Ciudad Guayana / Venezuela,




 
 
ESCUELA DE DUDAS
 

El maestro Soto en tres tiempos
Abraham Salloum Bitar
 

En alguna otra ocasión conté, también en Correo del Caroní , la primera vez que escuché el nombre de Jesús Soto. Cerca de mi casa vivía, acaso, el único judío que había descansado su diáspora en las antiguas y estrechas calles de Angostura. Se llamaba Moisés Gabai que, fiel a su gentilicio, se dedicaba a lo que se dedicaban, desde tiempos inmemoriales, sus semitas ancestros: el comercio.

  En la tienda del judío, que tenía por nombre "Aquí es Gabai", réplica que avisaba la sensatez de la brújula y el buen tino, los clientes podían proveerse de las cosas más verosímiles de la época. Ollas, vasos, platos y cubiertos de peltre, cuchillos de hojas de filo reluciente y donde se leía, en gruesa tipografía negra, los extranjeros nombres de sus fabricantes; lámparas y cocinas de queroseno, mosquiteros para aplacar las sangrientas intenciones de palúdicos mosquitos y de otros más benignos. Y otros muchos utensilios que se mostraban amontonados, construyendo un orden que se deleitaba con el caos y la paciencia.

  Moisés Gabai atendía a cada uno de sus clientes, mostrando las antiguas virtudes que habían hecho de los judíos, además de elegidos por Dios para ser su pueblo, sinónimo de mercaderes sin comparación. El buen hombre, con quien mi padre mantuvo una fluida amistad en francés, mientras explicaba las virtudes de su mercancía, contaba con una satisfacción, que llegaba al orgullo, que el anuncio de su tienda había sido pintado por ¡Jesús Soto!

  Recuerdo que Gabai, al pronunciar el nombre del que ya era afamado artista en Francia y otros países europeos, lo hacía con displicencia, prolongado cada una de sus letras hasta lugares donde el infinito dejaba de ser una sospecha matemática: "Lo que le digo. El aviso de esta tienda lo pintó el mismo J-e-s-ú-s S-o-t-o".

  Supe, luego, que Soto no sólo había pintado el anuncio de la tienda de uno de los hijos predilectos de Jehová. El maestro Soto también había dibujado los carteles que se colocaban en diversas esquinas del pueblo, anunciando los últimos estrenos cinematográficos con sus héroes y heroínas tan esperados como si fueran unos familiares que se habían ido a un largo viaje y ahora estaban de regreso.

  La admiración que mostraba el dueño de "Aquí es Gabai" por Jesús Soto, no dejaba de parecerse a la que le profesaban sus coterráneos. Aquellos que siendo de su generación, se declaraban entre sorprendidos -¿quién lo iba a pensar?- y regocijados por los logros de aquél que había nacido a la vera del Orinoco. Y de los más jóvenes, que veían al artista angostureño cumpliendo, una vez más, la terca frase bíblica del transterrado: "Nadie es profeta en su tierra".

  Acaso esta primera cercanía auditiva con Jesús Soto, me llevó a conocerlo personalmente. Por ese tiempo, yo pertenecía a un grupo literario conocido como El Siglo y el maestro Soto acariciaba la idea de fundar un museo, en Ciudad Bolívar, que albergara su obra y la de una parte importante de los creadores del Arte Plástico del siglo XX. Mimina, poeta y una de las personas más cercanas a Soto, nos invitó, a mí y a varios amigos, a conocer tanto al maestro como al proyecto museístico que él mismo había ideado.

  Para mí, un muchacho que vivía entre la timidez y la melancolía y que escribía unos horrendos poemas tristes y "comprometidos", fue una ocasión memorable. Allí estaba Jesús Soto, con su larga melena y sus enormes bigotes de guerrillero zapatista y aquella mirada que distinguía en la melancolía al destino de los cuerpos sometidos al aforismo fluvial de Heráclito.

  Y allí estaba yo, queriendo decirle a Jesús Soto que un judío llamado Moisés Gabai contaba la historia del anuncio pintado por él. Que por esa historia, contada miles de veces, como se cuentan las historias afectivas y sagradas, escuché por primera vez su nombre. Y que ahora estaba yo ahí, junto a él, y apenas podía con el silencio.

  Volví a ver al maestro en otras ocasiones. En el Paseo Orinoco, por ejemplo, donde con Rodrigo Riera cantó unos espléndidos boleros. Y lo veo con regular frecuencia en el museo que lleva su nombre, cuando en uno de sus penetrables sonoros escucho el tañido y el prolongado eco de las campanas. O en los alfabetos que, en su movimiento, muestran el principio y el destino del habla.

  O cuando el sol se levanta en una de sus maravillosas esferas para que Japón exista como el "Imperio del Sol Naciente".




2000-2004 Revista ArteLiteral
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