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De la piel/ Miguel Mendoza Barreto
Premio Casa de la Cultura de Ciudad Guayana.
Para Juanita Figuera y Pedro Véliz A.
Cuando la tarde empieza a morir, me gusta filtrarme entre el viento, que a esa hora, es la última cabellera del sol retirándose. También me agrada este camino recto, uniforme, para desplazarme rígida y anhelante en la bicicleta de tubos forrados de calcomanías que me recuerdan las paredes de mi cuarto llenas de estampas y afiches. He querido quedarme hoy hasta la noche y al regresar, en el trecho obscuro antes de llegar a mi casa se coloca frente a mí una silueta, en la mano derecha empuña una tijera que cae violentamente hacia mí. Puedo ver la luna clara de estos días reflejada en su superficie, golpea, abre mi piel derribándome, riega en la espalda una sensación tibia, temblorosa. Recuerdo de pronto, Hipólito, la calidez del agua de las lagunas en marzo, cuando al tiramos a ellas, vamos sintiendo la tibieza del agua de la superficie comprimiéndonos el cuerpo y luego, ya abajo, al torcemos hacia la luz, vamos entonces escapando de latente frialdad escondida bajo el agua. "Es la sangre de la laguna, Juanita", decías. ¿Será entonces una laguna esto que empieza a serpentearme el cuerpo? No creo, porque siento una brisa suave en el cuerpo y la noche a mi lado se desliza temblorosa. Es la bicicleta, ¿Por qué me la prestaste, Hipólito?, yo no me hubiese atrevido a pasar por este camino, de no ser por ella, que al acelerar quería meterse por aquí, lo he hecho para disfrutar la humedad del cuero y el roce de la silla entre mis piernas, siento como si fuese una mano caliente maguyándome el sexo. La verdad es que me meto por aquí para aplastarme contra esta bicicleta donde mamá dice que pasas el día sudándote el culo, Hipólito. He estado a punto de detenerme al oír mi nombre dentro de la obscuridad, casi me detengo, pero después me entra miedo, recuerdo; además, que tienes que empujar la bicicleta porque yo no sé equilibrarme sola, te gusta impulsarme con tus manos sudadas palpitando en mi cintura.
Dos mujeres, como chaures, están en el camino, reconozco a mi tía cuando empieza a gritarme: ¡Quita macho!, hija de la gran puta, esto es para que aprendas a quitar maridos ¡coño' e tu madre!". Se inician estos escalofríos, esta sensación de río serpenteante, no es la laguna Hipólito, sino tijeras frenéticas. No aguanto, Hipólito, tengo toda la espalda bañada en algo caliente, y por los senos, éstos blancos temblores que tanto he cuidado, estoy sintiendo chorreras pegostosas "¿Te acuerdas de las chorreras del río Guarapiche?" ¿Recuerdas cuando el agua me pegaba el vestido al cuerpo Y abultaba mi sexo mientras tú te empeñabas en no salir del río para que yo no viera el tuyo incontrolable? ¿Recuerdas cuando Félix Rivas, plantado repentinamente a la orilla del río se quedó mirándome, con los ojos brillantes, como si estuviera envenenado? parecía que tenía todo el sol acomodado en el diente de oro que siempre muestra su sonrisa pícara. Dijo que si yo deseaba aprender a manejar él podía enseñarme, luego se sumergió sin quitarse la ropa y empezó a nadar en círculos alrededor de mí, mientras lo hacía pasaba las manos por estas tetas que adoras. jCoño, Hipólito! yo quería aprender a manejar, por eso no dije nada. Tú te fuiste quedando calladito, como sospechando, como adivinando los giros de esas manos bajo el agua. Después, por el espejo, yo te veía serio y triste mientras la camioneta daba tumbos por la carretera de granza; el señor Félix me decía que mirara hacia adelante, que no viera el acelerador sino la carretera. jEra chévere verte por el espejo, Hipólito! aunque en la parte trasera del carro, enmudecido y triste ibas llenándote de polvo. Mis piernas, aunque no las veías, estaban abiertas, la mano recorría mi sexo enredándose en el vello, exprimía y apretaba tratando de introducirme uno de los dedos. Con la mano derecha halé con fuerza la suya retirándola de mi pantaleta. Aún soy señorita, Hipólito, Yo no quería que me lo quitara ese viejo, además, deseaba estudiar y casarme con alguien que no fuera agricultor. Por eso mi deseo de que te hicieras mecánico, Hipólito.
Caliente en mi espalda estos golpes. Caliente la sangre resbalando como serpiente hasta los pedales que escapan de mis pies. Caliente mi angustia (bandera temblorosa) caliente la llama de la vela vigilando la rigidez de mi boca entreabierta. Caliente este algodón en mi nariz deteniendo la indignidad de la sangre caliente que hace temblar las lágrimas calientes de mi madre inconsolable.
Ahora tú, olvidado de todos, te recuestas a la última puerta de la casa. ¿Recuerdas la noche en que te paraste allí (duque en sombras) dándome un susto que nunca he olvidado? Caliente la tijera en mi frío dorsal, caliente el sol en el colmillo anunciando la sonrisa, mientras te quedas como un adiós, lleno de polvo y despecho; con los ojos abigarrados de un brillo que no entiendo.
Hipólito, me colocan las manos sobre estas tetas que nunca has tocado, siento la chorrera en mis pies, en mi grito, en las garras de mi tía al afianzar la tijera que me acaba. Caliente este suelo donde estoy recordándote mientras ella destila mi angustia entre su ropa al correr dentro de la obscuridad.
Estoy pensando en tus manos, Hipólito, en lo chévere que es mirarte por el espejo con el pelo amarillo de polvo... de tristeza.
Cuento del libro CALLE BOLÍVAR nº 36/ Colección cada día un libro.
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