Ciudad Guayana / Venezuela,



 
 


 

CASO EQUIS

José Miguel Piedra

 

 

Una tarde clara de un radiante sol, se convertía en monótona luz al entrar al hospital, cuyos anfitriones eran unas paredes blancas, pasillos, consultorios, empleados públicos dicharacheros, y maleficios de lenguas maldicientes, envidias y pasiones bajas que atacaban al débil, le cerraban el círculo, lo trancaban; cedía el vulnerable que puede ser cualquiera, según dice Raimundo.

Pero resulta que Borge, el psiquiatra, estaba protegido, no precisamente por brujos, ni contras, ni extraños videntes, ni por «trabajitos» de entendidos; tampoco alguna fuerza sobrenatural, fetiche, conjuro o hechicería. Se trata de un mecanismo de defensa natural. Posee múltiple personalidad. Le achaca sus responsabilidades a su alter ego y el otro yo sale campante como si nada, aunque sin maltratar mucho a su alteridad inculpada, chivo expiatorio de sí mismo, sigue con sus desmanes, pero eso sí, está bien protegido. Pocas cosas lo sacan de sí. Siempre se centra.

Se trata de una inteligencia muy superior por cierto para poder actuar, sobreactuar y maltratar a su alteridad sin que lo afecte mucho y salir airoso a declarar ante las cámaras en una especie de consulta de terapia colectiva, para curar a los oyentes de sus angustias impuestas por las dudas.

Será un mitómano, se preguntaban los menos afectados sicológicamente pero que tampoco encontraban explicación coherente a lo que pasaba. Sus colegas preocupados se interesaban por el caso y continuaban estudiándolo. Un hombre que habla con tanta seguridad, esconde una enorme duda vital, una gran debilidad humana.

Borge, ejerciendo su anatomía de la envidia, o en evasión psicológica, mecanismo de defensa o lo que sea, intentó analizar a sus colegas y terminó estudiando a su alter ego como otro paciente más. Lo imaginó enfermo, lo interpeló; se sumió en ese trance de su mundo interior. Seguía imaginando escenas del pasado. Tormentos de un mundo desquiciado y sucio.

Las imágenes se alejaron del mismo modo en que vinieron, precisamente por el mecanismo de autodefensa que lo hace inmune a la miseria humana, aunque posee un lado sensible, muy sensible y humanitario también. Borge, se despertó de su extraño cavilar que lo mantenía conectado con asediantes terrores, gracias al murmullo aturdido de un residente que llamó su atención. El residente hablaba de Borge y a su vez, él culpaba a su otro yo. Pronto el malsano susurro y los comentarios de los colegas se desvían. Todo lo ocurrido en el pasillo, todo el revuelo levantado, se debe ahora a Equis.

Raimundo leía detenidamente. Equis es una paciente. La vergüenza ajena se apodera del otro. Se hace propia en ocasiones particulares. Resulta que a Equis le diagnosticaron una enfermedad de transmisión sexual. Los pasillos del hospital son largos y ahora lucen diferentes. El Hospital semeja un barco encallado, un trasatlántico sicótico. El caso de Equis no sería más que un bostezo epidemiológico, un rumor de pasillo, un traqueteo en el cuarto de máquinas sino fuera por el hecho incontrovertiblemente aplastante de que Equis apenas cuenta con dos añitos de edad y una eternidad venérea

 

 



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