En torno a
“LAS TINTAS DEL ESCRIBA”

RAFAEL RATTIA

Ángel Galindo es un joven y prometedor poeta nacido en Caracas-Venezuela, en 1975; hijo del egregio e imperecedero Poeta Mayor Elí Galindo: sí, el mismo “ángel caído” de nuestras letras nacionales artífice de la más lúcida vanguardia lírica baudelaireana de la hispanoamerica del siglo XX. “De tal palo, tal astilla” se dice en lenguaje criollo. “LAS TINTAS DEL ESCRIBA” (Poesía, Colección Vitrales de Alejandría, Grupo Editorial Eclepsidra, 1ª edición 2000, Caracas-Venezuela, 68 páginas) corrobora la impecable continuidad de una acendrada vocación poética que se prolonga hasta nuestros días sin hacer concesiones sustantivas a la crasa obviedad que exhiben ciertos lenguajes panfletarios o abierta e impúdicamente doctrinaristas al uso ni a la abominable chatura semiológica de alguna trasnochada poesía salvacionista o de corte redentor que aún sobrevive entre los escombros socio-simbólicos y representacionales de una época que demolió y volvió añicos las más caras expectativas de los testigos privilegiados de su tiempo.

Este libro del poeta Ángel Galindo atestigua el antiguo proverbio árabe que afirma: “Los hombres se parecen cada vez más a su tiempo que a sus padres”. No obstante, Ángel y Elí se hermanan en una filía trascendente que va más allá del parentesco antropológico.

Asombra, por decir lo menos, constatar la invisible pero verídica línea de expresión poética de intachable belleza verbal que ostenta la música de las palabras que contienen las páginas magistrales de este libro.

Acaso sea una mera casualidad o caprichosa coincidencia que el libro se inicie con una sección titulada: “Trompetas de la calle infierno”? Yo digo: absolutamente no.

“Versos,

leídos y releídos,

¡y además escritos!

Sobre el verde pastizal del vivir”.

(p.7)

El lector se pregunta: ¿qué ama más el poeta, unos labios que se abren con delicada paciencia o los versos que salen de ellos y vuelan al viento para llevar vida, alegría, poesía y esperanza a quien tenga la fortuna de atesorarlos y disfrutarlos en el íntimo regazo de su lectura?

El poeta se subsume en las entrañas de las irresolubles contradicciones de la ciudad para develar sus irreconciliables antagonismos y, por interdicción del poema, acceder al esplendor de la vida y la muerte amonedada en el eterno símbolo de la ciudad como última casamata del espíritu humano.

El poeta habla así:

“Mirad sobre vuestros rostros (…)

cuidad vuestra barba (…)

¡Oh, excusadme en esta segunda oportunidad!

Unos versos atribuidos a la poetisa Praxila, quien probablemente nació y vivió en Sicione (Peloponeso durante los años 452-448 a.c) dicen:

“¡Amigo, ten cuidado! Bajo cada piedra se esconde un alacrán”.

Observe el lector y lea con atención los versos que transcribo a continuación extraída de “Las tintas del escriba” y detalle las zonas parangonables de ambos poemas:

“De las ramas de mi dedo meñique

colgaron de muchas sedas y se balancearon en la

impura

[atmósfera

los libros de mis hermanos poetas.”

(p.10)

Para solaz del lector prefiero ahorrarme comentarios.

Sólo quisiera acotar aquí que es muy extraño en la tradición poética venezolana encontrar versos de tan honda resonancia lírica universal escritos a tan corta edad.

Por las páginas de este libro reverberan auténticos ecos de umbrosas soledades que revelan el alma rebelde y desasosegada del poeta absorto ante la impronta de Velásquez, Vivaldi, Shakespeare y toda una innúmera legión de verdaderas fuentes fundacionales de la eternidad literaria y artística de la que la humana condición es imposible no ufanarse.

Es escritor desviste los harapos vanidosos de su alma inquieta e impoluta y reivindica la gloria inmarcesible que proporciona la derrota:

“¡Mi mejor compañía, la derrota!

¡Oh, dulce amiga!

Me habéis arrebatado la vida”.

(p.14)

En estos arrebatados y vehementes versos el poeta postula toda una cosmovisión literaria que se inscribe ¡y con cuánta sabiduría! –pertinente es acotarlo con énfasis- en la más acendrada tradición poética del mejor y más decantado insurreccionalismo lírico venezolano.

Este libro de Ángel Galindo –quién puede atreverse a dudarlo- es una magistral summa poética que debería ser leída con devoto fervor por las legiones de jóvenes poetas que se inician en la mágica travesía de la creación verbal en nuestro país.

Extraña manera de rezar la de este no menos raro poeta; sutiles e imperceptibles blasfemias atraviesan no pocas páginas de este conmovedor libro de Galindo. La nerviosa voz poética de un sujeto lírico que hurga debajo de los restos de una ciudad derruida por la insensibilidad de sus habitantes intentando encontrar entre tanto escombro algún ápice de amor de tanto cataclismo ontológico, de tanta diáspora sentimental. Ese amor que atormenta al bardo es compartido por quien ose leer este libro, pero sepa el lector que nunca podrá salir indemne de esa osadía.


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