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Razones Esdrújulas  
por Pedro Suárez

Abraham Salloum Bitar: Una llama en vela

He de olvidarme de mí mismo

para ser, en el verbo, la persona imaginada.

ASB

Hace apenas unos días Abraham habría cumplido año de nacido. Exactamente el 18 de noviembre, doce noches antes de esta noche que nos congrega bajo su luz y su palabra. Había nacido en el pueblo Ayoun El Wadi, de la lejana Siria, en 1953, y se hizo venezolano, guayanés, mejicano, universal.

(Se apagan las luces, se encienden las 11 velas, mientras se escucha la voz de ASB recitando un poema)

De todas las fechas importantes en la vida de Abraham he preferido quedarme con la de su nacimiento, y con todas las que se tragó el olvido en virtud de su génesis mundana, pero que se aferran al alma como el colesterol a las paredes de las venas; digo, las fechas que se perdieron entre el humo del tabaco, el olor del aceite de oliva, las carnes, el buen vino, y las conversaciones que se dilataban entre la risa, el comentario agudo, el gesto solidario, la mesa rodeada de amigos, café, libros, poemas, y proyectos de viajes, cuando no de aventuras literarias que se estrellaban por la falta de recursos económicos para hacerles frente; fechas que se las tragaba el hastío, y muchas veces el escepticismo del momento.

Luego, Abraham es esa llama en vela que mantendrá su luz por siempre. Y para que eso sea así debemos apartar el trigo de la espiga. Para nosotros, sus amigos, nos queda el tesoro de la anécdota, la experiencia de haberlo conocido; nos queda la agenda donde fuimos reseñando a nuestro Abraham particular, con sus debilidades y virtudes. Algunos, entre los que me cuento, "aprendimos a quererlo. Por eso, bien podríamos decir, hoy más que nunca, y parafraseando a Julio Cortazar: "Queremos tanto a Abraham". Y lo queremos en el más absoluto y gramatical presente, sin atavíos nostálgicos ni remilgos de salón. Lo queremos porque nos reveló que la amistad es un principio innegociable y que si bien el universo está contenido en las 28 letras del alfabeto puede ir más allá de la palabra que se pronuncia desde esa inmanencia que solemos llamar afecto." Allí se mantendrá, intacto, como un personaje salido de la pluma de Juan Rulfo. Desde esa 'geografía del alma' o, si prefieren, desde esas cavernas del silencio él nos dará el balance de la Comala que habitamos a lo intimo de cada uno de nosotros.

La Comala de la que les hablo es la misma donde el autor de Pedro Páramo buscaba respuesta "a esa sola y única pregunta: ¿dónde está la fuerza que causa nuestra miseria?",   y yo le añadiría, para agenciarme el guiño de una palabra que me encanta, ¿dónde está la fuerza que causa nuestra alegría? Será acaso, me respondo, en lo que Sthendal supo llamar: la educación sentimental.

Con Abraham aprendimos a leer los versos de Kavafis y los de Jaime Sabines, que arrimaron a su lado tantas alegrías que ni él mismo podía creerlo. Aprendimos, también, que la construcción de un verso puede ser tan ardua como la construcción de una pirámide.

Y las pirámides, como sabemos, son tan eternas como las piedras. Cierto que puede llegar alguien al que le molesta la eternidad y hace su labor de destrucción. Pero, oh fatalidad, el tiempo de esos seres es inmensamente liliputiense   y humano, así que su sed de polvo acaba con el de sus huesos.

Nuestra tarea es empezar a tomar distancia, no de la memoria ni del bulevar de experiencias que vivimos con Abraham, sino de la obra del poeta.

La poesía, editada y la inédita, más el pensamiento plasmado por Abraham en la 'Escuela de dudas' y en el aluvión que significó su diario ejercicio de conversar con los amigos tienen que ser puestos en perspectiva. Es hora de retroceder unos pasos para ver por dónde transitó el poeta. Debemos descubrir si el hombre gustaba de los senderos empedrados o de los caminos reales.

Qué poeta es Abraham y qué nos dejó como legado literario, he allí la gran pregunta. ¿Acaso nos sucede que por aquello del profeta en su tierra estemos excluidos de la posibilidad de emitir un juicio cierto de los alcance de la poética de Abraham?

Saben algo, ¿no sé si les ha sucedido?, siempre he pensado que me hubiese gustado ser amigo, por ejemplo, de Fernando Pessoa; amigo como lo fui de Abraham; que por nada del mundo hubiese cambiado la posibilidad de cenar una vez al mes con Anaís Nim; que habría sido una fortuna tener a Jorge Luis Borges de vecino, y haberlo podido ayudar a corregir sus textos cuando no escribir uno a dos manos como escribí este poema con Abraham: (se los leo)

De a ratos

            

a dos manos,

con el poeta Abraham Salloum Bitar

Silencia la nave en la aurora

y nadie acude a su naufragio

Están dormidos o muertos quizá

Todos saben que la nave

vendría de adentro, del sueño.

Por eso lo que sorprende es la aurora

o ese alguien que no le basta la certeza del insomnio.

Aquél, el primero, residente del universo mudo

que guarda el arca de la memoria

que con el viento juega a dejar la luna sin nombre

el maldito o redentor de una especie

cuyo destino hereda el sacrificio

Largo asceta, antiguo orfebre que calla el milagro

y deja para los otros la daga de su cuello

donde fluye la palabra abierta en la alta casa del desierto

La nave, entonces, es una metáfora

que se repite para mantenernos despiertos.

Me hubiese gustado escuchar, en una barra, la acida critica al materialismo histórico de boca del poeta y filósofo Ludovico Silva; así como vi despachar un baso entero de whisky, mientras comentaba su admiración por la obra de Pablo Neruda, al ronco Moisés Moleiro; me hubiese gustado hablar de cine con el autor de la novela Tres tristes tigres, el pedante Guillermo Cabrera Infante; qué de cosas no hubiese conversado con Emile Cioran si la vida me lo hubiese colocado en el camino como uno de sus amigos; también, me hubiese gustado ser amigo de Billy Martín, aquél furioso manager de los Yankes de Nueva York, o de Steve Carlton una bestia del montículo que hacia estragos con sus enemigos y que vestía el uniforme de los Filis de Filadelfia. En fin uno termina queriendo conocer a esas figuras que admiramos; pensamos, y es así, que la fibra que le da forma al alma de estos hombres y mujeres es distinta a la nuestra.

Así las cosas, nos cuesta aceptar que ese que fue nuestro amigo y compartió los desencuentros y calores de la canícula angostureña sea uno de los grandes. Yo he venido sosteniendo, en pequeños círculos intelectuales, que Abraham es uno de los poetas más importantes del siglo XX venezolano.

Me toca demostrarlo, y es probable que no tenga las herramientas para hacerlo; digo, la densidad ni el rigor académico suficiente como para escribir un ensayo donde fije posición estética sobre su obra. No lo he hecho, quizá lo haga, pese a las falencias anotadas aquí. Doy por sentado que este encuentro es como cubrir la vela con las manos para que no se apague la llama. De eso se trata, y ya verán porqué.

En la página 414 del libro "El coro de las voces solitarias" (Una historia de la poesía venezolana) de Rafael Arraiz Lucca se puede leer esta brevísima afirmación: (después de nombrar a un grupo de poetas jóvenes) "Voces todas de las que poca valoración o juicio puede adelantarse dado su estadio inicial, al igual que ocurre con los trabajos de Rafael Rattia, César Uzcátegui Mantilla, Abraham Salloum Bitar, Alexis Romero, Gonzalo Fragui, y Miguel Marcotrigiano Luna", y continua Arraiz Lucca: "Consigno sus nombres sin comentarios de sus trabajos porque ello excedería el propósito de este mínimo esbozo, pero no dejo de pronunciarlos porque creo que en muchos de ellos se realizará la poesía venezolana del siglo que está por comenzar."

La predicción de Arraíz Lucca puede ser cierta, lo que no deja llamar la atención es que el nombre de ASB aparece por primera y única vez en las más de 434 páginas de este libro que recomiendo a todos. Pero, a qué se debe tamaña omisión, ¿será acaso una ausencia deliberada? Conociendo a Rafael Arraíz Lucca, como lo conozco, me atrevo de decir que no, ¿será acaso falta de diligencia de parte del ensayista? Tampoco lo creo, aunque a un investigador no debería "escapársele nada". Ahora, como toda obra humana es susceptible a error uno pudiera pensar que fue eso, un olvido involuntario. Para mí, la ausencia de ASB se debe más al país en el que vivimos que a un rapto de mezquindad; un país dedicado más a flagelarse que a levantar la pared donde exhibir lo mejor de su producción espiritual; una pared donde sus mejores hombres y mujeres le muestren al mundo lo que hacemos y lo que somos. Añadase a lo anterior, un país hidrocefálico a nivel cultural; un país que termina en el peaje de Tazón, por un lado; y en el tramo final de la autopista a Oriente, por el otro. De suerte que no es aventurado decir que el Orinoco queda como demasiado lejos, y que la poesía escrita en estos parajes puede pasar inadvertida. Esto no siempre es así, y los guayaneses hemos roto la norma. La obra de Jesús Soto, Antonio Lauro y Alejandro Otero, son testimonio de que es posible reducir el estrabismo estético y colocar el peso artistico, cuando se tiene, en el lugar que le corresponde: de cara al mundo, más allá del tiempo. Justo donde se queda lo perdurable, donde la inmanencia del genio se abre al todo y a todos.

El poeta Fernando Pessoa, en su libro 'El regreso de los dioses' plantea un 'imperialismo de gramáticos'. De él, dice que es más duradero en el tiempo, que 'llega más al fondo que el de los militares y de los satrapas. ¿Es un imperialismo de poetas? - se pregunta -   y se responde con un: sea. 'La frase, añade, no es ridícula sino para quien defiende el antiguo imperialismo ridículo. El imperialismo de los poetas dura y domina; el de los políticos pasa y se olvida sI no lo recuerda el poeta que los cante.'

Este imperialismo es tan poderoso y omnipresente que siempre será más fácil decir Shakespeare que Tony Blair; Arthur Rimbaud que Jaches Chirac; Miguel de Cervantes que Fernando VII; Walt Whitman que Bill Clinton; la historia recordará con más amabilidad a Vicente Gerbasi o Ramos Sucre que al dictador Juan Vicente Gómez.

La tesis de Pessoa no es descabellada y de alguna manera la compartía ASB, quien la toma de Cioran para colocarla como epígrafe del libro 'La llama en Vela'. A ver, qué dice Cioran: "El espíritu es el gran beneficiario de las derrotas de la carne. Se enriquece a costa suya, la saquea, se regocija de sus miserias; vive del bandidaje. La civilización debe su éxito a las proezas de un bandido."

Hay quienes se resisten a esta idea. Son los que cabalgan sobre la costumbre de lo que el novelista mexicano Xavier Velasco supo identificar como 'El materialismo histérico'; personajes que padecen el síndrome del sobrado y que piensan que eso de una celula loca solo le pasa a otros. Escuchen esta anécdota: Una vez supo decirme un señor con cara de quien vendió al contado que la poesía no servía para nada; y los poetas, mucho menos, remataba. Confieso que no quise responderle y que me sentí como el que vendió a crédito. Sentía, además, que el ratoncito semillero que roía a los pies del delgado y arruinado comerciante que aparece en la olvidada pintura enmarcada en las bodegas y negocios del siglo pasado, me había comido la lengua y que el que hablaba era la reencarnación del Minotauro.

Pensé, al mismo tiempo, que si Platón había expulsado a los poetas de su República qué podía esperar yo de un señor al que le estorbaban hasta los zapatos que calzaba. Preferí pues, dejarlo en sus treces.

Con la poesía de ASB pasará, lo que ya pasó con la de grandes poetas. No me ruboriza decirlo, aunque se me acuse. Yo soy un convencido de que la poesía ASB sobrevivirá. Ya de hecho es más fácil recordar su nombre que el de alguno de esos oscuros personajes que han despachado a escasos metros de esta casa.

Ahora como de lo que se trata no es de establecer un Top Ten de simpatía, precisemos que la poesía de ASB perdurará en el tiempo porque se aferra a dos columnas que siembran sus bases en terrenos donde la palabra, como el cemento frío, adquiere la solides del acero. Una de estas columnas es la que Octavio Paz designa como 'idioma sagrado'.

Y es que en la poesía de ASB pareciera esconderse una metáfora secreta que sólo pueden desentrañar aquellos seres para los que la poesía es una llave que abre las compuertas que están más allá de la realidad. De allí que, coincidiendo con Paz, ASB logra construir el poema hermético, y solo éste 'proclama la grandeza de la poesía y la miseria de la historia'.

¿Será exagerado decir que ASB cincelaba la palabra como el escultor lo hace con la piedra? Pues no, la palabra en ASB se presenta como la hoja en el mortero de un alquimista; llega a su fondo para salir convertida en otra cosa, y para convertir al que la lee en un ser diferente. ASB tenía esa virtud, que yo sepa no utilizó la palabra para encender fuegos pirotecnicos si no para hincar el diente, para destrozar las playas de los lugares comunes y para deshacer, si no entuertos, las verdades hechas que ruedan por el suelo de la realidad y que, en ocasiones, se convierten en aberraciones.

ASB, que una vez intentó "hacer poemas dedicados a múltiples ciudades. A grandes ciudades y pequeñas también. A Angostura, Roma, Damasco, a las ciudades que han hecho historia, que han creado humanidad como Atenas y también ¿por qué no? A las bárbaras."; convirtió su discurso poético en un minarete desde donde salen y llegan voces que estremecen el espíritu, y que modulan verdades, esta vez, que solo pueden obtenerse a través de la filosofía. ASB le interesaba la ciudad, y la ciudad es una constante en la voz de los grandes poetas; sus muros, avenidas y callejuelas   han sido edificados para que los hombres escenifiquen el drama cómico de vivir. De allí que la voz de ASB se levante como la de un demiurgo que teme ver caer las paredes de la ciudad - así en singular - en las manos de quienes desprecian el milagro de vivir y la intransferible cualidad de ser uno y todos a la vez. Luego, ASB es un poeta universal porque le interesó el mundo y porque no se quedó en las calles de Angostura, sin embargo hizo del río y de esas calles un escenario universal.   Luego, como bien supo decir Rafael Arraíz Lucca, sería un irrespeto decir que Abraham Salloum Bittar ha muerto.