Verba accipienda sunt cum valôris.
Los valores son tales en la medida que se construyen y comparten a través del lenguaje. Por lo tanto debemos entender que el hacer del hombre sólo es posible en la medida que éste es y actúa en el lenguaje. No existe otra manera de comprender al hombre sino a través del lenguaje. En consecuencia la base sobre la cual reside todo aquello que valoramos y por lo tanto deviene en valores, es sólo en el lenguaje.
La vida y sus entornos poseen todas un valor que le otorgamos en la medida que ellas tienen importancia para nuestra existencia y somos capaces de poseerlas a través del lenguaje. Las construimos, hacemos de ellas una simbología para establecer principios sobre los cuales determinamos gradaciones que le otorgan jerarquías, abiertas o cerradas, y además las compartimos en nuestro entorno, llamado éste sociedad.
Las definiciones sobre lo que entendemos por valores comienzan por su misma etimología, valor: “Entereza de ánimo para cumplir los deberes de la ciudadanía.” También se la entiende como el “Grado de utilidad o aptitud de las cosas para satisfacer las necesidades o proporcionar bienes o deleite.” Estas u otras tantas definiciones nos remiten siempre a su origen: Valor.
El término así como sus aplicaciones mantienen una arquitectura que da cuerpo a todo un andamiaje donde además se aplica lo inevitable de la cercanía con el Otro, quien va a entrar en el juego discursivo que le dará sentido de completud y continuidad a las acciones que se derivan de aquello que valoramos y por lo tanto, otorgamos importancia y en consecuencia damos existencia en nuestra experiencia de vidas.
Existen tantos valores como experiencias de vidas ocurran en el hacer del hombre comunitario y como afirmamos en párrafos precedentes, estos son tales sólo cuando son expresados en el lenguaje. Porque es desde allí donde el hombre le da sentido, tanto a su existencia como a las cosas. De otra manera se estará en el puro principio del pensamiento, del ordenamiento de todo aquello que acontece en su entorno y que es asimilado a través de los sentidos. Así, en la medida que nuestro lenguaje del mundo se amplía, de la misma manera vamos valorando todo aquello que para nosotros resulta trascendente y da sentido a nuestra existencia como seres individuales y comunitarios.
Por el contrario, la precariedad de estructura lingüística de un individuo para expresar su existencia deviene en pobreza idiomática que le impedirá valorar su entorno y acceder a compartir sus experiencias con el Otro, quien no podrá darle sentido de existencia plena a su semejante. En estas circunstancias puede entenderse parte del pensamiento de Bajtín cuando, al igual que Wittgenstein, bordea los mismos límites de la incertidumbre del ser humano para apropiarse del Otro. Además, lo que en un buen momento de nuestra historia valoramos y otorgamos sentido de trascendencia, además de hacerlo creencia, tradición y norma, inevitablemente será cuestionada más adelante por el Otro, quien entenderá la vida y sus entornos de otra manera y le otorgará nuevos valores. De ello deviene la construcción y reconstrucción de un discurso infinito sobre los mismos temas que no son más que trazas de huellas que pisamos sobre otras ya transitadas.
Así las cosas, pareciera que todo aquello que es experimentado por el hombre viene a él a través de los sentidos que son especie de cribas que sólo son aproximaciones a realidades cambiantes, en movimiento y que sólo pueden rozar los bordes que interpretamos y valoramos merced a nuestra capacidad de tomar consciencia de ello únicamente en el lenguaje.
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