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H. D.
Juan Guerrero
Voy hacia aquello que amo
sin ningún pensamiento de deber o piedad;
Voy hacia donde pertenezco, inexorable,
como la lluvia que no ha cesado de caer
H. D. Poemas de Helena en Egipto.
Determinada a ser una apátrida por siempre, aún después de haber fallecido, Hilda Doolittle (1886-1961) es una de las voces de la poesía norteamericana que todavía espera el reconocimiento en su propio país. Tardíamente llega a nosotros por la traducción que realizó María Negroni para la editorial Angria (1992).
Conocíamos desde hacía algunos años parte de su obra. Ahora releyendo esta traducción de Helen in Egypt (Helena en Egipto) sentimos de nuevo esos trozos de “cantos”, como les llamaba, que surgen de entre las voces de unos héroes cuya acción no son los escenarios de la guerra ni las armas. Es fundamentalmente el apasionamiento por el sentido mismo de la teatralidad dentro de un escenario helénico. No interesa el sitio, el lugar. Atrapa sí la liturgia, el acto de construir un mundo propio, acaso anarquizado pero al mismo tiempo único donde la ausencia de los personajes cobra vida en el anhelo de cercanías que devienen tales por el entrelazamiento de acciones que ocurren en tiempos fuera de la trama, contada a partir de una narración que desecha, hace a un lado lo monumental, aquello cargado de efectos.
La suya es una poesía que discurre mientras se cuentan fragmentos, trozos de vidas en ausencia. Maneras de sostener un discurso poético sólo en la quietud misma de aquello que se ansía y que se aprecia mientras las pasiones de lo helénico se perciben en el círculo de lo amoroso, de la sensualidad y el erotismo de una Helena que desata furias traducidas en odios y rivalidades.
/¿Qué te ha dado el amor de la tierra / que yo no te haya dado? / He preguntado a los tirios / sentados / sobre sus negras naves, /cargadas de ricas mercancías. / He preguntado a los griegos / de las naves blancas, / y a los griegos de los barcos cuyos cascos / descansan sobre la arena húmeda, rojos / con grandes espolones. / He preguntado a los tirios vivaces / y a los altos griegos- / ¿qué os ha dado el amor de la tierra? / y su respuesta ha sido- paz /.
Su temprana relación con Ezra Pound quien la marca definitivamente en su poética, la lleva inicialmente a Londres donde transcurre gran parte de su juventud. Posteriormente vendrán amores furtivos, un matrimonio convenido, una hija que vivió confinada al cuidado de institutrices y sus posteriores relaciones con la intelectualidad europea, entre ellos su intimidad con Freud y su destino amoroso con una rica heredera; Anne Winnifed Ellerman, apodada Bryher. Con ella conoce finalmente la ausencia de necesidades materiales y realiza sus travesías en cruceros a gran parte del Mediterráneo, entre ellos los viajes al norte de África y Grecia y sus islas. Esto le servirá a H. D. para construir años más tarde gran parte de su obra, entre ellas Helena en Egipto.
Así expresa H. D. el lamento de Helena quien raptada espera la llegada de sus hermanos: /Seguramente no estoy sola, / debe haber una sacerdotisa o sacerdote, / debe existir una familia / de esta antigua Dinastía, / ¿un Faraón y una esposa de Faraón? / ¿yo misma he hecho / de mi contemplación una celda? / ¿mi felicidad me ha alejado del resto de Egipto? / Aquiles dijo que debía esforzarse / para dominar la costa, / para dominar y conservar el Faro, / una luz y un faro para las naves, / para otros como nosotros, / que no son sombras ni espectros, / sino entidades, con una vida / no colmada en Grecia: / ¿podemos llevar nuestro tesoro, / la sabiduría de Amen y Thoth, / de regreso a las islas, / para que el hechizo halle un lugar / donde la desolación se impuso, / y una raza de guerreros, / Agamenón y Menéalo? /.
Pervive en H. D. la sensación de la proximidad con lo “oculto”, con lo iniciático. Acaso sus vínculos con la cábala mística, el tarot y las sesiones continuas en las consultas con Freud, le aseguraron una comprensión exacta con la visión mítico-simbólica que le permitió construir estos cantos. Es H. D. la única norteamericana que ha podido adentrarse en el alma griega para escribir, poetizar, una épica de la relación amorosa, llena de un sin igual lirismo que la ubica entre las voces más elevadas de la poesía moderna en lengua inglesa.
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