Los griegos antiguos lo sabían y por ello postularon el principio (arjè) de los cuatro elementos fundantes del cosmos y de la vida
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El agua , el fuego, el aire y la tierra. Desde las culturas mesopotàmicas, hindúes, indoamericanas, asiáticas e indoeuropeas; el río ha sido un elemento central en la configuración del imaginario socioantropològico de las sociedades que han integrado la diversidad humana. Lo más parecido a la vida es la imagen del río que al decir del poeta es el vivir que va a la mar que es el morir. El río es incesante como la existencia misma. Nadie se suicida dos veces en el mismo río, reza la paráfrasis de raigambre heraclìtea. Leí un libro de Elizabeth Schon titulado Del río hondo aquí y llevo sus poemas adheridos a la piel de mi memoria cual huella indeleble. Estas palabras preliminares se las debo a la grata lectura del esplendor de la palabra poética del escritor venezolano Fidel Flores (El Tigre, Estado Anzoátegui-Venezuela, 1955) consignada en el poemario Papeles del Río, Editorial Pontevedra, La Asunción-Estado Nueva Esparta/Agosto 2004, 87 páginas, obra merecedora del primer premio de la II Bienal de Poesía "Ciudad de la Asunciòn". Es un libro compacto, estilísticamente homogéneo y ostentosamente pulcro en el decir. Su lenguaje es una summa expresiva decantada y de una inusual impecabilidad enunciativa. Hay mucho fulgor verbal en este libro del poeta Fidel Flores. Sus motivaciones están relacionadas con la esencia última de la belleza corporeizada en la sutileza e ingravidez del vuelo del pájaro, la pasión vehemente de la otra lógica del corazón, la caída como posibilidad de redención de la condición humana por el lenguaje. A mi modo de ver, hay en este libro una metáfora del viaje que está representada en la imagen milenaria del río como eterno fluir de todo lo que ama, de todo lo que sufre. El río redime y extravía; el río es salvación y pérdida. Toda la dialéctica de la vida está magistralmente representada en el río como deriva y como devenir. El río es la deriva rizomàtica más semejante a la expresión verbal que imaginarse pueda el humano ser. Como lector de la poesía de Fidel Flores percibo grandes zonas de similitud entre sus preocupaciones estéticas en su laborioso trabajo con el lenguaje poético y mi propia búsqueda insobornable de ese espacio de belleza que persigue todo lector de poesía. Los poemas que integran los papeles del río son manifestaciones expresivas de un espíritu que no desmaya en el afán de pulir la piedra de la locura hasta hallarle su magnificencia y brillantez dicente. La palabra traslùcida, la palabra desnuda y sin falsos atavíos se posesiona de cada verso para intentar decirlo todo de una vez. El poema en Fidel Flores tiene un profundo sentido de orientación en tanto brújula que guía su decir. La interrogación esencial que se hace todo ser vivo en determinado momento de su vida está expresada de una forma que únicamente puede ser dicha por un niño o tal vez por un poeta, pero por un poeta que ha meditado largamente:
¿Vienes de una tierra incógnita?
¿de mundos tormentosos?
¿del polvo?
¿del cielo?
Tal vez de un tiempo que no sé
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El poeta posee la virtud poco común entre nuestros escritores contemporáneos de reunir, en inextricable unidad simbiótica, la sima y la cima; la abyecciòn y la sacralizad. Lo alto y lo bajo está inefablemente fusionados en el poema. Todo ello entrelazados por una filigrana inquietud por el eje temporal del poema. Como dijo Heràclito: El tiempo es un niño que juega a los dados. La dimensión espacio-temporal atraviesa el texto conjugando una esplendidez que no suele abundar en el ámbito creativo de la poesía de nuestro tiempo. El verso inusitado, el asombro expresivo, la palabra como revelación van configurando un corpus literario que proporciona en el lector solaz y gratitud. Hay plena conciencia en el escritor de la incontrolada ubicuidad de la palabra en la forja del poema.
El poeta sabe demasiado bien que existe un momento en que la palabra adquiere una tal independencia que ya no admite sometimiento alguno; no se le puede constreñir a un cuerpo inmutable. Tal vez por ello el escritor prefiera proferir: la revelación de un cuerpo que se hace a cada instante.