Un relato de Rafael Rattia

"Cuando despertó..."

Diez, quince, veinte, quién sabe cuántos años. No como dice el cuento más corto del mundo, del inigualable Maestro del cuento hispanoamericano Augusto Monterroso; "todavía el dinosaurio estaba ahí". No. Tampoco es un relato de ficción. Ni una gaseosa secreción eidética de una mente desocupada y calenturienta de algún extraviado espíritu "resentido". Pasaron tantas lunas, desde entonces, oh luna lunita de seda ¡por Dios! ¿qué tienes tú que ver con todo esto?... y tantos soles; corrió tanta agua por debajo de los puentes reales o imaginarios de aquellos tristes y melancólicos habitantes de la tercera orilla del Gran Río que cuando despertó de la insomne pesadilla estructural no se vio convertido en un horrible escarabajo al estilo de Gregorio Samsa. No. Ni eso. Fue mucho peor cerciorarse que estaba de vuelta a una "realidad" más espeluznante que todas las realmente imaginables. Con razón se decía en ciudad fluvial que lo más verdadero y auténtico procedía del inefable mundo o submundo (léase inframundo) de la indomable imaginación. El estruendo del shock mental fue de tales dimensiones que dudó por un instante en asimilar que efectivamente estaba de regreso a la realidad. Luego de largos y prolongados quinquenios de radical exilio debió aceptar que nada había cambiado desde su obligada partida.
Se dijo: -No es nada fácil volver a atravesar el río de la vida después que se ha cruzado el Aqueronte.

Entre cavilaciones y desvelos de Ulyses, Winnenbourg seguía ahí negándose a morir, consumida en su pastoso e insufrible tedio de todas las horas. Aquél superMac-Ondo ciertamente transcurría su morosa existencia de espalda al eterno fluir heraclitano; sus calles, si por tales podía tenerse sus tres pelagatos caminos, conservaban los mismos cráteres de toda su centenaria "Historia". La energía eléctrica era rigurosamente "racionada" en horarios inflexibles y el suministro del llamado "vital líquido" era una quimera sólo comparable con alguna invención utópica medieval. Eso sí: todos se comían el hígado recíprocamente con puntualidad relojeril. El denuesto y el dicterio contra el semejante seguía siendo moneda de uso corriente desde que los insulares avecindados -dícese que fundaron ciudad fluvial-.

La maledicencia y el vituperio gratuito continuaban siendo mecanismos "lícitos" y socialmente aceptados para trepar por entre los entramados enmarañados de la dudosa (así se decía sotto voce) administración pública. La coima, la mordida y el matraqueo formaban parte intrínseca de los rasgos constitutivos de la turbia ética del funcionariado que integraba el Leviatán gubernativo. Nunca pasó por su mente que al despertar de aquella kafkiana pesadilla iba a corroborar con inaudito estupor que el futuro estaba clausurado por adelantado. Ciudad fluvial vivía entre un pasado enteco y amañado y un eterno y embalsamado presente que no le envidiaba la gélida petrificación propia de las tumbas. Tanta hostil y agreste realidad sobrepasaba con creces su capacidad de asombro pero ya era demasiado tarde para regresar al sueño eterno del cual nunca quiso volver. Muy a su pesar siguió viviendo por cortesía para estupefacción de sus coterráneos.

 


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