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A raíz del artículo 14 de la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión, muchos intérpretes, compositores y gente vinculada con el arte aprueban felices que el cincuenta por ciento de la programación musical en los medios consista en producción nacional. Supongo que la idea está asociada con una mano cuidadora, es decir, con la confianza en que un artículo como ése protegerá lo nuestro de las fauces de lo foráneo, siempre listas a arrancar sus tajadas a costa de no importa qué.
El nacionalismo, la defensa de una identidad que nos adhiere a determinadas geografías, por supuesto, tiene relaciones consanguíneas justificadoras de la aceptación sin más cuando se trata de leyes que, en apariencia, preservan la esencia de nuestras raíces. Así, he escuchado últimamente que sin el brazo firme de Luis Herrera al respecto (también este señor llevó adelante leguleyismos parecidos), Ilan Chester o Yordano brillarían por su ausencia, o que Simón Díaz o Adrenalina Caribe serían menos conocidos, promocionados, y en consecuencia respetados y queridos.
Supongo que el concepto de lo venezolano, la idea de que nos cubre un manto prístino de cultura criolla linda con la noción de pureza. Del mismo modo en que existe pureza racial, pensarán erróneamente unos, existiría la cultural.
Quienes razonan así, por fortuna, se equivocan. ¿Son Pedro Pérez o José García, ambos nombres llegados de España, más venezolanos que Ilan Czenstochouski Schehter o Giordano Di Marzo? Seguramente sí, pero no olvidemos que en su momento los dos primeros fueron tan ajenos a la consabida "identidad regional", que a tantos quita el sueño, como la música que por ejemplo intentan mantener a raya. Y en verdad, tanto Ilan como Yordano o Simón Díaz calaron y se sembraron en estas tierras no gracias a la influencia de decretos y burócratas, sino a fuerza de talento, que para nada es lo mismo.
Igual ocurre con el joropo, con el arpa o con el cuatro. Del primero basta decir que la palabra viene del arábigo "xarop" y que nace asimismo de lo que trajo la conquista en sus alforjas: bailes flamencos y andaluces (de aquí que el zapateo sea uno de sus rasgos). En cuanto a la segunda, al parecer su origen es teutónico, y ya en el siglo IX presentaba, nada más y nada menos, la forma que le conocemos hoy. El tercero proviene del árabe "guitar", y éste a su vez del griego "kithara". Toda una trayectoria, notémoslo, que echa por tierra el concepto inamovible de cultura fraguado en lo meramente autóctono, en aquel disparate que supone a lo venezolano proveniente de lo venezolano. La identidad, vista a través de estos cristales, es un instrumento punzopenetrante a medio paso del peor chauvinismo.
Lo "venezolano" no se va a defender con mayor fuerza, ni se dará a conocer con más profundidad, ni llegará a relucir con brillo renovado mediante imposiciones. Por el contrario, me parece que realidades como la del artículo 14 desempeñan un rol que a la postre termina echando tiros por la culata. No son legalismos de ningún tipo los que harán levantar orejas, llenas de avidez ante lo producido aquí, sino el mercado, los consumidores, libres de elegir lo que desean escuchar o mirar justo al encender sus radios o televisores. No existe en la historia de la civilización música que trascienda ni libro que se sostenga ni película que permanezca en pie luego del paso del tiempo, luego del escrutinio ciego de una o dos generaciones.
Para que continúen haciéndose y para que lleguen al gran público, la buena música y cualquier manifestación del arte exigen receptores capaces de apreciarlas, de disfrutarlas, de hacerlas suyas a través de la sensibilidad y no por obra y gracia de leguleyismos condenados al fracaso. En este punto, claro, es vital la educación. Sólo con ella, pienso yo, acaso el mercado elija las mejores opciones.
rvil35@hotmail.com
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