En estos días que los recuerdos emergen voluntariosos e inundan la vida de los sueños, he recobrado la presencia de afectos muy cercanos como el de mis padres, mis sobrinos y de Humberto. Junto a ellos que ya no están, han aparecido otros lejanos, que se entremezclan con el plano real de la existencia y que también dejaron intensas huellas en el alma, que sólo ahora sentimos y racionalizamos, porque la vida nos ha colocado en situaciones límites, siempre propicias para el balance y el reconocimiento.
En esa intersección entre lo real y los sueños, y a propósito de nuevos compromisos académicos, he recobrado pasadas vivencias en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. De mi paso por aquellas aulas y de mis ascensos por la rampa, debo decir que lo poco que soy se lo debo a esa institución. Diré, como han dicho egresados de otros tiempos, que tuve los mejores profesores. Algunos de ellos nutricios amigos y amigas. Nunca olvidaré que estimularon mi reflexión y mi oralidad aún en el error, sin haberme sentido nunca irrespetada o haber sido descalificada por mis arriesgadas y pueriles opiniones. Estas, en especial en los primeros semestres, estuvieron teñidas por mi militancia política de izquierda, que además de cerrarme el horizonte hipotecaba mi tiempo en actividades políticas en algunos barrios caraqueños.
Entre mis profesores recuerdo a gente como Amaya LLebot, Vilma Vargas, Luis Navarrete Orta, Oscar Zambrano Urdaneta, Ida Gramcko, Rafael Cadenas, Rafael López Pedraza, María Teresa Rojas, Francisco Rivera, Edgar Colmenares, Adriano González León, Judith Gerendas, María Fernanda Palacios. Incluso Ángel Rama me dio clases y tuve el infinito privilegio que Julio Cortazar nos acompañara, como invitado de Amaya, en una sesión de literatura latinoamericana o venezolana. Quiero decir que fue una experiencia rica y sustanciosa para alguien que nació en Upata y cuyas primeras lecturas fueron las de un autor proscrito como Vargas Vila.
Como me gustaría decir que aproveché al máximo mi irrepetible paso por las aulas universitarias. Hoy veo con nostalgia que pude haber tomado mucho más de aquellos docentes dispuestos darlo todo para lograr que nos convirtiéramos en lectores honestos. Muchos se esmeraron con verdadera pasión para que comprendiéramos a algunos autores fundamentales de la literatura, otros hicieron magia para encantarnos con disciplinas nuevas para nosotros como la lingüística, la dialectología, la fonética, la semiología, entre otras.
Pero, en estos días ha venido a mi memoria una experiencia que he valorado mucho en los últimos tiempos. Fue lo vivido con María Fernanda Palacios, con quien tuve la oportunidad de conocer a Marcel Proust. Ocurrió que pude apreciar a este autor cuando ya el semestre estaba a punto de terminar. Durante ese período M. F. Palacios había hecho grandes esfuerzos para presentarnos al autor de la manera más completa. Nos obsequió con la música de la época proustiana en acetato. Para que la pudiéramos escuchar traía en su pequeño automóvil un tocadisco con sus cornetas y todo lo demás. También acompañaba sus disertaciones con una artillería de diapositivas con elementos contextuales del momento histórico de la llamada belle epoque. No se si logro hacerme entender al intentar explicarles cuánto esfuerzo hizo esta docente por seducirnos con este autor y su obra.
Lo cierto fue, repito, que cuando empecé a valorar este esfuerzo se terminó el semestre. Mi única oportunidad fue decirle en el trabajo final que no había sabido aprovechar todo lo que ella hizo por mi y que lo lamentaba. Cuando recibí el trabajo corregido ella me dijo, entre otras cosas, esto que les transcribo: “ Creo que todo lo que falta, todo lo que no se hizo aprehensible es fundamentalmente mi falla, no la tuya. Lamento mucho que no lográramos crear de algún modo la comodidad o el sitio apropiado para que tu presencia fuera mayor, para que el diálogo fuera posible”.
Esta experiencia en la asignatura Problemas de la Teoría de la Literatura, la he apreciado con mayor intensidad en estos tiempos de mi madurez. Pues me ha hecho entender de qué está hecha la verdadera pasión por enseñar, que sin duda no todos la tenemos. Por cierto de ella, recomiendo su libro Saber y Sabor de la Lengua, reeditado por la editorial de El Nacional.