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Sin enmindas  
por Diana Gámez

El fanatismo según Oz
La duda no existe en el fanático. Para él sólo hay una verdad que no admite ningún tipo de discusión. Por esa verdad es capaz de colocarse un cinturón con explosivos y hacerse detonar en un centro comercial a la hora de mayor concurrencia de seres humanos. Su verdad lo hace el pasajero de un avión con el que explotará, mientras la masa de fuego traspasa no uno sino dos grandes edificios. La verdad única, que posee como su tesoro de convicciones, le permite disparar contra cualquiera que su mentor considere su enemigo. Un fanático sólo oye una voz, como el perro pegado a la bocina del gramófono de la RCA Víctor.

 Mientras oye la voz de mando que le dice lo que debe pensar y lo que debe hacer sin siquiera pensar que tiene inhabilitado el otro oído. No hay capacidad auditiva para escuchar. Sus ojos no ven para los lados, están engringolados como los de los caballos, sus manos reciben la orden de cumplir una misión y su boca sólo emite las palabras autorizadas.

 Pero tiene la certeza de una superioridad moral que le impide llegar a acuerdos, tal como lo plantea Amos Oz, un judío que escribió un libro denominado Contra el fanatismo, donde nos aclara que el fanatismo es más viejo que el Islam, que el cristianismo y que el judaísmo. Más viejo que cualquier Estado, gobierno o sistema político y también que cualquier ideología o credo. "Desgraciadamente el fanatismo es un componente siempre presente en la naturaleza humana, un gen del mal, por llamarlo de alguna manera... Se debe a la vieja lucha entre fanatismo y pragmatismo. Entre fanatismo y pluralismo. Entre fanatismo y tolerancia".

 Oz, jerosolimitano antiguo, que se autocalifica como experto en fanatismo comparado y fanático rehabilitado sabe de lo que habla, y con este libro, que reúne tres conferencias, aborda este problema que afecta al mundo globalizado. Por haber vivido en y con esta situación, ser judío y habitar en territorios en conflicto, es capaz de hacernos ver el fanatismo desde un punto de vista totalmente diferente al que estamos acostumbrados.

 Es así que nos dice que el fanático es alguien sentimental y al mismo tiempo carente de imaginación. Afirma también que la conformidad y la uniformidad son formas morigeradas pero extendidas del fanatismo. Y el culto a la personalidad, la idealización de líderes políticos y religiosos, la adoración de individuos seductores, pueden constituir otras formas extendidas de fanatismo.

 Este autor cree que la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar. Es esa tendencia tan común de mejorar al vecino, de enmendar a la esposa, de hacer ingeniero al niño o de enderezar al hermano. El fanático es una criatura de lo más generosa, es un altruista. Quiere salvar tu alma, redimirte. Liberarte del pecado, del error. Liberarte de tu fe o de tu carencia de fe. Quiere mejorar tus hábitos alimenticios, lograr que dejes de beber o de votar. El fanático se desvive por uno. "Una de dos: o nos echa los brazos al cuello porque nos quiere de verdad o se nos lanza a la yugular si demostramos ser unos irredentos. En cualquier caso, topográficamente hablando, echar los brazos al cuello o lanzarse a la yugular es casi el mismo gesto".

 Para Osama bin Laden, dice Oz, el 11 de septiembre fue un acto de amor. Lo hizo por nuestro bien, quiere cambiarnos, quiere redimirnos. Quiere salvar nuestras almas y liberarnos de nuestros aciagos valores: del materialismo, del pluralismo, de la democracia, de la libertad de opinión, de la liberación femenina... "Sólo prevalecerá la paz cuando el mundo se haya convertido no ya al Islam, sino a la variedad más rígida, feroz y fundamentalista del Islam. Será por nuestro bien. Bin laden nos ama esencialmente".

 El fanatismo, siempre según Oz, es extremadamente pegajoso, más contagioso que cualquier virus. Se puede contraer fanatismo fácilmente, incluso al intentar vencer o combatirlo. Leyendo los periódicos o viendo televisión es posible comprobar lo fácilmente que la gente se convierte "en fanática antifanática", "en cruzados antiyihad antifundamentalistas".

 Para este escritor la literatura contiene un antídoto contra el fanatismo, al inyectarnos imaginación. Pero la receta no es tan sencilla, pues desgraciadamente, muchos poemas, historias y dramas se han utilizado para inflar el odio y la superioridad moral nacionalista. Sin embargo Oz se permite recomendar algunos autores, que si bien no obran milagros pueden ayudar. Ellos son Shakespeare, Gogol, Kafka y Faulkner.

 El sentido del humor es otro gran remedio para combatir el fanatismo. "Jamás he visto a un fanático con sentido del humor. Ni he visto que una persona con sentido del humor se convirtiera en fanática. Con frecuencia, los fanáticos son muy sarcásticos y algunos tienen un sarcasmo muy sagaz, pero nada de humor. Tener sentido del humor implica habilidad para reírse de uno mismo".