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Poesía escrita en la intemperie de las emociones, con los nervios al aire y con los sueños despeinados en los márgenes de la ciudad. Este nuevo libro “Razones de Noctívago” reúne un conjunto de libros poéticos (algunos bastante delgados) dispersos por el tiempo y por el número de ejemplares impresos (100 o 500), libros desencuadernados como la vida de Arévalo, informes criaturas de papel que tratan de otorgarle perfiles poéticos a estos parajes de hormigón, que intentan forjar la carne metafórica a esta esquelética urbe de cabilla y concreto armado, que hace lo posible por proporcionarle importancia al paisaje dibujado a regañadientes en las pupilas de una mujer que pasa, de un par de piernas que se confunden con la línea enrojecida del horizonte. Poesía hecha con la ortografía candente de los días. La poesía de Arévalo es un recuento del rostro menos luminoso de la ciudad y su desarraigo con los espejos es definitivo ya que no busca ser el reflejo de eso que comúnmente se acepta como bello y asume el riesgo de mostrar un mundo sórdido que esconde siempre una metáfora menos trillada y empalagosa. Su poesía es un mapa de sus emociones, de lo odiado y lo amado, de todo aquello que le enerve y lo saca de sus casillas para situarlo en los bordes de esa respuesta desolada y baldía que es muchas veces la poesía. La poética de Arévalo en su conjunto respira el aire canalla de la calle, de ese suburbio atiborrado de prostitutas, chulos, borrachos, buscavidas y todo los malvivientes que pululan en esos abismos de la ciudad. Arévalo rastrea esa belleza otra. Como poeta sin prejuicios saca partido estético de ese mundo nocturno del bar (esa otra iglesia donde el barman escuchas las confesiones más insólitas y ofrece el vino de manera prodiga) y el burdel. Como incansable noctívago se curtió la piel con el sacramento de los bajos fondos. Al final su poesía es una música en constante pugilato con la vida la cual siempre toma su revancha sobre cualquier escritura. Celebro este libro “Razones de Noctívago”, esta suma poética por muchas razones, pero la menos gastada sería por su despiadada y descosida poesía, de ese verbo poético hecho con retazos del alma, con fragmentarios recortes de una vida llevada en volandas, de una existencia curtida en ajenjo y madrugada. En muchas ocasiones nos encontramos en estos parajes de hormigón. Conversamos sobre este oficio de hacer malabares con las palabras bajo este cielo de forasteros que es Ciudad Guayana, con esa serpiente viva y cambiante del lenguaje o como él lo ha escrito: “En Puerto de Tablas—cielo de forasteros—mi trabajo es lo más parecido al de un encantador de serpientes”.
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