ANAÏS NIN: COMO UNA DROGA.
Tununa Mercado

La escritora Anais Nin.

Waldo Franck la llamaba La Campanilla , como si en ella hubiera descubierto un sonido tintineante que lo seducía y enamoraba. Anaïs Nin era, sin embargo, como el nombre de uno de sus libros, una campana de vidrio en cuyo interior se mezclaban los elementos, las intuiciones, los sueños y el terror, los hombres y las mujeres como amantes intercambiables, el color, la forma y los sonidos. Anaïs Nin fue un ser inaugural en ese universo que empezó a poblarse casi tardíamente en los años sesenta pero que ella ya había fundado en los treinta: la llamada escritura de mujer y, ciertamente, la erótica de mujer, que revelaría posteriormente sus marcas literarias propias; ambas, escritura y erótica, concebidas como actos de audacia, tan de vanguardia como podían serlo el surrealismo y su postulado, el automatismo psíquico, y la no figuración. Pensar el Eros desde esa perspectiva de mujer y, sobre todo, escribir con un movimiento de aluvión, llevando, en el correr de la letra, el inconsciente y el imaginario como si fueran sujetos reales, ha sido el gesto poético de Nin.

Antonin Artaud le dijo un día: "la diferencia entre las otras mujeres y usted es que usted respira en el dióxido de carbono y exhala oxígeno". Dorothy Duddley le escribe: "Tenía la sensación de estar dentro de la naturaleza en La casa del incesto, un poema. Los poetas no son muchos. Usted lo es." John Charpentier, según Anaïs Nin, "lleva a las nubes La casa del incesto ". "Una belleza absoluta", escribe. "Es música. Una sinfonía. Me gusta su ironía. Uso único del lenguaje. Es Scriabin", le dice Stuart Gilbert. Si alguien creyera que en este libro, cuya aparición en castellano es un acontecimiento, podría encontrar un anticipo velado, que después se desnudaría de manera explícita en su libro Incesto décadas después, si buscara en estos "incestos" una confesión, paradójicamente estaría saliéndose de esa casa y de ese libro para leer o encontrar algo que Nin no escribió, es decir una verdad explícita, un hecho verificable.

En su diario de 1934-1939 Anaïs Nin describe, en julio de 1935, la clave de su relación con la literatura que La casa del incesto - todavía en busca de editor - ya había revelado y que Un invierno de artificio (cuya figura central es el padre) habría de condensar. Va al gabinete de Elizabeth Arden para relajarse distender el rostro. Acostada, con algodones sobre los ojos, entra en una especie de ensoñación, estilo proustiano: "Vi entonces a la vez el realismo exterior y el realismo interior del subconsciente, vi como podían confundirse o bien alternar armoniosamente, como lo hacen en la vida. Pasar de la fantasía a lo real, de la ensoñación al acto. Eso era lo que quería lograr. (...) Comencé a monologar sobre mi padre, me precipité a la máquina de escribir y escribí de un tirón cinco páginas sobre sus pies y sobre el drama de la proyección. Sé ahora como escribiré mi libro. Será un reconocimiento sin reserva a la influencia del subconsciente en la visión. En el interior y fuera del túnel de consciente y subconsciente, con todos los detalles realistas, como cuando se sueña despierto."

"Escribiré para ti. Esa será nuestra droga", le dice Anaïs a Sabine (la otra) en La casa del incesto. En la versión que Nin le envía a Otto Rank, suprime esa frase. Pero él ya la conocía y se lo recrimina: "No puede suprimirse, dice exactamente lo que sentí al leer el manuscrito en el tren. Es como una droga. Me desperté al llegar al final como si hubiera soñado. Si la gente acepta su lenguaje, entonces se drogará." Ningún paraíso artificial podría haber dado las imágenes de este texto, misterioso e inasible como una música insonora. Pero se necesita una disposición especial para reunir los vidrios de este espejo roto y, sobre todo, querer recomponer a Narcisa en las asociaciones libres de esta mujer que se creía Rimbaud y consideraba que La casa del incesto era Una temporada en el infierno en clave femenina.

Anaïs Nin, La casa del incesto , Traducción y prólogo de Ernestina Garbino, Córdoba, Alción Editora, 2002, 64 páginas.


Sumario |Cine| Arte| Ensayo| Libros
© 2006,Arteliteral