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LIBROS AL POR MAYOR
Carlos Yusti
Cuando se acuña la frase Democratización del libro enseguida vienen las suspicacias de rigor: cantidad por encima de calidad. Este es el primer hilo de ese gran ovillo que puede ser el libro y la democracia.
Hay un texto de Karl Popper, Los libros y el milagro de la democracia, que me indujo a leer de nuevo la famosa apología de Sócrates escrita por Platón. Desde muy joven he considerado dicha apología como un texto excepcional tanto en el aspecto de la retórica como arte y de la inteligencia creativa organizando un discurso irónico (en cierto modo fulminante) contra los prejuicios y el engreimiento que poseen la mayoría de los hombres y mujeres con respecto a la vida y al saber.
La lectura que realiza Popper de la apología es muy distinta a la que yo hice en su momento. Él observó otros aspectos nada desdeñables para alguien interesado en lo vital e importante que son los libros, y la profunda lectura que se lleva a cabo de ellos, para la construcción del alma y del sentido de lo humano no sólo para un individuo en particular, sino para la sociedad en su conjunto.
En esta nueva lectura de la apología socrática descubro algo paradójico, y que Popper asoma en su texto. Sócrates, filósofo ágrafo por antonomasia, le concedió a la palabra oral un poder novedoso e inusitado. Tuvo el diálogo abierto como metodología para llegar al hueso de problemas éticos, políticos, sociales y metafísicos más disímiles. Sócrates no escribió nunca; no obstante esto no impidió que fuese juzgado y luego condenado a muerte por sus ideas. Lo más absurdo es que su juicio y sentencia se produce bajo un régimen democrático. Fue tachado de corruptor de la juventud, de no creer en los dioses tradicionales y de quebrantar las normas políticas con su actitud de pensador sin ataduras de ninguna índole.
Cuando Sócrates murió todavía Platón no escribía sus famosos diálogos filosóficos, los cuales tienen como conversador principal la figura de Sócrates. Sobre el estilo de Platón el también filósofo Emilio Lledó escribe: "El filósofo que inició la escritura filosófica lo hizo bajo la forma de diálogo. El primer filósofo-escritura no nos legó largos tratados sobre el ser, la justicia o la bondad, sino que, agrupando una completa galería de personajes de su tiempo, los puso a hablar; y en ese habla, en boca de Sócrates, Laques, Cármides, Adimanto, Glaucón, Hermógenes, Lisis, etcétera, consiste la filosofía platónica".
Platón recoge, como es lógico, la apología de Sócrates. Como reportero atento trascribe los argumentos empleados por su maestro y amigo para defenderse en el juicio. Es necesario coincidir con Popper que considera la apología uno de los más bellos textos filosóficos que se han escrito. La apología no sólo contiene sabiduría y ponderación, sino coraje, ironía y por sobre todo gran honestidad intelectual. La apología es una defensa a la capacidad de ignorancia y perplejidad que posee el hombre en general, a ese deseo de hacerse inteligente a través del contacto con los demás discutiendo los distintos puntos de vista que se tienen del mundo.
Popper en su texto, mencionado al comienzo, trata de aclarar un poco la razón por la cual Atenas llegó en un centro cultural de primera magnitud. Piensa dar con la clave de dicho florecimiento gracias a un breve pasaje de la apología: "¿Y qué me dices de los jóvenes de Atenas? ¿Aprenden de mí aquellas cosas que pueden conocer adquiriendo un libro por un dracma, todo lo más, en el mercado de libros de la plaza?" Popper escribe en consecuencia: "Este pasaje (26 D-E) sugiere que en el año 399 antes de Cristo, había en Atenas un floreciente mercado de libros, un mercado en todo caso, en el que habitualmente se vendían libros viejos..." Popper en el resto del artículo aventura una hipótesis sobre cómo debió empezar todo aquel primario comercio de libros. Homero, que al parecer fue el primer autor que gozó de una abierta aceptación pública, se hizo imprescindible. La gente sabía de memoria los textos homéricos y se organizaron recitales. Para dichos recitales se hicieron las primeras copias y así brindar la posibilidad a que varios recitadores a la vez leyeran. Luego sucedió que la gente quería adquirir las copias para tenerlas y ahí comenzó todo. Popper informa que el primer libro escrito con firmes intenciones de ser publicado fue la gran obra de Anaxágoras, De natura. Los primeros libros cimentaron la base intelectiva de una generación y cincuenta años después, escribe Popper, es creada la democracia.
Este impulso inicial de publicar libros y venderlos en el mercado permitió que la ilustración tuviera un radio de alcance mucho más amplio. Ese deseo del hombre común de leer libros cimentó a su vez las bases para desarrollar la escritura y de esa actividad netamente parlante como lo es la filosofía y cuyo ejemplo más notable son los diálogos escritos por Platón o como escribe Lledó: "Platón aproximó lo que suele denominarse pensamiento a la forma misma en la que el pensamiento surge: el diálogo. Pero no el diálogo como posible género literario, sino como manifestación de un espacio mental en el que concurría el lenguaje, de la misma manera que en el espacio de la Polis concurría la vida".
Como se puede apreciar no es un invento novedoso esa aspiración por democratizar el libro. En nuestro país la democratización del libro ha tenido sus altas y bajas. Los libros a pesar de ser objetos de lujos, no por el contenido sino por sus altos precios, se fue abriendo espacio (y lectores) gracias a la red de bibliotecas públicas. Algunas editoriales alternativas y la principal editorial del Estado han tratado de abaratar el costo del libro de bolsillo. Las librerías Kuaimare en la actualidad también han tratado de llevar los libros a buenos precios a todos los rincones del país. Hay que sumar a todo esto las ferias de libros tanto las regionales como la internacional y las nuevas publicaciones que adelanta la editorial El Perro y la rana, descubriendo un caudal de escritores que sin duda revitalizará el medio literario nacional.
En lo particular creo que la democratización de libro también debería pasar por cambiar esa idea de tener el libro como responsable de propagar la cultura, esa idea peregrina de tener la lectura como una vía directa para alcanzar el nirvana intelectual. Los libros, y más específicamente aquellos que se podrían denominar de literatura dura, sólo puede ofrecerle al lector una historia entretenida, un cuento de hadas en profundo, un trozo de belleza en forma de poema y sobre todo ocio, un paréntesis de relax en este tiempo absurdo y atropellado en el cual vivimos. Por supuesto leyendo libros de buena factura literaria puede uno llegar a conseguir cierta cultura, puede incluso ampliar el vocabulario, confrontar la ideas e incluso puede cometer el pecado de escribir por cuenta y riesgo. Todo ello debido a que en definitiva un hombre que lee es un hombre que piensa.
Otro aspecto que pasa por la democratización del libro es ese referido al escritor. Al parecer es necesario que el escritor deje su cuarto y se acerque a sus lectores (o posibles lectores). Que vaya a la escuela, a la universidad, a la comunidad no para pontificar de los humano y lo divino, sino sobre su experiencia como lector y sobre su trabajo de escritura. Que la gente del día a día, que los niños y los jóvenes comiencen a percibir a ese individuo que escribe libros como un ser como los demás que realiza una actividad en cierto modo excepcional, pero que puede ser común a todos.
La democratización del libro pasa por efectiva distribución y promoción tanto de la producción literaria del país como del extranjero. De igual modo pasa por un plan de lectura concebido como una fiesta y no como un proceso cocinado con toda la reseca sabiduría del caso por especialistas desde oficinas confortables.
Es necesario entender que la actividad lectora no compete en exclusiva a la escuela. Democratizar el libro es quienes tenemos un afecto especial por los libros nos convirtamos en los voceros de esa magia que encierran sus páginas. Los libros como una manera afectiva y efectiva de reencontrarnos con la imaginación hecha palabras y sueños.
Es redundante afirmar que nuestra civilización tiene los libros, desde el principio, como soporte imprescindible. No sin razón Popper afirma: "...el poder sin precedentes de la imaginación y de la creatividad, el concepto de la libertad y el afán de preservarla que la caracterizan, se apoyan en nuestro amor por los libros".
El mundo a nuestro alrededor adquiere sentido si tiene su bibliografía respectiva. Tanto en la vida como en la literatura lo que puede salvarnos de nuestros monstruos privados es la imaginación. A través de lo literario la vida puede convertirse en una metáfora digna. No hay empresa humana que no necesite un mínimo de poesía y locura para trasmutar molinos de viento en gigantes. Don Quijote nos regaló esta inmensa enseñanza, pero además nos enseñó el camino de esa fe inusitada por los libros, y su empresa no fue otra que trasmutar la realidad a través de la literatura; quería convertir en hechos reales sus profusas lecturas sobre caballeros andantes. El caballero de la triste figura supo como nadie que se lee (y se escribe) para cambiar la realidad, para volver todo palabras, metáfora y memoria. Don Quijote acabó con ese tiempo idílico de la literatura como pasatiempo para convertirla en una pasión insumisa, desgarrada y puesta a prueba, una y otra vez, en el barro infame de la rea
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