CORRECTOR DE ESTILO . Milton Quero Arévalo. Grupo Editorial NORMA, Colección "La otra orilla". Primera Edición, Venezuela, Julio 2005. 181 páginas.

Hace diez años leí una excelente pieza narrativa del escritor venezolano Salvko Zupcic (Valencia, Estado Carabobo 1970) titulada BARBIE (1995, novela) que dejó una huella indeleble en mi sensibilidad de lector que agradeceré a su autor hasta el fin de mis días. Justamente, una década después tengo el inmenso placer de leer otra novela que sin duda ya ingresó en la selecta lista de mis novelas favoritas. Se trata de la obra ganadora de la primera edición del Premio de Novela "Adriano González León" 2004 , certamen literario promovido por el Pen Club de Venezuela, Econoinvest "Casa de Bolsa" y el prestigioso emporio Grupo Editorial Norma , la excelente novela CORRECTOR DE ESTILO del escritor falconiano, afincado en Maracaibo, Milton Quero Arévalo (1959).
Bajo el iracundo e inmisericorde sol marabino se gesta una poliédrica odisea ficcional de casi doscientas páginas que seducen al lector de modo no menos implacable. Una aburrida dama perteneciente a la "creme de la creme" de la aristocrática clase adinerada zuliana, Misleydi de Echeto, escribe el esbozo de un intento de novela y contrata los servicios de un corrector de estilo , Nectario Medrano Rodríguez, para podar, quitar, pulir, agregar lo que haya que agregar -mutatis mutandis- a la novela AL FINAL DEL CAMINO . Lo que al comienzo de la trama es solamente una "normal" relación profesional-literaria, se va convirtiendo, por virtud de una inusual maestría narrativa del autor de esta novela, en una envolvente e intensa trama ficcional que no da tregua a quien tenga la suerte de internarse con inusitado gozo estético por sus inquietantes y sorpresivas páginas.
Toda la novela es un gozoso itinerario de maestría expresiva, de maduro dominio verbal; me atrevo a afirmar que, -con todas las consecuencias que implica- con esta novela Milton Quero Arévalo arriba a su mayoría de edad literaria e ingresa al selecto club de nuestros más prometedores narradores venezolanos de comienzo del siglo XXI. Siempre es así; dentro de la espesa y dilatada obra en marcha de un escritor, siempre hay un libro que le sirve de abreboca para liberar las exclusas de su anonimato y catapultarlo a la odiosa pero dulce y empalagosa fama y nombradía literaria.
Hay de todo en esta maravillosa aventura intelectual: ironía, sarcasmo, demoledores golpes burlescos hacia la impoluta y desfachatada pacatería moral de nuestra gazmoña casta profesoral universitaria venezolana. Verbigracia, por un heterodoxo y herético poema uno de los personajes es expulsado de la Universidad y sometido al más bochornoso ostracismo existencial y al más lancinante desasosiego ontológico que lo coloca en el umbral de la locura. El escenario donde transcurre esta historia, recubierta por decenas de microhistorias de la más pura cotidianidad marabina llenas de inocultable fascinación, es la ciudad y sus delirantes intersticios urbanos; sus espacios abiertos (Paseo del Lago) y sus santuarios de "la otra iglesia" (el bar Palmarejo, El Club del Comercio, El Nuevo Mercado, el templo de la lascivia y la lujuria "El Conejo Loco" donde la Katiuska, relamida corporeización del más luciferino hetairismo se trueca en polisémicos heterónimos por obra de las excelencias narrativas de Milton Quero. El escritor se esmera hasta la indecencia en no dejar "cabos sueltos" en su obsesiva pretensión de contar su historia con una fuerza convincente que los lectores avisados de la narrativa venezolana contemporánea no solemos constatar si no de vez en cuando.
Estos 16 capítulos de maciza enjundia imaginativa nos entrega la reverberante psique colectiva de una ciudad capaz de segregar toneladas de violencia semántica durante las 24 horas y los 365 días del año. Todos los giros verbales y los matices idiolectales que jamás lector alguno pudiera tan siquiera imaginarse están reunidos con envidiable donosura expresiva en esta novela. Algún lector desprevenido pudiera soltar la novela antes de culminar las primeras 30 páginas ruborizado por una proliferación de ¡coños!, ¡vergación! ¡culo!, y otras palabras de similar tenor que forman parte de nuestro patrimonio lexicográfico cotidiano, pero en la novela no hay un ápice de intención sicalíptica y, por el contrario, lo soez y vulgar se truecan en sublime arte de naturaleza verbal. Joyas de lenguaje, dirían algunos exquisitos del idioma.
Un curioso grupo de amigos hermanados por una taifa de poetas y escritores bebedores de cerveza que se reúnen bajo la sombra del "Círculo de la Testosterona Literaria" se mofan recíprocamente de la esterilidad creativa de sus miembros. Igualito a lo que sucede en la triste y lamentable realidad de nuestro país; poetas sin poesía, escritores sin escritura, artistas sin obras de arte; sólo que la ficción que el narrador nos obsequia en esta novela parece -paradójicamente- más real que la propia realidad nacional venezolana. Parafraseando una baboseada frase de raigambre goyesca, "la realidad tiene aristas que la imaginación desconoce".
La novela de Quero Arévalo se constituye así en un demoledor y terrible tapiz patrio de lo que somos y especialmente de aquello que presumimos ser sin hacer nada para concretarlo. Hay mucha desolación moral en los personajes intencionados por el escritor. Un hondo y desgarrador sentimiento de desamor y violencia domeñada por la poderosa fuerza de los hábitos y costumbres están inscritos en la estructura genética de los personajes de CORRECTOR DE ESTILO. Un dolor de inconmensurables resonancias exhalan las aspiraciones truncas que verbalizan algunos seres ideados por el narrador que da cuenta del quiebre ontológico en que viven subsumidos los habitantes de toda urbe lacerada por la incertidumbre y el desconcierto que la constituye. Personajes ansiosos de reconocimiento, de honorabilidades y de prestigios fatuos como ese segmento social que se asume a sí mismo como sector privilegiado de la sociedad por el simple hecho de ser "obreros del intelecto", "asalariados de las ideas".
El lenguaje en esta novela es el alfa y omega de toda la osadía literaria que representa esta obra. Onomatopeyas insólitas, fonemas, lexemas, sintagmas abruptos, expresiones súbitas que descalabran el "buen decir" de la conciencia nacional, conforman una especie de "jeux du jeux" , un juego de lenguajes que se juega sobre la base de la puesta en escena de la capacidad de resistencia que posee la lengua para soportar asedios de toda índole desde sus nichos verbales más inverosímiles. El narrador nos persuade de una cosa: sabe observar y sabe escuchar atentamente el habla ubicua y oblicua que palpita en la parada del carrito por puesto, en la cruza semiebria de la libérrima lengua del bar, en el centro comercial, en el tráfago de la esquina del semáforo; en fin, en donde se fragua lo más genuino y candente de nuestra evanescente lengua materna.
La irreverencia iconoclasta que exhibe la prosa de este narrador es digna de mejor encomio. Se parece más a su tiempo que a su estirpe familiar.