En torno a las “Vocales de Ceniza”

Rafael Rattia

Un centenar de páginas, dos cuadernillos titulados “ Vocales de Ceniza” y “La canción de Pirra” integran un poemario escrito por el poeta trujillano José Francisco Ortiz (1944).

Acaso sea una inocente coincidencia el que el libro esté compuesto por 33 poemas (la edad de Cristo) de regular extensión que tocan temáticas tan familiares como extrañas; tal como es la vida en todo sus espléndidos y asombrosos enigmas. Poetas los hay que rubrican sus textos dedicados a las voces líricas de la antigüedad griega, latina, etc; como queriendo significar con ello que: -oye, me he leído a los clásicos, soy un hombre de vasto conocimiento, y así enrostrarle a los hipotéticos lectores lo tanto que el escritor atesora en su cauda literaria. Como buen hijo de su tiempo es escritor dedica este libro a Doña María Oliva Morillo(su Madre) y Francisco Ortiz (su padre). Particularmente me impresiona –con grato asombro- que el autor de estas “Vocales de Ceniza” dedique sus poemas a destacados hombres de nuestras letras nacionales, humanistas que, como él, viven en y por la poesía. Verbigracia: Miguel Ángel Campos, Camilo Balza Donatti, Américo Gollo, Eugenio Montejo, Guillermo Ferrer, Jorge Luis Mena, Ángel Lombarda y Lilia de Lombardi.

Desde sus primeros versos el lector de este libro sabe que algo grande depararán las singulares páginas de esta singular aventura del espíritu. Como buen poeta que es el autor de estas “Vocales…” su poesía apunta a la eterna e insaciable posibilidad del ser por intentar ser la esencia de lo auténtico. Desde el frontispicio de estos cantos líricos se advierte una tendencia que, a medida que avanzamos (mar adentro) en esta travesía del alma, no nos abandona hasta culminar la última estación.

La memoria, el amor, el verbo, el infinito, el insondable abismo del corazón; las hilanderas orugas en escandaloso silencio festejan la fertilidad de la tierra que obsequiosa nos recuerda el efímero paso por la vida. Los textos poéticos contenidos en este extraordinario libro de José Francisco Ortiz comportan una huella didascálica difícil de borrar de la sensibilidad de quien tiene la fortuna de leerlos como Dios manda: con devocionario rigor e insobornable vehemencia. De otro modo es imposible leer este libro de poesía.

Es gracias al poema que el escritor puede aspirar a “escuchar a Dios en cada palmo de tierra”(pag.31). Nótese la inextricable dialéctica que subyace en este verso que cito con el expreso propósito de mostrar al lector la “abyección” (la tierra) y la “sacralidad” (Dios). Indudablemente, el escritor es dueño de una conciencia plenamente asumida de la frágil condición humana, de la vulnerabilidad y precariedad de la fachenda humana. La ecuación que infiero de su lectura es esta: Dios-Amor-Hombre.

¿Dónde quedaron las primeras Vocales que pronunció el poeta a comienzos de la cuarta década de la pasada centuria?. Una tímida y tentativa respuesta puede atisbarse en unos versos de impecable escritura que exhalan una cálida reminiscencia a su natal terredad trujillana:

“Las orugas hilan

calladamente

sobre los campos

trasiegan las vendimias

y vienen las tardes

con sus cántaros

a regar la sembradura

ruedan las semillas

como monedas en la greda

sus morosos estallidos

desde el fondo de la tierra

celebran la primavera”.

(Raíces. Pág.33)

Es en virtud de una voz secreta que nos trae el rumor de los siglos que el poeta accede a una sabiduría contentiva de hondas resonancias musicales y nos obsequia a sus lectores el ritmo ensoñador de su estro lírico.

¿De qué otro modo puede decirse esto?

“Llega la vida y no sabemos

cómo cincela

sus voces en las piedras

(…)

viene en sueños

nos conversa sus secretos

insensatos

hemos bebido amargamente

el elixir del olvido”.

(pag.35)

Un inusual poder de síntesis resumen muchos textos poéticos de este libro pero que no condescienden al nivel expresivo del aforismo ni de la sentencia. Es en el poema que el escritor nada como pez en el agua; su hábitat natural es el poema, aun cuando muchos poemas puedan ser leídos como lacónicos meandros sintácticos escritos en cálamo currente .

El lector siente una empatía espiritual con el autor de estas páginas y una deuda intangible se fragua entre el lector y el creador de las “Vocales de Ceniza”.

Me enternecen los versos que transcribo a continuación para el solaz disfrute del hipotético lector de estas breves líneas:

“(…) amanecen ríos de luz

entre dos sombras”

(pag. 37)

Muchos poemas de este libro son excepcionales y merecen formar parte de una futura antología de poesía venezolana del siglo XXI.

José Francisco Ortiz se revela ante los lectores del nuevo siglo como una voz alfarera de enigmas expresivos que requieren espíritus despiertos y ávidos de un saber expuesto en imágenes luminosas que sólo pueden ser dichas a través del poema. Como dice el poeta: “Tengo por ciertas

Las palabras de Goethe

En el amor deben ir juntos

Mirada, deseo y goce”.



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