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El dilema daliniano
por Eduardo Mendoza

Porque, a fin de cuentas, y al día de hoy, Dalí sigue siendo un enigma que ni los análisis más rigurosos de su obra ni las aproximaciones más íntimas a su persona consiguen disipar de un modo satisfactorio. Haber mantenido este enigma a lo largo de su vida y, sobre todo, después de muerto –es decir, sin el apoyo de su extraordinario influjo personal– es un mérito en el que ni siquiera el propio Dalí, en ocasiones tan fatuo, debió de creer.

En efecto, quienes tuvieron acceso a su círculo privado refieren un anecdotario que deja en quien no gozó del mismo privilegio la sensación de no haber recibido toda la información necesaria para formarse un juicio ni una imagen cabal. Algo debía de haber en su personalidad que se resiste a ser transmitido con éxito en forma oral o escrita. La habilidad de los narradores sólo sirve para poner de manifiesto un ingrediente adicional e imprescindible que Dalí se llevó consigo y que ya es irrecuperable. Lo mismo sucede con el material gráfico de que disponemos, especialmente con las entrevistas televisivas. Todas las que se conservan y difunden son excelentes, entre otras razones porque Dalí era un comunicador eficaz, inteligente y divertido, pero todas dejan la contradictoria sensación de estar ante un exhibicionista que, sin embargo, lo oculta casi todo. Bajo su exuberancia se oculta un hombre lúcido e inseguro; bajo su incoherencia expositiva, un hombre de ideas claras y profundas; bajo la aparente extravagancia de su obra, una reflexión aguda y un trabajo minucioso. O quizá no. Quizá sólo hay lo que se ve. Sería demasiado fácil interpretar cada signo en sentido contrario de lo que aparenta. En última instancia, al espectador corresponde la decisión y, por consiguiente, la duda. Ésta es, al menos, mi situación con respecto a Dalí. Nadie puede expresar por escrito ideas tan precisas con tantas faltas de ortografía.

Salvador Dalí nació en 1904 y se formó en una época presidida por las vanguardias, Freud y la ascensión del fascismo, tres influencias difíciles de soslayar, y frente a las cuales Dalí adoptó una postura de la que nunca se retractó, por más que la historia siguiera por otros derroteros. Esto le hizo incurrir a veces en actitudes difíciles de justificar, como en el caso del fascismo. Dotado de un sentido del humor muy acusado y de una capacidad muy catalana para percibir el ridículo, un personaje como Hitler le daba risa y no tuvo reparo en titular uno de sus idearios “Mi lucha”. Por la misma razón, consideraba el fascismo un fenómeno surrealista y calificaba el fascismo italiano de “imperialismo de trompe-l'oeil”. Posteriormente, cuando el fascismo acabó en ruinas y se prolongó en la ruina viviente que fue la España de Franco, Dalí se mantuvo en sus trece. Era un hombre práctico, pero no pragmático. Su excentricidad le permitía sostener las opiniones más extravagantes y paradójicas sin tener que pagar por ello el precio de un verdadero rechazo social. Sin embargo, la necesidad de mantener esta posición excéntrica le obligó a subir la apuesta hasta conseguir, paralelamente a la aceptación de su personaje, el repudio a su persona. De esta extraña condición él mismo era sin duda más consciente que nadie. Si se arrepintió de haber hecho esta elección o si le parecía la mejor de cuantas le ofrecía el mundo convulso que le tocó vivir, nunca lo sabremos.

A diferencia de lo que ocurre con el personaje de Salvador Dalí, su obra no parece haber resistido bien la presión del dilema daliniano. Dotado de indiscutibles condiciones para la pintura y especialmente para el dibujo, Dalí parece haber aspirado a las prerrogativas del genio pero no a su suplicio. No hay duda de que tenía una sensibilidad enfermiza que, unida a su egocentrismo, le hizo arrastrar a lo largo de su vida la carga propia de cada etapa: los miedos infantiles, la inseguridad de la adolescencia, las ansias de la juventud, la lucha de la madurez y, por último, la inminencia de una muerte que se negaba a aceptar. A esto se unían otras constantes, como la obsesión y la repulsión por la sexualidad, especialmente por la sexualidad femenina, una actitud muy victoriana y también, aunque parezca lo contrario, muy típica de los intelectuales y artistas franceses de la época, según se desprende de sus escritos y de sus declaraciones. El resultado de este juego de fuerzas fue una personalidad atormentada que aparentemente trató de expresar en su pintura, pero que abandonó al cabo de unas décadas para refugiarse en su habilidad y en su brillantez y para canalizar hacia el espectáculo la vecindad con la locura en que había estado viviendo hasta entonces.

Uno de los méritos del libro de Enric Bou es su intención de trabajar a partir de las contradicciones de Dalí en lugar de tratar de despejarlas o incluso de explicarlas. Una hojeada permite ver cuál es la disposición del material: una introducción que da por sabido lo que obviamente sabe cualquier lector que se adentre en el libro y propone una reflexión a partir de lo que hoy por hoy es el “estado de la cuestión” daliniana; un diccionario, que constituye el cuerpo central del libro y al que me referiré de inmediato, y una tabla cronológica extensa, precisa y muy valiosa, una bibliografía y una nutrida lista de recursos de Internet.

El diccionario propiamente dicho consta de unas ciento treinta entradas, algunas de ellas bastante extensas, que responden a un criterio múltiple: personas, lugares y hechos decisivos en la vida de Dalí -Gala, Port Lligat, Picasso, Freud, la guerra civil española-, conceptos artísticos –“objeto surrealista” (además de “surrealismo”), “modernismo”, “clasicismo”, “imágenes múltiples”–, y, sobre todo, objetos y símbolos, o, por utilizar una terminología menos escolástica, iconos presentes en la obra de Dalí. Cada uno de estos objetos o iconos nos es situado en su correspondiente lugar dentro de la obra plástica y referenciado en la obra escrita, tan importante para comprender la pintura y la personalidad de Dalí. Muchas entradas remiten a otras, a veces mediante curiosas analogías (“Hitler” remite a “teléfono”, “rinoceronte” a “Vermeer”). [...] Quien maneje el libro tendrá constancia de su utilidad, a la vez ilustrativa, estimulante y placentera.

De su lectura, se haga como se haga, surge una imagen nueva de Dalí, más rica en matices. Al final, como suele ocurrir en estos casos, queda una impresión última de misterio y también de nostalgia, quizá porque toda obra genuina de creación está impregnada de un trasfondo de tristeza.

 

FUENTE: suplemento EL CULTURAL /España


Fuente: suplemento El Cultural diario El Mundo



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