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POEMAS DE ROGER HERRERA
Te agradezco me invites a tu mesa
Y me hables de campos florecidos; los mangos haciendo
soles y grandes ríos desbordados en un tinto.
Necesito un perro
una lora
una pala para cavar palabras
pero no olvides que este peregrino sembrará tus huesos
por ello procura una mesa donde los frugal tenga el tino de
la vida, no acopies las barajas del olvido, propón las viandas
más selectas o adustas; la cayena del jardín; el agua de lluvia
y teje desde mí
la gran enredadera.
SÓLO EN EL VOLGA...
A la sinfonía nº 3 de Sergei Vasilyevichh Rachmaninov y,
(inconclusa) de (F. Chopin)
a la balada nº 1 Op 23
Teresa Carreño
Cuando salga ese tren
Yo quiero estar a bordo
en un vagón oculto entre la brizna
de oro, mugió la luna
lo que tiene de ganado lo que de luz
irradian los cuervos en el percutir
incisivos de las notas...
Cuando salga ese tren
yo deseo estar a bordo
en el vagón del ganado
los guantes como plumas
de áurea herida
se aferran a la cola del teclado...
Cuando parta ese tren
el último tren
propongo saludar las azules praderas
predecir el estío en cada hoja
inquirir cada gota rocío
y decir ¡buenos días mariposas!
Centeno amigo...
ave oleaje de nube y granizo
ave negra
ave blanca
Escucha las baterías hermano Sergei
Y tú las olas y la tos y el barco negro
Anunciando la impronta.
Sólo en el Volga nacen esos pájaros ruidosos
Bosques pétreos verduzcos y plateados
Como vórtice poderoso que se abraza a los meandros
Sólo los insectos y el Volga servido
Disipado
en la mesa
hecho ascuas
Comíamos la corteza y la rama de abedul
Hojas de jazmines
y lunas llenas de lágrimas
vacías de vodka...
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LA MORITA
Oteo y veo bocas, grandes bocas que avanzan
hacia mí como adiposas glándulas
tensan la cuerda del violín en el azul cobalto
escarabajos de oro marchan desbandados
al vacío; fuego de dragones
estampados al abismos
maquillados con el gouché
hasta el gato de la casa
maúlla un tango y es
Domingo y las nubes
Andan como locos de sanatorio
Gritando tempestades
¡Gloria! ¡Gloria!
¡Aleluya! Ha llegado el rey
de reyes en disfraz
estuario donde los peces
son gallos interpretando
el Sigfrido en una montaña
de sal; abre su puerta una hormiga
Ur sus edifcaciones: el diente de oro
de mi abuela, el río Guayre loco
loco sin pupila
el día que murió Sadel
la ola del aliento, los residuos, la marejada
salival en los peces o los dientes o las muelas partidas
de Mozart; réquiem por la arena uncida en la grafía china,
en los adustos papiros que ladran sus torpezas
el día que corrí y guiñaba el ojo de una vaca que
pastaba mis palabras en el mar de las estrellas... |