Caracas, julio, 2005.
El saber que ignoramos, ese legendario descubrimiento atribuido a Sócrates, es el único resplandor que puede iluminarnos sobre qué es, y de dónde proviene la materia de la poesía; sobre cómo se amalgaman y trabajan las formas y contenidos del poema.
Recuerdo haber leído, o más bien oído decir al profesor Juan de Mairena a sus alumnos de retórica, que la poesía es lo que permanece cuando se ha eliminado todo aquello que no es poesía. Quedamos en las mismas, y quedar en las mismas sobre asuntos teóricos, cuando hablamos de poesía, no es nada grave. Encontrar la inteligente definición de poesía que atribuye Antonio Machado a su imaginario profesor Mairena, fue para mí un alivio, una liberación del compromiso teórico hacia algo tan profundo, determinante y a la vez inasible, como es el poema.
Los poetas, y Franklin Fernández se cuenta entre esa pléyade bendita, se acercan a las cosas, las despojan de lo que en ellas no es poesía; las liberan del lugar donde se encuentran abarrotadas, u olvidadas, como “la muñeca fea” del mexicano Cri-Cri. Las trasladan a otro sitio del espacio o de la mente; las cambian de lugar, en el mundo de los signos y las cosas o en el alma. Las reúnen. Y no importa en qué tiempo de la vida y memoria del poeta, si con felicidad o con tormento, fueron separadas de aquello que no era poesía.
En su mudanza y trasgresiones de significados, entonces, las palabras y las cosas se transforman en poesía. En los poemas-objetos de Franklin Fernández está la huella de los pasos lúdicos, espirituales e intelectuales del poeta; pasos como el acercamiento amoroso al mundo de los objetos; su apropiación, despojo y retiro de los espacios y signos que no son materia de la poesía. Para, finalmente, al igual que los poetas de la palabra, dar forma al cuerpo del poema.
Los de Franklin Fernández son poemas hechos con objetos materiales y tangibles, poemas-objetos. Siempre podemos tender puentes y hacer analogías entre las imágenes de las artes visuales y la literatura. Pero hay ciertas obras de arte, dentro de ambos universos, que se acercan más unas a las otras, como espejos que reflejan un lenguaje con los signos del otro. No necesariamente estas obras deben exhibir sólo palabras, o tener palabras incorporadas. Son aquellos trabajos del arte en que se da la presencia o el encuentro único, inesperado, fundacional, de uno, dos o más signos, atrapados en el aire o pescados en la corriente del devenir de lo común y corriente por el poeta, dando origen a la imagen poética. Al mirarlas, inmediatamente nos damos cuenta de que más que fotografías o esculturas, son poemas.
Cuando Marcel Duchamp presentó un urinario masculino de porcelana firmado por R. Mutt en la primera exposición de la Society of Independient Artists , el 9 de Abril de 1917 en Nueva York, bajo el hermoso título La fuente , y el inquietante objeto fue rechazado por los organizadores, la materia del poema estaba haciendo epifanía en los espacios de las artes visuales. El artista tenía que saber, desde el momento de concebir la obra, las posibilidades creativas, los nuevos caminos que se abrían para el arte, el libre y maravilloso monstruo que estaba desatando con esta nueva propuesta de utilización de las cosas como lenguaje en los espacios del arte. La censura a la polémica obra, lejos de aniquilarla, confirmó el nacimiento de un nuevo lenguaje-objeto- imagen- concepto-poema. Dentro de esta tradición, con total reconocimiento y orgullo por las influencias recibidas, de Joan Brossa; de Chema Madoz; con ingenio y creatividad en la incesante reelaboración que es el arte, Franklin Fernández compone sus poemas-objetos. En ellos retoma capítulos importantes de la historia del arte, y a la vez ellos son la crónica conmovedora, irónica y hermosa del universo que le es familiar: anzuelos, herramientas; grifos; copas de vidrio; barajas; botellas, alicates, nada en el pedestre mundo de las ferreterías, los mercados o comercios de misceláneas de Puerto La Cruz , ciudad donde vive y trabaja, parece serle ajeno a Franklin Fernández. El signo cobra sentidos diferentes; por ejemplo, el obligatorio cepillo verde que habita en los lavanderos de las casas venezolanas, emblema y realidad del mundo femenino, adquiere irónica y definitiva elegancia cuando se convierte en campo de golf. Obras tridimensionales, ensamblaje de signos que se caracterizan por la sencillez de su ejecución, la unión de elementos simples. En los poemas-objetos de Franklin Fernández entran en juego la idea y el proceso conceptual, la chispa del descubrimiento y la gracia imaginativa de la invención de juguetes.
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* María Elena Huizi.
* Poeta, crítico de arte. Egresada como Lic. en Letras de la Universidad Central de Venezuela. Maestría en Lógica y filosofare la Ciencia, Instituto de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela. Se desempeñó como Jefe del Departamento de Investigación del Museo de Bellas Artes. Fue Gerente de Proyección Museística en la Fundación Galería de Arte Nacional. Actualmente se desempeña como Presidenta de la Fundación Museo Armando Reverón.