No tuve el gusto de oírlo a usted al momento de dar esa su encantadora declaración. No tuve el gusto, le digo, porque su manera de hablar me congela, con esos sus tan apropiados ademanes de conejo, como dice Aquiles Nazoa. Además, ya el Canal 8 es de todos los venezolanos y yo, por decreto revolucionario, hace tiempo dejé de serlo. Me enteré de su comentario en la prensa, adosado a una exacta foto del diario, señor ministro de lo imposible. Y le cito: El Encuentro de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad despeja las dudas sobre con quién están los intelectuales y artistas: están con el proceso (...) los mejores premios nacionales, pensadores y creadores están con el pueblo en su lucha por construir una vía de dignidad… Esto, o los apaga en su entusiasmo opositor o por lo menos se ponen a pensar.
Así lo hice, señor ministro. Pero como su vía hacia la dignidad no apaga mi entusiasmo opositor ni el de mucha gente, opté por lo más fácil: ponerme a pensar. Lo hice de manera profunda, se lo aseguro. En cinco minutos (son suficientes en casos como éste) descubrí en la página 12 de El proceso, el porqué de esa manía que tienen ustedes de endilgarle ese sustantivo a lo que sucede en el país desde hace ya cinco años, es decir, hace ya demasiado tiempo. Es parte del parlamento de uno de los oficiales que le notifica a Joseph K. su detención, que paso a transcribirle para su conocimiento y fines: Si sigue usted con tanta suerte como ha tenido hasta ahora con nosotros, puede tener esperanzas.
La esperanza, señor ministro. La esperanza. Casi nada.
Es fácil, señor ministro, invitar a un grupo de personas a defender el proceso, hospedándoles en hoteles cinco estrellas, con todos los gastos pagos como indica el manualito, incluyendo el premio gordo que consiste en ir a escuchar al poeta y líder. Es fácil, señor ministro. Son más de 700 millones de bolívares los que se están gastando, si consideramos la cantidad de personajes mayores, los pasajes en avión y los gastos menores. Mientras tanto, los museos e instituciones culturales que pertenecen a todos los venezolanos, viven su hora más menguada. Mientras tanto, niños e indígenas pasean por las calles de las diferentes ciudades del país, jorungando los pipotes de basura en busca de comida. Mientras tanto, aprueban leyes orgánicas con su escuálida mayoría en la Asamblea. Mientras tanto, se llevan esposados a un par de ancianos y, al mismo tiempo, transportan sin esos remilgos a cierto portugués pelirrojo de Altamira. Mientras tanto, nombran jueces adeptos al proceso. Mientras tanto, ya vienen hablando de cadenas perpetuas y cubanas, aunque la Bicha lo prohíba expresamente. Mientras tanto, apelarán ante el TSJ cierta decisión derivada en plasta, aunque es costumbre republicana que las decisiones del Supremo son inapelables. Pero es necesario complacer las peticiones y construir una historia a la manera de Procusto.
Es fácil hablar del proceso, señor ministro, haciendo turismo revolucionario. Es buena la revolución, pero si ocurre lejos de mi país (bien lejos), mucho mejor. Así pueden sentirse en paz con sus precarios sueños de la Utopía. Así cualquier respetable intelectual puede llegar a ser un digno personaje de aquel poema de José Emilio Pacheco y que se titula Moralidades legendarias.
Al fin de la batalla y muerto el combatiente, luego de que los invitados abandonen el lujoso comedor rubendariano, alimentados y bebidos hasta el hartazgo revolucionario, declararán honorablemente y con palabras bien altisonantes (como las usadas en los himnos patrios): todos somos iguales. Aunque existan unos más iguales que otros. Y esos más iguales que otros, por supuesto, están con el proceso.
Y no es que hayan dejado de moverme las justas causas acerca del hombre ordinario que usted esgrime con tanta fluidez. Lo que fastidia es la forma, señor ministro, el lugar común, los hábitos totalitarios que se expresan en la inexistencia de poderes públicos, la exclusión de quien ose decir un simple no estoy de acuerdo con tal cosa, el extraño fenómeno de una revolución sin clase obrera y con intelectuales que aún se sienten émulos románticos del Platón de los viajes a Siracusa. Me imagino que entiende de cuál Siracusa le estoy hablando. No me gustaría ser excesivamente denotativo.
A los demás, señor ministro de lo imposible, nos queda sólo la esperanza. Porque no sólo la suerte está de nuestro lado, como bien debe saberlo el poeta Raúl Rivero.
Me complace, señor ministro, que Eugenio Montejo no haya sido invitado junto a su premio Octavio Paz a presentarse en los pasillos del Teresa. ¿Sabe por qué? No por un leve asunto de dignidad aislada e irreductible, sino porque usted debe ser fiel a aquel principio bolivariano que nos recuerda a cada momento que quien no esté de acuerdo con ustedes, simplemente no existe. Y si por equivocación llegamos a existir, no saldríamos nunca de los precarios límites de la lista del diputado Tascón, donde usted debe haber obtenido la información acerca de los firmantes y de los votantes del más reciente fraude. Actitud muy policial la suya, a tono con el compromiso (son sus palabras) donde se le va la vida, la hermosa vida de la que habla Sabines.
Una última cosa, señor ministro, que va como sugerencia y si me lo permite. Disculpe usted la brevedad de estas líneas, pero tengo muchas cosas importantes qué hacer en la vida, entre ellas pensar. Debe usted moderar su lenguaje y adaptarlo a las formas del héroe. No puede usted hablar de intelectuales de oposición. El libreto indica que no existimos, y cuando llegamos a aparecer en el discurso, somos simplemente esos enemigos del pueblo de los que habla Henrik Ibsen.
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