AntonioTrujillo, Entre el Dios de los árboles

Gabriel Jimenéz Emán

Texto GABRIEL JIMÉNEZ EMÁN (prólogo del libro)

No sé qué magia habita en la poesía de Antonio Trujillo. Magia es sólo el primer vocablo que se me ocurre para apuntar a la existencia de un encantamiento, a un hechizo connatural a su palabra, una palabra que se desliza en la página con una transparencia impresionante, una transparencia que se acerca a cierto estado místico. Transparencia que debe acudir a la síntesis, al laconismo, a la brevedad, para expresarse, pero no tiene nada que ver con esa brevedad que exponen tantos imitadores infelices del Haikú. Me refiero a que la poesía de Trujillo no guarda ninguna relación con la literatura japonesa, sino que construye su mundo a partir de un trabajo muy elaborado del castellano y el sabor que nuestro idioma sabe imprimir a las cadencias, a las entonaciones necesarias para acercarse al paisaje. El paisaje de Antonio Trujillo no es entorno ni inmediatez, sino que está edificado desde cada vocablo con una intensidad inusual, relacionada con elementos naturales vueltos trascendentes; apenas él toca árboles, pájaros o piedras, éstos no hacen sino transmitirnos a fuerzas superiores de la tierra, que guardan en su seno profundos secretos. El primero de estos secretos es Dios, pero no es Dios sentado en un trono rodeado de ángeles, sino un Dios que habita en lo pequeño y es el autor de ciertas criaturas, generador de una fuerza que hunde sus raíces en los recovecos de la tierra pero dialoga con el cielo; pero este cielo no es un telón de fondo para el movimiento de las criaturas, sino entidad que arroja varias señales para que entremos en diálogo místico con el orden secreto de las cosas.

En la poesía de Trujillo, el elemento que establece la ligazón esencial entre el cielo y el paisaje donde están las criaturas terrenas, es, sin duda, el árbol. Es el receptor o el transmisor de cuanto ocurre. No me atrevería a asociar este motivo central con un símbolo, pues el símbolo, cuando no esclarece a través de un poder aglutinante y fundador, lo que hace es entorpecer la comprensión de cosas o fenómenos. Por ello en esta poesía el árbol no es símbolo, sino elemento receptor de una experiencia sensible. Una experiencia que tiene al oído y alojo como instrumentos esenciales de esa captación. Claro que esos elementos sensibles no son meros acopiadores de datos o de sensaciones, sino transformadores de esas sensaciones en reflexiones del existir, que incluyen a las propias palabras como puentes d un mensaje profundo:

Las palabras vienen al mundo
Por la memoria y la gracia del oído

esa flor iluminada

allí puedes descifrar
el signo y el paisaje

que nunca escribes

Lo cual vendría a convertirse en una suerte de arte poética para lo que venimos comentando. El paisaje está al para ser descifrado sin necesidad de escribirlo, pero le palabras lo "atrapan" provisionalmente en la memoria, hechizándonos primero el oído, para luego intentar inquirirnos interiormente.

El árbol jugaría aquí otro papel, inseparable di hacer del poeta, artista de la madera, carpintero y ebanista. Esa magia de la mano que permite hacer de un tronco una mesa, una silla, una casa, un objeto utilitario u ornamental, ese arte de cincelar o moldear con madera que Antonio Trujillo practica, ha sido donado al arte de sus poemas, en una transferencia ciertamente asombrosa. Antonio cincela cada palabra, la moldea, la pule, antes de articularla al cuerpo del poema de ese modo tan peculiar, donde los espacios en blanco sostienen con holgura, más que las palabras, las voces que habita el mundo. Pudiera especular un poco diciendo que cada poema de Antonio germina como un árbol y luego adquiere la consistencia de éste, es un organismo vivo bien plantado y a la vez un organismo leve que flota en el aire de la página con una frescura extraordinaria.

Una vez, viajando por el llano en camioneta acompañado de Antonio Trujillo, vimos en el verdísimo prado llanero a un Aragüaney, plantado como un gran solitario amarillo en medio de aquella vasta pradera, y nos quedamos rodos atónitos con la belleza de la estampa. De inmediato, .-\.ntonio se llevó las manos a la cabeza y exclamó: "¡Me llevaré a ese árbol hasta la muerte!", con lo cual acabé de entender el profundo significado de éste en la vida del poeta.

Con el tiempo, la poesía de Antonio ha venido obteniendo un mayor reconocimiento entre nosotros, sus amigos celebramos cada vez con mayor entusiasmo cada libro que escribe. Él poco a poco ha venido identificando su oficio de poeta con una personalidad que puede pasar de lo jocoso a lo grave, de lo cómico a lo dramático con una velocidad pasmosa: inquiere, pregunta, ríe, duda, y con la misma gracia con que nos hace reír, también lanza unas miradas punzantes, terribles que le pueden poner a cualquiera la carne de gallina. Algunas de las palabras que pronuncia podrían ser también lapidarias, pero en el fondo tienen la marca de la autenticidad, se lo juegan el todo por el todo.

Es natural entonces que sus poemas transiten ahora por los caminos de la verdad y de la belleza. De una verdad adusta y de una belleza equilibrada, de un rigor y de un poder a través del cual solemos ver el rostro de Dios surgiendo debajo de una hoja, de la aleta de un pez o del ala de un pájaro o de una solapa de un campesino, un Dios acostumbrado a hablar con el mundo y el paisaje. Un Dios que Antonio Trujillo busca más allá de sus padres los árboles o por las orillas de los caminos, y nos es presentado en estos libros de una manera que sólo pudiera ser calificada de admirable.

 



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