AL OIDO DEL DESCONOCIDO LECTO
¿Qué libros merecen ser amados por sí mismos?

Néstor Rojas

 

Lo fragmentario, más que la inestabilidad (la no fijación), promete el desconcierto, el desacomodo
Maurice Blanchot

 

El gozo por amor a sí mismo

San Agustín formula en La doctrina cristiana una oposición fundamental entre el uso y el goce: Gozar, dice, es en efecto, apegarse a una cosa por amor a ella misma. Usar, por el contrario, es convertir el objeto del cual se hace uso en objeto que se ama, en caso de que sea digno de ser amado.

¿Qué autores merecen ser gozados?, pregunto yo desde esta orilla oscura del tiempo que declina, ¿qué libros merecen ser amados por sí mismos? Si alguien lee un libro por amor a su lectura, lo hace a lo sumo por conseguir placer, por distraerse y no por otra razón. Si lo usara como vía de estudio entonces únicamente persigue el conocimiento en sí mismo que expone la ciencia. Pero dice Montaigne que "quien ande en busca de ciencia, cójala donde se aloje, que yo no profeso tenerla". Este goce del cual hablo, según Platón y Kant, produce conocimiento. Un conocimiento inmediato y mediato por conceptos e imágenes. Se da entonces que el medio para conseguir ese goce es la intuición. "Pero esta intuición sólo tiene lugar en cuanto que el objeto nos es dado, lo cual sólo es posible, al menos para nosotros los hombres, cuando el espíritu ha sido afectado por él de cierto modo". (Kant). De acuerdo a la lógica kantiana, para que se produzca el goce la lectura de un libro debe producir un efecto inmediato que active la sensibilidad o esa capacidad receptiva que nos permite recibir la representación de los objetos. La sensibilidad es entonces la que nos ofrece las intuiciones y el placer, pero el entendimiento concibe y forma los conceptos.

 

Cómo leer y no morir de aburrimiento en el intento

En el libro El ABC de la lectura, el autor, que no es otro que el poeta Ezra Pound, señala que sólo pretendía llenar la necesidad "de una explicación más completa y sencilla del método esbozado en su libro Cómo leer, donde en 45 páginas enseña a las personas cómo abordar la lectura de un libro y no morir de aburrimiento en el intento. Es decir, él sólo desea continuar la tradición de Gastón París y Salomón Reinach, quienes decían que el libro ideal es el que puede ser leído "por placer y también por provecho", por quienes, según el poeta, ya no van al colegio, o por quienes en sus días colegiales debieron padecer las mismas cosas que hicieron sufrir a casi toda mi generación.

Pound al fin del libro dirige unas palabras "a maestros y profesores con el deseo de volver más interesantes sus vidas y destinos y evitarles incluso el innecesario aburrimiento en el aula". Y para que éstos se los eviten a los alumnos. Habla Pound de los gustos en cuanto a libros según las edades, y al respecto dice: "No hay motivo para que a un mismo hombre le gusten los mismos libros a los dieciocho y a los cuarenta y ocho años. Existen divisiones y disociaciones que no especificaré, pues no creo, a mi edad, que deba forzar mi gusto de hombre maduro sobre el lector más joven. Gracias a Dios existen libros que uno disfruta MAS antes de los veinticinco años, y otros que AUN pueden leerse a los cuarenta y cinco, y que todavía podremos releer con un pie en la sepultura". Después de esto escribe que se puede claramente enseñar a un hombre a distinguir entre un tipo de libro y otro. Y hace una clasificación sobre tipos de libros: "A Libros que se leen para desarrollar nuestras capacidades: para saber más y percibir más, más rapidamente de lo que se percibía antes de leerlos. Y B Libros que se han escrito y sirven de REPOSO, droga, opio, lechos mentales". Para Pound el mejor método para aprender a leer es leyendo los mejores libros que se pueden encontrar, y no siguiendo los consejos de "los astutos manuales" que son escritos para ganar dinero.

 

Cada lector es un libro

Para leer, dice Gabriel Zaid "no hay receta posible. Cada lector es un mundo, cada lectura diferente. Nuevas aguas corren tras las aguas, dijo Heráclito; nadie embarca dos veces en el mismo río. Pero leer es otra forma de embarcarse: lo que pasa y corre es nuestra vida, sobre un texto inmóvil. El pasajero que desembarca es otro: ya no vuelve a leer con los mismos ojos. (…) Un poema se deja leer de muchos modos (aunque no de cualquier modo: el texto configura el "mundo de lectura que admite"). Cada método especial se convierte en receta, en vez de enriquecer la lectura, le reduce a ejercicio estadístico, sociológico, etc. Leer de muchos modos, renunciando a las recetas, pero aprovechando los "ojos" que dan los métodos conocidos (y otros que se pudieran inventar) puede ser otro método: el de leer por gusto.

"Cuando se lee por gusto, la verdadera unidad «metodológica» está en la vida del lector que pasa, que se anima, que actúa, que se vuelve más real, gracias a la lectura".

"¿Cómo leer poesía? Embarcándose. Lo que unos lectores nos digamos a otros puede ser útil, y hasta determinante. Pero lo mejor de la conversación, no es pasar tal juicio o tal receta: es compartir la animación del viaje".

La lectura como viaje

Se pone en común lo que infunde ánimo: el viaje. El autor y lector se comparten el texto, es decir: dan su alma, participan en el movimiento que implica la lectura. Pero sólo el lector es viajante: va de una parte a otra, a un lugar distante entre caminos como senderos que se bifurcan. Cuando el ánimo disminuya, disminuirá también el interés por seguir viajando. Por eso "el lector es contemporáneo del texto que lee", según opinión de Augusto Roa Bastos. Y "el autor no es más que su antepasado", que se queda atrás, en el comienzo del libro. "Para el lector que abre un libro nuevo, la lectura es un lance inédito. Su imaginación circula libremente sobre esa superficie lisa, recién inaugurada, que hace olvidar el manuscrito. Al lector no le perturba la prehistoria del libro: ese subtexto abolido y ausente cuyos desechos quedaron entre los remordimientos y las vacilaciones del autor.

La geología de las correcciones, de las entrelíneas, de los agregados al margen, las dudas, los secretos, los paroxismos, los desfallecimientos de la escritura, todo eso ha desaparecido bajo la mancha de las tachaduras. La imprenta ha hecho su trabajo de aplanadora. Una topografía flamante, impersonal a primera vista, uniformizada sobre el modelo del volumen impreso, se extiende ahora delante de sus ojos.

El autor es rechazado de este nuevo espacio, que es segregado de él, aunque mantenga su nombre en la portada como signo inicial e indicial de la irrealidad del mundo que se ofrece en el interior del libro.

La tarea es ahora del lector que tiene que hacer que el texto no escrito se escriba en su interioridad, se proyecte en la pantalla de su intimidad, en la cámara oscura de sus sentimientos, ideas, obsesiones, recuerdos, olvidos. El libro que se cae de las manos del lector define su muerte pero también la del texto.

Para el autor la situación es menos generosa y más perversa. La obra, su obra, una vez impresa, se ha apartado de él. Hubo un tiempo, es cierto, en que en tanto escritor y lector primero de los borradores que le dieron origen, escribía y leía a la vez el texto informe y futuro. Ese tiempo de la obra se ha esfumado para él con la publicación del manuscrito. Hablo de la obra vida, ésa que se ha consumido a fondo, en un tiempo irrepetible, una experiencia de vida y de mundo a través de sus genuinas formas de expresión. El autor del que hablo es aquel que ya no puede volver a leer lo que ha escrito sino como el texto que no ha escrito aún, que está en trance de escribir y del cual sólo tiene el presentimiento.

Así, un texto es en apariencia uno solo y otro completamente diferente: el que escribió el autor, el que lee el lector. ¿Cuál es el vacío que los separa o el espesor que los identifica? ¿De qué modo funciona la oposición entre el que teje los signos y el que los desflora?

El hipócrita lector desconocido

Es indudable que se escribe para un lector desconocido —hipócrita lo llamó Baudelaire— ubicado en el tiempo y en espacio también desconocidos. La época histórica de ese lector, (que se pregunta: "¿para qué leer?"), no está determinada, pero el escritor, (que se hace también las preguntas: "¿por qué escribir?", "¿para quién escribir?"), escribe para "sus contemporáneos, a sus compatriotas, a sus hermanos de raza y clase" (Sartre).

Todorov señala que el papel del lector es ilimitado, decisivo y que toda la literatura se encuentra amputada a su dimensión universal. "El lector (y también, pues, el autor y el sentido mismo de la obra) se caracterizan por su historicidad". También Mijail Bajtín subraya el papel preponderante del lector quien decide, tanto como el autor, el sentido de un texto: no porque pueda proyectar en éste cualquier sentido, sino porque el autor escribe en vista de un lector, anticipando su reacción, y porque también él es un lector de sus predecesores.

Pero Bajtín apunta una advertencia: "El autor no puede jamás entregarse enteramente, a sí mismo y a toda su obra verbal, a la voluntad completa y definitiva de los destinatarios presentes o cercanos (los descendientes cercanos pueden equivocarse igualmente) e imagina siempre (siendo más o menos consciente de ello) una especie de instancia superior de comprensión fiable. (…) Esto resulta de la naturaleza del discurso, que quiere siempre ser escuchado, que busca siempre una comprensión fiable y no se detiene en la más inmediata comprensión, sino que se abre un camino cada vez más lejos (sin límites)". No habla Bajtín de un lector presente, inmediato, sino de un lector más allá que entienda la cabalidad de la obra, que la comprenda, un lector imaginario que sea confiable que descifre la verdadera naturaleza del discurso. Todorov lo señala como un "super-destinatario", diferente a los destinatarios particulares e históricos.

Lector del libro que todos escribimos

"¿Qué es un libro que no se lee?", se pregunta Maurice Blanchot, y se responde a sí mismo con una simple verdad: "Algo que todavía no está escrito". Leer no sería entonces escribir de nuevo el libro, sino hacer que el libro se escriba o sea escrito, esta vez sin intervención del escritor, sin nadie que lo escriba. Es el lector el que libera al libro de la servidumbre del autor y del peso de la autoría. Al leerlo lo hace suyo, es decir, le otorga esa condición de texto que es cuando se lee. Le da un sentido diferente al que pretendió darle el autor. O lo que es lo mismo: hace otro texto que se transforma constantemente en el cruce de las voces, y que tiene diferentes comportamientos frente a las voces de muchas culturas. Es el lector entonces quien convierte la palabra en realidad, en vez de hacer lo real en palabras.


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