Arturo Uslar Pietri o la constancia con la escritura.
Carlos Yusti
El estilo de Arturo Uslar Pietri nunca me gustó del todo. Había como mucha enciclopedia, como mucha erudición caletreada. Siempre lo tuve encajonado como un escritor sin talento ni ángel, pero con mucha constancia para trabajar los géneros, con mucho trabajo humano con las palabras y eso le salva.
Como novelista sacó a la novela de esa pastosa apoplejía de campo y personajes galleguianos. Novelas como las Lanzas Coloradas y El camino del Dorado hoy se dejan leer sin que uno llegue a bostezar. Su gran novela malograda, y que en lo particular prefiero, es La isla de Robinson. El personaje principal como lo es Simón Rodríguez, alias Samuel Robinson, resultó un muñeco con mucho aserrín y poca alma rebelde y mal hablada. Su otra novela que roza la perfección podría ser La visita en el tiempo en la cual historia y ficción novelesca se entrelazan para brindar una pintura con buena armonía con en el color. Por esta novela fue acusado por algún cagatinta cultural como plagiario. Acusación algo desproporcionada y que hizo su daño respectivo. No obstante Uslar pasó esta estocada con mucho donaire.
Cuando era un agrisado estudiante de bachillerato el primer cuento que leí de Uslar fue Simeón Calamaris. Me impresionó la historia por sus elementos bizarros. Un cadáver en una camilla de morgue sirve de pretexto para tejer una historia morosa y con cierto morbo. Su otro cuento genial es Baile de tambor. Aquí está el Uslar vanguardista. Maneja el tiempo a placer y la historia va y viene con un fulgor trepidante con ritmo de tambor negrero de fondo. Uslar como cuentista tuvo mucho más dominio de los personajes y como que asumía más riesgos a la hora de escribir y desarrollar las tramas. No por casualidad rescribe un cuento cuyos personajes centrales son Tío Tigre y Tío Conejo. Así lo propio con un relato de la etnia Pemón, "Maichak" y lo convierte en una joya indiscutible de realismo mágico.
Otro aspecto destacado de Uslar fueron sus múltiples facetas: diplomático, político, hombre letras, columnista, humanista y un etcétera variado. Roles que asumió con aplomo y categoría. Siempre la intelectualidad de izquierda le tuvo ojeriza ya que lo consideraban del opus y la oligarquía. Siempre se le tuvo como un intelectual que defendía los intereses de los poderosos.
Uno repasa algunos textos de su columna de prensa, Pizarrón, y descubre un pensamiento ladeado hacia el humanismo. Era el maestro de todos y sus clases a través del vil papel periódico dejaba en claro su innegable vocación por el país.
Fue un escritor que igual que Aquiles Nazoa descubrió que la televisión era un excelente medio educativo y formativo. Su programa Valores Humanos era cátedra abierta sobre el saber universal. Hablaba con fluidez de Alejandro Magno, los sarracenos y las civilizaciones a la ribera del Nilo con sabiduría transparente. Nunca subestimó a sus amigos invisibles y ventiló en su programa su visión particular del arte, la literatura y la cultura como síntoma de humanidad. Hizo alarde de erudición y lectura sin pedantería rebuscada. Las cuatro estaciones de Vivaldi era el leitmotiv de su programa y luego en calle la gente de a pie al escuchar los primeros acordes decía la música de Uslar y se sentían unos eruditos con oído musical.
Los politicastros de oficio lo citan sin leerlo y aquella frase "Hay que sembrar el petróleo" todavía les funciona y se ha convertido en la muletilla ideal cuando hablan sobre la diversificación de la economía y otros tópicos en ese tenor.
Yo leo mucho al Uslar ensayista para aprender a manipular las palabras y la enciclopedia. Aunque prefiero el ensayo menos almidonado, menos enfático y con algunas ventanas de humor reconozco en él a un ensayista con mucho trabajo de martillante lucidez.
Todavía el país sigue sin sembrar el petróleo. En la política y la cultura no hay criaturas interesentes. De valores humanos andamos todavía algo escasos. Alejandro Magno es el alias de un azote de barrio y los amigos invisibles son un grupo de musical juvenil. A pesar de todo Uslar es un maestro y en su escritura sopla un viento clásico sin igual. |