La petrochequera repleta de dólares que camina por América Latina, es una suerte de explosivo de nitroglicerina con un detonador oxidado, que pretende acabar con los mecanismos de integración que desde hace unos cuarenta años, poco más poco menos, se han venido consolidando en este empobrecido y atrasado continente. Han sido formas de encuentro entre los países latinoamericanos, que han rendido sus frutos en la creación de mercados un poco más grandes. Pero también en política han tenido sus éxitos. Un ejemplo fue el G3 con el Grupo de Contadora que, conjuntamente con Panamá, contribuyó a la pacificación de Centroamérica. No es poca cosa el haber impedido que los habitantes de estos países siguieran matándose en guerras interminables.
El Pacto Andino, firmado en 1969 en Cartagena, dio lugar a lo que conocemos como la Comunidad Andina de Naciones y es una organización subregional formada por Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela, vale decir los cinco países que liberó el icono de esta bonita revolución. Hasta por esa razón sería dable preservarla, pues hoy Bolívar lo encontramos hasta el fastidio en cuanta organización se le ocurra crear a este régimen. Todo es obsesivamente bolivariano, al menos en su denominación.
Lo cierto es que la CAN no es una organización a la que alguno de sus miembros pueda dinamitar porque no se ajusta a sus caprichos subimperiales. No lo creo, debido a que se trata de un ente formado por órganos e instituciones, agrupados en el Sistema Andino de Integración (SAI), entre los que están: el Consejo Presidencial Andino, el de Ministros de Relaciones Exteriores, la Comisión de Ministros de Comercio, el Parlamento Andino, la Corporación Andina de Fomento, el Fondo Latinoamericano de Reservas y hasta una universidad llamada Simón Bolívar, que tiene su sede en Ecuador.
Acabar con todas estas instituciones por un cúmulo de sinrazones debe resultar cuesta arriba. Imagínense que hasta se eligen a los miembros de su parlamento en los procesos electorales en cada uno de los países miembros. Han sido mecanismos de integración que se han blindado con su macroestructura -jurídica, política y económica- y no deben ser las extravagancias de un mandón las que dinamiten a la CAN. Vale decir, que a estas alturas un gran número de venezolanos dependen de manera directa o indirecta de las múltiples actividades de este organismo. Y ni hablar de los otros cuatro países, cuyas economías tienen una dinámica importante en este mercado subregional.
Pero no se trata del simple intercambio comercial libre de aranceles, sino que también se han realizado grandes esfuerzos para conseguir una integración física y fronteriza en materia de transporte, de infraestructura, desarrollo fronterizo, en telecomunicaciones y también en lo cultural, educativo y social. Se realizan tareas. Igualmente, de coordinación de políticas macroeconómicas, de propiedad intelectual, inversiones, compras del sector público y en políticas agropecuarias comunes. La CAN realiza negociaciones con el Mercosur, Caricom, Panamá y Centroamérica y tiene relaciones con la Unión Europea, ALCA. OMC, Canadá y Estados Unidos.
La Comunidad Andina agrupa a estos cinco países, que juntos tienen una población que supera los 105 millones de habitantes, con una superficie de 4,7 millones de kilómetros cuadrados y su PIB es de 285 millones de dólares. Como dicen los expertos es una subregión, dentro de Sudamérica, con un perfil propio y un destino común.
Pero este perfil y este destino están en la mira de las excentricidades de quien se ha propuesto salvar a la humanidad, con un proyecto que se sostiene en las simpatías transitorias que genera una petrochequera llena de dólares, que son repartidos a discreción por un irresponsable mesías de mentalidad retrograda y totalitaria. De tal suerte, que para su autosatisfacción se ha planteado acabar con los mecanismos de integración regionales, para construir una especie de subimperio a su medida, donde la primera y la última palabra la tengan Fidel, él y Evo, en ese orden.
El mini imperio arcaico y bananero que pretende crearse este desaforado personaje de la Latinoamérica desperdigada y hambreada, pasa por destruir otros mecanismos de integración, como el G3 y Mercosur, del que Venezuela todavía no es miembro pleno. Pero, justamente, el exterminador quiere su ingreso para intentar acabar, desde adentro, con este Mercado Común del Sur. El plan ya fue pergeñado en la isla de la felicidad, por esos dos protervos talentos, que quieren convertir a este continente en su pateadero, según el modelo miserable impuesto en Cuba y en Venezuela y que recientemente se estrena en Bolivia, el país más pobre de la región.