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Columnistas
 

Sin enmindas  
por Diana Gámez

Olimpíadas endógenas de la corrupción

  Al ver el panorama infinito de la corrupción es fácil inferir que es un recurso cultural altamente rentable y siempre renovable, usado para perpetuar la revolución. Sólo así puede explicarse semejante crecimiento en todas las instituciones. Ninguna escapa al ejercicio trapacero que siempre intenta ir más allá: saltar más lejos y más alto que el mejor de la especialidad en la que compiten.

 Aupada y estimulada, recuerda aquella frase del célebre Gonzalo Barrios, quien dijo simplemente que en Venezuela no había razones para no robar. Esto explica que haya habido tantas para hacerlo durante la pasada etapa del bipartidismo, que por lo demás dio su buena contribución para que hoy estemos sufriendo este desmadre, llamado por sus excelsos creadores, socialismo del siglo XXI.

 Como ya se ha dicho, por ahora, estamos viendo sólo la punta del iceberg. Todavía el escaso calentamiento no nos permite apreciar lo que hay en el gimnasio (en)cubierto, donde se entrenan los más conspicuos "despotistas" de la corrupción nacional. Han salido algunos con cierto peso, que han dado sus golpes, no muy certeros por cierto, a unos rivales que le han surgido de manera más o menos sorpresiva. Casi un boxeo de sombra, que muy probablemente se quedará allí, pues fue una estrategia de desgaste, dirigida a uno del que querían salir. Este round se quedará allí, las piernas de este contendor no aguantarán más y se pondrá de rodilla, como siempre estuvo.

 Esta suerte de olimpíada endógena de la corrupción que apenas se inicia nos depara grandes sorpresas, que harán que los vagabundos del pasado queden como unos pobres robagallinas. Entre otras cosas, porque hay más dinero que nunca producto de los elevados precios del petróleo, y porque a todos los venezolanos nos sustraen de nuestros devaluados sueldos unos impuestos sobre los que no existe ningún control. En el Seniat hay fiesta todos los años por los récords de recaudación, y el gran jefe de ese organismo es el más celebrado de los funcionarios públicos del régimen, que distribuye su imagen a todo lo largo y ancho del país a través de innumerables vallas y pancartas. Su mérito: desangrar a los trabajadores y ser el gran pitcher del mandón.

 La corrupción está fríamente calculada, pues permite que las "pandillas cleptómanas se transformen en servidumbre timorata", tal como lo advierte Argelia Ríos en su artículo del viernes 31 de marzo. Es una manera de controlar a los adulantes del entorno, que se enriquecen gracias al erario público, pero son incondicionales con su amo y señor, quien los mantiene como unos corderitos con la cabeza gacha, mientras son regañados y pateados sin piedad. Pierden su dignidad pero tienen plata, como se diría. Tan es así que los que son eyectados, expulsados y sacados de sus puestos sólo atinan a decir que están a la espera del destino que el gran timonel les tiene reservado.

 El lema es corromperse y callar por el resto de sus días. Están entrampados en la madeja de sus ambiciones y en los artilugios de control que el régimen ha diseñado, para evitar que alguno de ellos abra el pico y entone la canción del corrupto del siglo XXI. Pero al mejor cazador se le va la liebre. Es así, que surge alguien que siente que tiene buena voz y se lanza a cantar una que otra melodía del sórdido repertorio de este quinto patio, que se jacta de ser la tapa del frasco, en cuyo nombre no dejan de descorcharse botellas y más botellas de Don Perignon y escoceses de 18 años en adelante.

 Las cuentas de esta boliburguesía no bajan nunca de siete cifras, y son canceladas en efectivo en los más costosos recintos del buen comer y del mejor beber de este ex país. La oligarquía revolucionaria se da la mejor de las vidas, mientras lucha a brazo partido para perpetuar en el poder al gran benefactor, al benemérito del siglo XXI, que ha manejado la hacienda pública como lo hizo su par Juan Vicente Gómez.

 Lo cierto es que la llama olímpica camina por los meandros de la corrupción, en las manos de los más destacados "despotistas" del régimen. Cada uno hace su mejor esfuerzo para ganar esta competencia, quieren obtener el primer lugar en la disciplina de acumular la mayor cantidad de billetes verdes y engordar así sus ya obesas cuentas bancarias. Desde hace siete años se dio la partida y todos se esmeran por "ganar ganar" en esta olimpíada de la corrupción endógena, que se celebra en la patria que creó nada más y nada menos que: la V República, la revolución bonita y el socialismo del siglo XXI.