el borde de la filosofía, en el camino fangoso de lo religioso, pero ni la luz filosófica ni la luz espiritual parecen repelerse y más se entrelazan para lijar la ruda madera del lenguaje y descubrir la belleza de las palabras: la metáfora tallada con lacónica certidumbre, con exacto conocimiento de los poderes de la luz. Antonio Trujillo es un aprendiz de carpintero y para el las palabras son trozos de madera que el con paciencia de artesano va trabajando hasta llegar a la vigilia del hombre que atisba el mundo desde la emoción permanente, desde ese asombro que hace florecer los campos, que permite que los pájaros canten y que fluya el rocío por las hojas de los árboles en las mañanas. Mirar el mundo desde esa óptica sensible del aprendiz para que la poesía también venga sola, para que llegue como un canto íntimo, como una oración fresca y luminosa, como un árbol sonoro que despliega sus raices en el corazón de los hombres y las cosas. |