SILAY MACCUAR AKKARI
tener duende y danzar con
los ritmos, la candencia
y el fluir del Nilo

Josefa Zambrano

a Trina Casseres y Jorge Akkari

 

Las mil y una noches y El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha --tal vez por haber sido los primeros libros que leí y que releo deseando, como Stendhal, poder olvidarlos para tener el placer de redescubrirlos--, junto a los narradores orales de las montañas y páramos del Boconó de mi infancia, han marcado mi vida.

Crecí queriendo emular a Shahrazad, por eso en mi memoria e imaginación conviven mojanes, magos y hechiceros; momoyes, duendes y efrits; filtros, oraciones, palabras mágicas y talismanes; tesoros y palacios guardados por suqueses y cunaguaras que se metamorfosean en mujeres tan hermosas como las huríes, pues no son otra cosa que los encantos que moran en las lagunas como la boconesa de Los Cedros o las de Ruidera de que nos habla Don Quijote, luego de su descenso a la profunda cueva de Montesinos, o aquellas otras de la “Historia de los peces y el joven encantado” con la cual Shahrazad ha entretenido al rey Shahriar --y a nosotros— a lo largo de las noches que transcurren de la séptima a la novena.

No es de extrañar entonces que hoy al ir tras mis quimeras los pasos me conduzcan al “Damasco” --el restaurante de la familia Akkari en el Chacao caraqueño--, donde la sabrosura de la cocina siria, el aroma del “opulento y negro café con semilla de cardamomo”, como dice Borges, la música y la raqs sharqi hagan renacer siempre en mí las palabras de Shahrazad: “Esto no es nada en comparación con lo que os contaré la próxima noche, si vivo todavía y el rey, mi señor, me lo permite”.

Y como Shahrazad puedo comenzar a contar que hace tiempo, un viernes quizás, no fui al “Damasco” sino a “Dabke & Olé”, la escuela donde Silay Maccuar Akkari, con gracia y paciencia, transmite a sus alumnas los milenarios secretos del danzar raqs sharqi y raqs báladie .

Silay Maccuar Akkari, vivaz y sonriente, me recibe con afecto y me invita a pasar, y al hacerlo me sorprendo de no ver las habitaciones de mármol con el techo tapizado en sedas ni las escaleras con siete escalones ni mucho menos el suelo cubierto con grandes alfombras tejidas en oro; lo que sí veo es el salón con piso de parquet, los espejos y las barras de ballet, los discos y el aparato de sonido, además de los dos taburetes en que ambas tomamos asiento y comenzamos nuestra conversación.

JZ: Silay, he tenido el privilegio de verte en algunas de las excepcionales ocasiones en que danzas para el público, y en ellas he presenciado al duende que te sube por dentro desde la planta de los pies, como dicen en Andalucía. Duende al que también hace referencia Shahrazad en la noche 957 donde narra la historia de Chamila, la bailarina con cuerpo de rama de sauce, que cuando bailaba no tenía descanso porque la llama del corazón le quemaba los pies y, por eso, todos cuantos la veían danzar prorrumpían con sonoros ¡la ilah illa Allah! ¡Allah! ¡Allah!, pues sus almas se elevaban hasta Alá, el Altísimo, el Excelso… Sabiendo que esa es la manera cómo se celebra el advenimiento del duende tanto en la música como en la danza árabe, me alegraría mucho si pudieras contarme sobre ti y sobre el tener duende al danzar.

S M A: Si mal no recuerdo Las mil y una noches comienzan así: “Cuentan (pero sólo Alá conoce la verdad con su infalible sabiduría) que hace muchos años, en tiempos muy antiguos…” Bueno, no importa, pero lo cierto es que en Puerto Ayacucho nació una niñita cuyos padres – según todos los que los conocieron-- eran gitanos, porque nunca nadie supo cómo ni de dónde llegaron ni, mucho menos, a dónde se fueron cuando partieron a los dos días de haber nacido la niña, la cual confiaron, dizque por no poder llevarla ni tener cómo sustentarla, a una bondadosa, trabajadora y santa mujer, quien más que criarla fue la que le cortó el ombligo y la parió de corazón, como se dice.

Resulta que la señora se llama Petra Maccuar y a la niña le puso por nombre Silay Maccuar, de ahí que ella es mi mamá y yo soy su única hija, pues los gitanos, aunque nadie nunca supo ni siquiera los nombres, me dejaron la sangre, y como dice García Lorca, “al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre”.

Pero como verás, también mi mamá es de ascendencia española y libanesa, además de que le gusta mucho la música, toda la música, desde la clásica y la ópera hasta la zarzuela y el flamenco, el cante; así que crecí rodeada de música. Es mi pasión.

Por otra parte, en Puerto Ayacucho hay una gran comunidad árabe a la que siempre estuve muy vinculada porque mi abuelo, el papá de mi mamá, era libanés, así que la música y la danza oriental estuvieron muy cercanas a nosotras porque siempre estábamos invitadas a las fiestas familiares de la colonia árabe de Puerto Ayacucho y, como te imaginarás, todas las mujeres árabes bailan, ya que aprenden desde muy pequeñitas en las fiestas y reuniones familiares.


Silay Maccuar Akkari Silay Maccuar Akkari

Cuando me gradúo de bachiller me vengo a Caracas a estudiar en la Universidad Central de Venezuela, donde obtengo la Licenciatura en Artes, Mención Artes Escénicas. Eso me abrió un panorama grandioso sobre lo que es la expresión artística.

Pero eso sí, yo desde que tuve uso de razón siempre supe que lo que me gustaba hacer con mayor gusto era bailar. Así que, paralelamente a mis estudios universitarios, comencé a hacer danza contemporánea en la escuela de José “el Negro” Ledesma, donde tuve excelentes bailarines como mis profesores, y entre ellos a Yuri Cavallieri y Jaime Siems. También entré en contacto con otro gran maestro como fue Grishka Holguin. Y aunque yo traía, además de los genes, una pequeña formación en flamenco, entonces comencé a estudiar con Julia Merino en esa época dorada del ballet flamenco, pues, cómo ves, no sólo obteníamos la formación clásica.

Puedo decirte que eso fue para mí como una bendición porque hacía ballet, danza contemporánea y baile flamenco; además de la danza oriental o baile árabe, todo conjuntamente con mis estudios universitarios de arte.

Con el tiempo, y debido a las exigencias de cada una de estas disciplinas, tuve que decidirme entre la danza contemporánea y el flamenco, optando por éste último pero sin desvincularme de la Escuela de Danza de Caracas, ya que allí seguí con la profesora Lidiya Franklin, con quien hice ballet. Pero el verdadero detonante fue en la universidad cuando cursaba con el profesor Nicolás Curiel, con quien nos tocó montar una obra de Yacine, un dramaturgo árabe del Norte de África, y a mí me toco el papel de una danzarina oriental. Yo sabía lo básico pero, aunque no tenía ninguna técnica, cuando comencé a danzar todo se desató dentro de mi cuerpo, es decir, afloró. Sentí la llegada del duende y comencé a sacar todo eso que tenía adentro, y fue cuando descubrí qué era lo que realmente me gustaba: bailar la raqs sharqi o danza oriental, árabe, y el flamenco.

Y fue a partir de ese momento cuando comencé mi estudio y entrenamiento con el profesor Ángel Españoleto, quien ha sido el forjador de Sherezade, Samara, Sajar, es decir, las más antiguas bailarinas árabes de Caracas. Con él empecé a conocer las técnicas de la danza árabe y a descubrir que la raqs sharqi es pura sensación y, sobre todo, una forma de hacer música con el cuerpo.

J Z: Silay, aunque no seas una de esas doncellas musulmanas de las historias que cuenta Shahrazad, la verdad es que tu historia no es nada común sino más bien es fabulosa, fantástica y, desde luego, bastante milyunochesca. Asimismo, he podido apreciar que tienes una formación muy sólida como danzarina, la cual le ha permitido a tu cuerpo armonizar todos los conocimientos que adquiriste durante los estudios de cada una de esas disciplinas de la danza.

S M A: ¡Yo también pienso lo mismo! Ahora, tanto mi mamá como yo somos cristianas, luego me casé con Jorge Akkari, y los Akkari también son cristianos, ortodoxos. De otra manera estoy segura de que me hubiera sido totalmente imposible hacer lo que hago, pues como ya te he dicho, todas las mujeres árabes aprenden a bailar desde muy niñas, pero no pueden dedicarse a hacerlo profesionalmente porque es muy mal visto en las familias y la sociedad tradicional musulmana.

En cuanto a esa armonía, siento que la danza contemporánea es un proceso más interno, más de expresión, es, como dice Sonia Sanoja, “descubrir y hacer visible el movimiento dentro del ritmo”. El flamenco también es sentimiento, pero sus movimientos, como el ballet, están más limitados. En cambio en la danza árabe tienes oportunidad de mover, sentir, vivir todo el cuerpo desde los ojos hasta los dedos de los pies. Por eso, cuando descubro la danza árabe, digo esto es lo mío y comienzo su estudio; luego, con el tiempo, a mí se me brinda la oportunidad de enseñar.

Así que todos los conocimientos adquiridos en el estudio del ballet clásico y la danza contemporánea, además de esa pasión que es para mí el flamenco, me han servido en el desarrollo de mi aprendizaje y posterior etapa de enseñanza de la danza árabe. Pero sobre todo, aprender y enseñar a dominar al cuerpo para que tenga mayor movilidad y ritmo, y todo en coordinación con los conocimientos sobre la música y la cultura árabe.

J Z: Antes de entrar de lleno en la danza y la música árabe, lo que acabas de expresar me trae a la memoria lo dicho en una entrevista por Raja Amari, la directora tunecina de “Satin Rouge”, esa excelente película que con seguridad también has visto, donde Amari confiesa que estudió durante varios años la raqs sharqi o danza oriental en el Conservatorio de Túnez, de ahí que siempre quiso realizar un filme que girara en torno a una bailarina del vientre, deseo que cumple al filmar su muy bien lograda película.

S M A: En efecto, es una extraordinaria película. Además, no sé si sabes que en la época de oro del cine egipcio --en los años cuarenta y cincuenta--, se hicieron muchas películas musicales y todas las grandes estrellas eran las bailarinas. Es de esa época y de esas películas cuando se impone la moda del traje de odalisca de dos piezas: falda y corpiño de satén, con mucha pedrería, flecos, caderines con monedas, brazaletes y otros adornos, pero en la mayoría de los países musulmanes, incluido Egipto, las bailarinas deben bailar cubiertas, nada de mostrar el vientre a la vista del público.

Ahora, eso sí, aún hoy las grandes bailarinas son las egipcias y la raqs sharqi es una disciplina que se estudia en los conservatorios de los países árabes no integristas, no fundamentalistas, como Túnez.

J Z E: Silay, raqs sharqi, belly dance, danza del vientre, ¿son un mismo tipo de danza o hay una diferencia esencial en cada una de esas denominaciones?

S M A: Sabemos que l a danza comienza como un ritual, de hecho esa danza del vientre se hacía como una ofrenda a las diosas de la fertilidad. Así las danzarinas eran sacerdotisas de Isis, de Cibeles, depende si estamos hablando de los antiguos Egipto, Siria.

 

Con el pasar del tiempo esa danza dejó de ser algo sagrado y al difundirse se volvió profana, folklórica, de modo que e n Egipto existían dos tipos de bailarinas: las ghawazee que bailaban al aire libre o en el campo, normalmente para gente del pueblo como ellas y eran acompañadas por músicos de por allí mismo que tocaban instrumentos rústicos, sencillos. En cambio, las awalim son las bailarinas de que habla Shahrazad, que además de bailar, cantaban y recitaban poesía y, por supuesto, actuaban en los palacios de los califas o en las casas de los mercaderes pudientes.

También la geografía tiene igualmente algo que ver, pues cada pueblo le va añadiendo una peculiaridad. Se suman instrumentos y ritmos propios de la región, verbigracia, los de los beduinos, que tienen mucha cadencia y percusión y, desde luego, su música y danza son muy festivas, alegres. Son ritmos muy alegres y muy parecidos a lo que los sirios y libaneses llaman dabke .

Lo tradicional también toma otro carácter. Así encontramos el saaidi , que es un ritmo tradicional egipcio que se caracteriza por estar ejecutado por muchos instrumentos de viento, entre ellos la sèmer --una especie de flauta--, además de los de percusión, desde luego. Como ves, los instrumentos te condicionan para bailar el dabke , que es una danza tradicional, o para bailar con bastones.

Yo trabajo mucho con la música que hace Hossam Ramzi, el percusionista egipcio, porque él recoge todos estos ritmos tradicionales: báladie , maqsoum , saaidi , etc.

Él los transforma en todo lo que una bailarina puede hacer, ya que la estructura de una pieza árabe debe contener una entrada muy alegre, festiva rítmicamente y con mucha percusión, que se llama mazar y viene siendo la presentación de la bailarina. Luego comienza una parte lenta donde entran los instrumentos de viento --es lo que se toma del saaidi --, y cuando entran esos instrumentos de viento, y tiene entonces esa cadencia, es cuando la bailarina hace sus contorsiones, los movimientos del vientre, las ondulaciones de caderas; luego se retoma el ritmo original con la percusión.

Eso es lo que en Egipto llaman raqs sharqi , es decir, el baile tradicional, pues es un baile que no tiene desplazamientos y la bailarina, acompañada de percusión, sólo hace movimientos de cadera hasta el final, cuando se retoma el ritmo inicial que puede ser un mazar, y con ese se hace el cierre, se finaliza.

En occidente se habla de danza del vientre, belly dance, pero no es así, ya que lo que debemos es tener muy claro y saber distinguir entre la raqs sharqi (danza oriental) y la raqs báladie (danza del pueblo). La raqs báladie es una danza más elemental, prácticamente sin desplazamientos y con movimientos de cadera predominantes, en cambio la raqs sharqi es más refinada y rica, pues recoge todos estos ritmos tradicionales, folklóricos y los agrupa, crea una secuencia. En ella se combina lo tradicional con algunos elementos de las danzas contemporánea y clásica, pues eso, desde el punto de vista estético, le da una gran elegancia, sin obviar la parte tradicional que constituye su base.

J Z: Silay, me has dicho que la raqs sharqi es pura sensación y una forma de hacer música con el cuerpo, trata de expresarme con palabras ese sentir.

S M A: Josefa, la danza transforma al ser humano, lo conecta con algo infinito, indescriptible, que yo siempre asemejo con lo que habla García Lorca: el duende. Llega un momento cuando danzas que te olvidas del ritmo, de la técnica y entras en un espacio intemporal, donde estás como poseída y es, entonces, cuando afloran estos sentimientos que normalmente uno no está consciente de ellos, y te dejas llevar, transformar…

Yo lo comparo con una fuerza. Una fuerza que es el todo, una fuerza que te transforma y, desde luego, el público puede ver un manejo del ritmo, pero también puede percibir lo que no se ve a través de los ojos, al duende. Eso es lo que hace que un bailarín deje fuera de sí ese tiempo y ese espacio y se trasforme en el Otro, es decir, tenga duende.

Por eso, independientemente de los aplausos, el bailarín tiene que bailar para sí mismo, pues eso es lo que lo llena.

Creo que lo importante es estar contento y en armonía con lo que uno hace, y lo demás pasa a un segundo plano. Lo que vale es mostrar el sentimiento, no el virtuosismo ni la técnica, pero para conectarte con ese sentimiento tiene que haber una empatía con la música que estas escuchando y que al danzar saques a relucir ese sentimiento a través de tu cuerpo y lo plasmes en el espacio, en el escenario; que el público pueda captar eso que tú estás transmitiendo. Ese es un momento de comunión, místico, en que la música, el ritmo, el cuerpo danzante y quienes lo miran son un ser único en un espacio anulado por el tiempo.

J Z: Es decir, que cuando danzas entras en una especie de éxtasis, de elevación por encima del tiempo y el espacio, logrando abstraerte del cuerpo y de todo cuanto te rodea para alcanzar, de algún modo, la comunión con la divinidad que caracteriza a la danza primitiva.

Puede ser, pues la danza en África, en Asia y en todas partes, era inicialmente de carácter místico. Es algo arrebatador. Es como lo que practican los derviches, quienes a través de la danza adoran a Dios. Yo soy muy espiritual y cuando danzo siento una gran alegría, y es entonces cuando doy gracias a Dios por la vida, por poder moverme, por sentir esa música que me invade todos los miembros, los sentidos. Puedes estar horas danzando y no te cansas porque la danza es energía, pasión, misticismo, alegría, seducción. Eso es la danza árabe para mí, y es lo que trato de transmitir y enseñar.

Con el flamenco me pasa igual, sólo que éste toca sentimientos más fuertes, más de dolor.

J Z: Silay, danzar, según el DRAE, significa bailar, y bailar –en su primera acepción—es “ejecutar movimientos acompasados con el cuerpo, brazos y pies”. De ahí que danzar y bailar son sinónimos, ¿crees que danzar es lo mismo que bailar?

¡Danzar y bailar! No, danzar no es bailar. Bailar es algo como muy mecánico, aparte de la música y dejarse llevar por un ritmo específico, es mover el cuerpo. Es como correr, caminar, algo como muy básico. Cuando bailas sigues una coreografía mecánica: vuelta, pie hacia delante o hacia atrás al ritmo de la música o de la pareja.

Danzar incluye sentimientos, conocimientos, es como entrar en otra dimensión que te hace abstraerte de la realidad que te circunda y crear algo que tiene que ver con tus sentimientos. Hay un proceso de creación.

Danzar es ir más allá, es como la interpretación que puedes hacer de eso que tú estás bailando.

En la danza árabe cuando los ritmos son muy rápidos, que empiezas a girar con desenfreno, a mí me pasa algo similar –como te dije anteriormente-- a lo que cuentan los derviches de su experiencia mística del giro, pues uno se abstrae de tal modo que se olvida la música y siente que está solo sin nadie más. Te olvidas del cuerpo y te dejas arrastrar por esa fuerza, porque el ritmo mismo de la danza posee como una inspiración sagrada.

Al danzar --y creo que así ha sido desde el principio de la humanidad--, el hombre impulsa su deseo de unirse con la divinidad, pues danzar es, como dice la extraordinaria danzarina Sonia Sanoja, “construir, crear algo sólido desde donde contemplar y sondear el infinito”.


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