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Elogio de un león afeitado al autor
de Los Días Mayores: apología a Las Fiestas Macabras.

"Cuando me muera levanten / una cruz de marihuana / con diez botellas de pino y diez barajas clavadas / (...) / En mi caja de la fina / mis metrallas de tesoros".
Cruz de Marihuana, track 14 del CD Más Corridos Prohibidos, vol. 2.
La violencia en América Latina va más allá de toda coyuntura: Responde a un mal de índole estructural, valga lo repetido y lo desvencijado del término, que se escurre de nuestros cerros y urbanizaciones a la par del torrente que hermana en estulticia a las aguas servidas (¿a dónde, pues?) y a la sangre de trabajadores, desempleados, malandros y policías que desembocará (encunetándose y enrareciéndose) en los espacios estridentistas y amarillistas de diarios, radios y televisoras. Lamentablemente, los medios se han limitado a ser una ruidosa caja de resonancia, de la cual no se obtienen ni algunas soluciones posibles a tal problemática, mucho menos un cambio significativo del paradigma económico, político, cultural y social que empobrece a la mayoría de los latinoamericanos. El cineasta brasileño Glauber Rocha indaga en sus posibles causas: "El hambre del latinoamericano no es sólo un síntoma alarmante de pobreza social, sino la esencia misma de la sociedad. Así, nuestra cultura la podemos definir como una cultura del hambre. Ahí reside la originalidad del Cinema Nôvo en relación con el cine mundial. Nuestra originalidad es nuestra hambre, nuestra miseria, sentida pero no compartida. No obstante, nosotros la comprendemos: sabemos que su eliminación no depende de programas técnicamente elaborados, sino de la secularización del hambre que, al minar las estructuras, las supere cualitativamente. La más auténtica manifestación del hambre es la violencia" (Gubern, 1973: Pp. 126-127).
No es, entonces, un desperdicio abordar tales temas en la literatura. Por supuesto, sin resbalar en el cadáver exquisito hasta el hartazgo de la propaganda consolatoria de cierta izquierda (Lina Ron y Mario Silva rasgando la catódica pantalla con oxidadas hojillas), ni mucho menos fallar en la visión rococó, de narices respingadas y empolvadas en talco o rapé, de espontáneos (y) teóricos de la comunicación como es el caso clásico de Marta Colomina. ¿Quién duda de la violenta y estética coreografía de aqueos y troyanos en el teatro de operaciones que es Troya?; sólo voces agoreras afónicas en la ignorancia, el moralismo y la intolerancia. ¿O de estos contundentes versos de la tradición maya, en los que suceden la danza, las vueltas y el canto del arquero flechador en pleno sacrificio de un "hombre joven, virgen / inmaculado"?:
"Da la primera, a la segunda
toma tu arco, ponle la flecha,
apúntale al pecho, no es necesaria
toda tu fuerza
para asaetearlo, para no
herirlo profundamente en sus carnes,
para que sufra un poquito,
así lo quiso el dios
Bello Señor". (Rodríguez Carucci, 1992: Pp. 23-24).
Asimismo, manifestaciones de la música popular latinoamericana como el narcocorrido y el rap mezclado con el merengue y la salsa, desarrollan una épica marginal y finisecular que integra en un santoral o corte malandra a delincuentes, ñángaras, asesinos, ladrones y narcotraficantes, como respuesta intrépida a las dolencias físicas y espirituales, las ingentes necesidades económicas y las frustraciones de las clases más desposeídas, sobre todo el lúmpen-proletariado. Autores como Fernando Vallejo dan testimonios de ello en la intermitencia y fragmentación del discurso literario que descree de los paraísos terrenales forjados por la vocinglería mediocre de los partidos políticos. En el caso del narrador colombiano, especialmente en su novela La Virgen de los Sicarios (1994), el discurso hiperrealista - cónsono con una crítica implacable de lo postmoderno - esboza cruentos trazos del alucinado avispero homicida y suicida que es la ciudad de Medellín. La voz narrativa susurra palabras de amor a su sicario o gamín, para repentinamente estallar electrocutando la imagen y la voz bogotana de César Gaviria, a fuerza de una voluntad y de un pensamiento reaccionario revolcados en los camastros de casas de amigos, apartamentos vacíos y cuartos de hotel.
Sin embargo, a pesar de la contrariedad y la calamidad a la que nos somete el mundo (la vista a los lados y en el suelo - jamás en dirección al cielo -, el miedo y la desconfianza tratando de adelantarse en estrepitosa carrera bajo el acoso de las tinieblas), libros maravillosos nos pillan y encantan en la desoladora encrucijada de la desilusión. Es el caso de Los Días Mayores (2005) de Orlando Chirinos, su más reciente colección de cuentos. Luego de su plácida y sorprendente lectura, se nos antoja uno de los libros que desearíamos escribir alguna vez, tal como nos ocurrió veinte años atrás con la disparatada novela picaresca La Conjura de los Necios (1985) del malogrado y olvidado John Kennedy Toole. No es casual mencionar ambas obras al punto, pues se adentran en los arrabales y los bajos fondos de ciudades disímiles tales como Valencia y New Orleans; además de compartir una atmósfera hiperbólica, desgarradora e irónica que aprehende con pezuñas mugrientas el entorno de la marginalidad económica, social, cultural y vivencial de urbes descoyuntadas por ángeles burlones e impíos.
Magalys Caraballo, en la presentación del libro en la UPEL de Maracay, observó atinadamente la cualidad transgenérica de su discurso narrativo: Más que magnífica reunión de cuentos que bordean la maestría, simula una estructura cuasi novelística, de la cual el primer relato constituye la piedra de ángulo. Efectivamente, el pícnico superhéroe desdibujado en su tránsito accidentado y tragicómico por la ciudad, acometiendo su sacrosanta misión cada vez con mayor dificultad, visita un extraño museo que le distraía y conmovía la ya erosionada capacidad de asombro -recordemos que Superman pertenece a un Olimpo Post-industrial, no en balde su condición épica y mítica-: "Entre una incursión y otra sobre la ciudad, se concedía licencia para bajar al museo y allí se maravillaba cada vez más de las perversiones de aquella raza de mestizos deslenguados y alborotadores. Se detenía con especial atención en la momia de un general que en un hecho fortuito había sido degollado por su barbero de confianza pero que, cosa extraña, había continuado con su vida habitual durante larguísimos años, hasta fallecer de muerte natural, y en su cama. Así mismo, mostraban las armas y los utensilios del caso de un joven asesino, quien había sido tiroteado y muerto (al parecer de manera afrentosa) por la policía, y que fue sepultado tras varios días de brindis y banquetes en su honor; la aberración de una pareja perecida mientras fornicaban en el mar (...); la media metamorfosis de un hombre en un saurio descomunal, humano de la cabeza hasta la cintura, y de ahí hacia abajo con la corporeidad de un cocodrilo (...). Y, por último, la 'mascota' del museo: un cadáver bicentenario, al que había de someter de forma periódica a mantenimiento pues le continuaron creciendo el pelo y las uñas después de fallecido, así como cambiarle la ropa, ya que nadie entendía cómo pasaba, pero la momia seguía vaciándose de sus excretas como si tal" (Chirinos, 2005: Pp. 9-10).
Tal museo -de índole circense, si se quiere- no sólo compendia las anécdotas insertas en la mayoría de los cuentos del volumen, sino que representa la metaforización de la deconstrucción de su hilo narrativo, hasta el punto de establecer vasos comunicantes entre sí. La estructura novelística de este libro de cuentos, equivale a la novela de noveletas que es Sefarad (2001) del español Antonio Muñoz Molina; no es casual tampoco que este último título se refiera a la marginalidad patente en la exclusión por la intolerancia religiosa, racial y política, amén de sus virtudes discursivas que exceden los artificiales límites impuestos a los géneros literarios. El museo puede ser una aparatosa pirámide en la cual se guarda, en el celo de las maldiciones, las trampas mortales y los pasadizos postizos, el cadáver del texto narrativo convencional, previsible y esclerotizado, materializado en su antípoda llagada en digresiones. Magalys Caraballo (2000), presentando esta vez la novela En virtud de los favores recibidos, resume la actitud escritural de Orlando Chirinos: Es "la intencionalidad de un escritor comprometido directa e indirectamente con las técnicas narrativas de la novela finisecular, en la que el narrador se asume como el artífice de un mundo ficcional fragmentado que construye cuando asume la función lingüística de la enunciación narrativa para relacionarse, simularse o espejarse en los demás elementos ficticios que conforman el espacio textual" (p. 1).
La técnica narrativa va aparejada al tratamiento del tema que es la apología a la marginalidad. Si revisamos los relatos Sagrado vino de los dioses y Cegato como Homero, por un lado, y los titulados Cuando estés en tu reino, Mismísimo Dios y Polifemo en los ojos, por otro lado, se constatará la deificación del antihéroe en las figuras opuestas y complementarias del asesino y el ñángara respectivamente. En el primero de los apartados, el asesino es homenajeado en su funeral casi a la usanza de los paladines aqueos o troyanos, mediado y logrado el efecto intertextual, sólo que tal vindicación es adobada en la oral lengua entrecortada y fragmentada de la turba hamponil:
"(...) El vidrio agarrando y abrazando, el esquelético, brindando por Héctor, que ¡juelasantísimaputa! iban a pagar bien caro el hueco en los tendones de ambos pies, los doce días de sol y polvo, por Armando, la injuria, el vejamen, por Héctorarmando, las vueltas y la huida alrededor de la ciudad, disparando, correr-correr, tiroteando, huir-huir, el acosamiento, el arrastramiento, por Héctor Armando Cintavalle Moro" (Chirinos, 2005: p. 24). Las crónicas musicales de Colón y Lavoe sobre la Calle Luna, Calle Sol, la acongojada y vengativa redacción de los obituarios, amén de la hiperbólica atmósfera de las crónicas rojas, impregnan la rudísima y artística atmósfera de esos dos relatos. Se encienden cirios y se musitan plegarias por la santa memoria de El Negro Antonio y El Currutaco, héroes verdaderos a la hora de las tertulias en los bares del sur de Valencia. El segundo grupo de cuentos o tríada macabra se refiere a una misma orgía de sangre: presos comunes y ñángaras torturados y sodomizados por verdes milicos en un botiquín de mala muerte. Las voces narrativas, en todos y cada uno de los relatos, se abalanzan sobre el hecho en un fuego cruzado de forma triangular: el narrador omnisciente recrea en Cuando estés en tu reino la cruxifición de Cristo y los dos ladrones, encarnados en el prisionero político y los delincuentes comunes, apelando al recurso de la transfiguración ficcional tal como lo hace Borges en el cuento El Evangelio de Mateo. En Mismísimo Dios, el guardia identificado como el hijo de Florentino y Dioselina, nos refiere una versión típica del narrador testigo pasivo, sazonada por las trompetas y los redoblantes que anuncian el juicio final:
"Yo recuerdo esas vainas y me avergüenzo por ellos, porque lo que hice fue quedarme plantado con la boca abierta, viendo cómo puede caber tanta maldad en una persona, y cagarme de susto cuando vi que la noche se vino de repente, en medio de ese sol tan arrecho que estaba un ratico antes en el cielo, y los relámpagos más los truenos y aquel diluvio que se nos vino encima, como si deseara aplastarnos contra el suelo, por las barbaridades cometidas en esa llanura" (Chirinos, 2005: p. 105).
Polifemo en los ojos tiene como voz narrativa la de un homosexual tetón, novio del tuerto barman que sodomizó a una de las víctimas. La transparencia del discurso es equiparable a la del Diario del Ladrón de Jean Genet, texto paradigmático de la marginalidad que habita en las sucias calles, los oprobiosos pabellones de las cárceles e, incluso, en un vulgar pero fetichizado tubo de vaselina. La palabra se enseñorea de tan sórdidos ambientes en la oralidad, la multiplicidad y la fragmentación de los puntos de vista narrativos, hasta trascender el límite que va de la enunciación misma al objeto enunciado, confundiéndose en la niquelada apariencia de una nueve milímetros:
"Una mar de gente iba y regresaba
de la sala y de los cuartos de la
suciedad pestilente que se
había acumulado
en los retretes
de la calle de." (Chirinos, 2005: p. 29).
El libro conforma un caligrama terrorista que se compadece tanto de las víctimas como de los victimarios, en la recreación poética y -por qué no- sublime de la violencia, tal como se demuestra en la cámara lenta de Los Gansos Salvajes de Sam Peckimpack o en la maravillosa pericia narrativa de Quentin Tarantino en Pulp Fiction. Sólo le resta manifestar a este león afeitado y mimetizado en la solazadora lectura del libro, el agradecimiento a Orlando Chirinos por su generosidad sin par.
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REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Alfonzo, Rafael José (1998). El Orden Secreto en "Mercurio y otros metales". Trujillo: Trabajo mimeografiado.
Caraballo, Magalys (2000). "En virtud de los favores recibidos": Voces para construir personajes. Maracay: Trabajo mimeografiado.
Chirinos, Orlando (1997). Mercurio y otros metales. Valencia, Venezuela: Predios.
Chirinos, Orlando (2005). Los Días Mayores. Caracas: Monte Ávila.
De Nóbrega, José Carlos (2005). Derivando a Valencia a la Deriva. Caracas: Libro a ser publicado próximamente por el Ministerio de la Cultura.
González Ortega, Nelson (s/f). La Novela Latinoamericana de Fines del Siglo XX: 1967-1999. Hacia una tipología de sus discursos. http://www.hf.uio.no/ilos/studier/fleksibel/spansk/emne/spa1301/textos/sem/nelsonmoderna.doc.
Gubern, Román (1973). Cine Contemporáneo. Barcelona, España: Salvat.
Jiménez, Maritza (1987). En los arcaísmos escucho otro modo del cielo. Diario El Nacional, Caracas, 1-11-87.
Rodríguez Carucci (1992). Antología de la Poesía Antigua de América. Valencia, Venezuela: Universidad de Carabobo.
Romero Pérez, Ángela (2000). Un eco creativo que traspasa fronteras. Salamanca: Trabajo mimeografiado.
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