Rafael Rattia


La metáfora subordinada

Cuando la singularidad se arredra y subordina al todo -valga decirlo de una vez- totalitario; cuando el individuo es aplastado por el aparato estatal que pocas veces deja de ser estatalista, ¿en presencia de qué estamos? En qué punto estamos cuando el todo engulle y tritura las partes que lo alimentan y constituyen?.

El poeta es una individuación que forja el lenguaje, lo pule y lo cuida de los bárbaros. El acto solitario de creación del discurso metafórico, la fragua del signo metalingüístico en los procesos de creación verbal no puede llevarse a cabo desde el estridente bullicio de la turba. Es radicalmente imposible escribir un buen poema en medio de la algarabía ensordecedora de un mitin político-partidista. Ya Fernando Savater lo dijo de modo insuperable en su iluminador ensayo titulado PANFLETO CONTRA EL TODO: "la colectivización forzada de todo lo verdaderamente singular es el mayor atentado que puede concebirse contra el individuo".

Me resisto a suscribir la peregrina tesis según la cual el poeta debe subordinar su discurso a la propaganda ideológica de causas redencionistas y/o emancipatorias de los más diversos signos.

El poeta no es, necesariamente, un "pedagogo" ni un artífice de doctrinarismo catequístico; el poeta no tiene filiación alguna con cruzadas evangelizadoras, ni anda de puerta en puerta ofreciendo "quimeras sociales" ni "utopías políticas" de baja ralea en nombre de paraísos terrenales ni de ciudades doradas. Este no es el tiempo de la "escritura comprometida" que vive cazando injusticias para emborronar manifiestos a la opinión pública en nombre de revoluciones reales o imaginarias. ¡Atención! Cuidémonos de esos esperpentos literatos que van por los caminos repartiendo recetas de liberación; sus monstruosas intenciones nos quieren redimir compulsivamente de no sé qué cosa, aquí y ahora.

Huid de ellos como si de la peste negra se tratara. Alejaos de esos escritores que desean "liberarnos" de nuestros adorables infiernos personales. Darles la espalda a esos "poetas" que hipotecan su independencia criteriológica es un imperativo categórico insoslayable. Por doquier observamos una espeluznante proliferación de intelectuales tratando de imponernos sus demónicos "puntos de vista" sobre la sociedad y su inasimilable futuro. Muchos poetas que antes se atrevían a expresarse con absoluta libertad, hoy tienen un razonable temor de hablar y decir lo que sienten por miedo a ser catalogados como "traidores a la patria". Obviamente, no es de buen gusto ser considerado "contrarrevolucionario", "oligarca", "gusano antibolivariano", "golpista", por el simple hecho de no firmar un documento a favor del modelo de sociedad que a la fuerza se nos quiere imponer en nombre de una ilusoria "sociedad feliz y paradisíaca".

El lenguaje que emplean los poetas enrolados y alistados en las filas cerriles de la revolucionarización compulsiva de la historia es un lenguaje chato y reductivo. Dicho lenguaje no pasa de unos pocos clichés prefabricados que vienen envueltos en pobres consignas que no seducen ni movilizan a la intelligentzia nacional hacia ese adefesio seudocivilizatorio que por nueva sociedad pretenden hacernos comprar. La semiótica que subyace a toda la palabrería hueca y amañada de la revolución es desalentadoramente pobre y denotativamente menesterosa. Cuando el léxico pierde expresividad es porque el espíritu acusa una desolación innombrable y la poesía que se está escribiendo desde las alturas del poder es una poesía profundamente desespiritualizada. Mucha consigna huera y carente de verdadero contenido humanista es lo que se está entronizando como "estética verbal" oficial. El doctrinarismo ideologizante, la pulsión colectivizadota de la desindividuación desautonomizante del sujeto libre crea ilusorios cartabones verbales que imposibilitan una correcta dicción y una adecuada prosodia oral. Queriendo "transformar la realidad" a la fuerza terminan vaciando los potencialmente fértiles contenidos de la imaginación.


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