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AMADA, DULCE AMADA
La poesía no es una ocupación y está lejos de ser un trabajo literario. La poesía es una forma especial de percepción a través del lenguaje. También la poesía puede considerarse un equipaje con ese cúmulo de sensibilidad muy personal. La poesía no necesita etiqueta ni se rige por ecuaciones gramaticales. No hay mala o buena poesía, sólo hay poetas encoñados o poetas construidos con una implacable luz interior. Hay gente que se encuentra en esa orilla de la poesía y eso se agradece. Oswaldo Roses está en ese lado de la poética; en ese extremo donde el poema se trabaja desde la palabra y desde sus inventos primarios como la música, la rima y la metáfora llana que no se pierde en complicaciones retóricas. El libro “Amada, dulce amada”, título que suena a título de canción almibarada, en apariencia podría confundirse con un poemario de amor, pero sus intenciones van más allá. Poemario que utiliza todos los recursos de la poesía artesanal, que a veces cae en los fosos de los lugares comunes, pero que buscan encontrar el hueso de una voz particular. Oswaldo Roses es un escritor múltiple y versátil: ensayista, poeta, narrador. En el prólogo del libro “Amada, dulce amada” Leo Zelada escribe: “A diferencia de otros poemarios que tocan el tema del amor vinculado a una visión judeo-cristiana del conocimiento como el libro de Milton El paraíso perdido , el poemario de Roses es una inmersión en una religiosidad mística del amor desligada de cualquier teología doctrinal”. En lo personal este poemario de Roses no señala derroteros nuevos y más bien su poesía afinca sus raíces a la poesía tradicional tratando de ofrecer una musicalidad nueva. Roses asume la poesía desde ese costado del accesorio, el poema como máquina musical, como artefacto de armonías no del todo perfectas, pero con una intención clara de las posibilidades de las palabras. |