I
No le va bien a la libertad, en estos tiempos en que se canta a uno, se pide en silencio y se intoxica con leyes a sociedades, o que son inexistentes o anda de tumulto en turba pidiendo que le recuerden cómo inclinarse. La libertad, esa bella palabra, por la cual lleva El Quijote cuatrocientos años diciendo que vale la pena arriesgar o perder la vida, está despedida de los lugares donde el coro aclama, en voz queda o alta, al personaje que es eco de otro personaje, antiguo, perverso y pervertidor: el caudillo. Tan nuestro, nosotros que lo llevamos en cultura y sangre, india, española, árabe y negra. Que en todos esos continentes culturales e históricos, aborígenes y venidos, hay un caudillo que gobierna sus sueños y silencia sus públicos clamores. Y que nos dice que la única palabra que vale es la suya, porque es suya la palabra. Es decir, el habla que nombra, normaliza y destierra.
¿No será que haya gente, y por miles, o quizás por millones, que, olvidándose de ser libres, ceden su libertad y la dejan en manos de la filantropía del ogro (al decir de Paz)? El buen ogro, metáfora del de los cuentos, que cría a sus pequeños, los engorda, para luego comérselos. Ser libre, que es un supuesto de la naturaleza humana, sólo es cierto cuando se manifiesta con los otros. Y para manifestarse, debe darse de topes, desarreglar los límites, limitarse por y con los otros, arriesgarse a quedar desnudo y no sentir vergüenza.
Como no la siente aquella bella mujer que es La Libertad, en el famoso cuadro de Delacroix, guiándonos con la libre bandera en la mano y el hermoso seno más libre aún, al conjuro y felicidad del aire.
¿Podrán decir lo mismo quienes sólo son el ruin eco de un personaje labrado entre la mentira y la conspiración? Dos oscuridades.
II
Nada es menos libre que una sociedad donde sólo existe una voz y sus ecos. Y nada más reaccionario. Atravesada por los caprichos de quien gobierna como autócrata, la sociedad es apenas un fingimiento, una puesta en escena que semeja al antiguo juego de los títeres y el titiritero. Y lo más triste es que la sociedad se revuelve sobre sí misma incapaz de salir de la prisión intelectual en la que se encuentra, detenida y dispersa.
El que gobierna como autócrata, es decir contra la libertad, conoce el modo de convertir en miserables a sus súbditos. Reparte migajas, corrompe a los más cercanos, que son los más miserables, y nombra a los que se atreven a no ser complacientes con los adjetivos de la exclusión y la violencia.
Aprendió estas y otras perversidades en las oscuras salas de la conspiración. Allí donde se sintió el generoso salvador, el incorruptible. Mientras fingía aquello de lo cual carece: lealtad.
En el territorio del autócrata, en vez de lealtad, lo que existe es la complicidad. Como en los grupos y bandas de gángsters.
III
Lo cuenta un libro, El precio de ser diferente. En un pueblo de España, hasta no hace mucho las buenas gentes les daba por mostrar sus bondades. Cuando se casaba una mujer con un hombre que había enviudado, o se le ocurría la arrogancia de tener un hijo sin casarse, entre otras peligrosidades, las buenas gentes agarraban un cencerro y perseguían, ¿a quién creen?, a la mujer haciendo sonar hasta la extenuación el metálico implemento. No contentos con esta sonora e insoportable persecución, las buenas gentes manoseaban a la infeliz hasta que quedara casi al desnudo. Luego, las buenas y valientes gentes se marchaban a sus casas a esperar la próxima víctima. La autora del libro cuenta que, para mayor desesperanza, entre las buenas gentes no faltaban las mujeres. Ni siquiera aquellas que sufrieron la ignominiosa persecución.
El pueblo, de nuevas cuentas, todos a una como en Fuenteovejuna. ¿Verdad que el pueblo unido, en muchas ocasiones, no es otra cosa que una miserable desgracia contraria a la libertad?